El 17 de noviembre se estrenó en Netflix Noche de
fuego, la primera película de ficción de la cineasta mexicana-salvadoreña
Tatiana Huezo. La película tuvo una mención especial en el festival de Cannes y
ganó el premio mayor de la competencia Horizontes Latinos en el festival de
cine de San Sebastián, dos logros más en la fructífera carrera de Tatiana.
Como Maite Alberdi ―directora, entre otras obras, del
laureado documental El agente topo―, Tatiana Huezo es una exploradora de
nuevas formas de narrar en el cine documental. En tanto que el arte consiste en
una usurpación creativa de técnicas, en sus anteriores El lugar más pequeño (2011)
y Tempestad (2016) Tatiana utilizó el lenguaje narrativo del cine de
ficción para contar historias reales. En Noche de fuego se invierte el
procedimiento de esta libertad creativa: la ficción es filtrada por la mirada
documental. En esa intersección, Tatiana ha pulido un estilo.
Noche de fuego ―adaptación libre de la novela Prayers for the
stolen de Jennifer Clement― cuenta la historia de María, Paula y Ana, tres
niñas que viven en una sierra de Jalisco donde, bajo el asedio del terror
narco, les es prohibido ser mujer. En un territorio donde lo femenino se
objetualiza, que las niñas lleven pelo largo y labios pintados de carmesí
invita a que sus cuerpos sean apropiables. Sus madres ―que crían a las tres en
solitario― las protegen de los peligros inminentes que les toca a las niñas
cuando crecen en esa sierra agreste. Les
cortan el cabello para que parezcan varoniles y cavan zanjas para esconderlas
de los narcos y de los paramilitares.
Narrada en dos períodos de tiempo, primero en la
infancia de las tres amigas y luego en su adolescencia, el ambiente hostil no solo
no desaparece en la vida de Paula, María y Ana, sino que se recrudece. Ya sea que la amenaza aparezca por los
helicópteros tirando veneno a los campos de amapolas o por unas camionetas
negras que se mueven en ristra, la vida de las tres transcurre como una
constante huida. No es fortuito que en tres primeros planos de las tres niñas se
ilustre ese destino trágico: escapar, desaparecer, correr buscando un refugio.
Sin mostrar el morbo que puede ofrecer el tema, Noche
de fuego también es una exploración de lo femenino en tierras arrasadas por
la violencia. Tatiana nos convoca a reflexionar sobre el cuerpo en una escena de
potente lirismo. En clase de ciencias, uno de los profesores rurales le pide a
Ana que explique el cuerpo humano con los objetos que tiene a la mano. El
resultado es un muñeco enredado con ojos de maíz, nariz de corcholata y por
columna vertebral un alacrán encerrado en una botella. Cuando en el cuerpo se
manifiestan diversas formas de dominio, tener por boca un broche rojo de
cabello puede ser una salvación. Lugar también de resistencia, lo importante es
tener por corazón tres piedras de la montaña.
Aunque la historia se centra en las frágiles vidas de
las tres niñas, no menos sugestiva es la historia lateral de Margarito, el
hermano mayor de María. En una región donde tener botas de piel de cocodrilo y
una pistola es emblema de poder, Margarito tiene un destino anticipado como
víctima de la violencia machista. De jugar a las escondidas y pasearse en bicicleta,
Margarito crece y se enfunda una 9 milímetros. Su trayectoria tiene resonancias
con Milton, el primo de Polo ―uno de los personajes principales de la novela Páradais
de Fernanda Melchor―, quien termina secuestrado por un cártel como un joven
sicario. «No caigas en la tentación ―le dice Milton a Polo luego de contarle su
periplo― no te dejes llevar por la ambición, una vez que entras en este pedo ya
no puedes salirte nunca; no seas como esos chamacos pendejos que se creen los
grandes capos con sus motos y sus radios pero no tienen ni idea del desmadre en
el que están ensartados». Margarito no tenía idea en lo que se había metido,
hasta que fue demasiado tarde.
El artista confecciona su obra para que el
público no mire las costuras. Como ha contado en diversas entrevistas, Tatiana
Huezo hizo un virtuoso trabajo de ocultación. La audición de la película fue
una tarea titánica: a lo largo de un año se eligieron solo a tres ―y a sus
respectivas versiones adolescentes― de más de ochocientas niñas que ensayaron
para darle vida a las protagonistas. Intrépida decisión de Tatiana, no escogió
a niñas citadinas, sino a niñas que vivían en el campo. Por ello, a diferencia
de otras cintas donde la inexperiencia sale a flote, en Noche de fuego las
tres (seis) niñas parecen estar viviendo realmente sus historias. E igual de
sorprendente resulta la construcción de lugares que parecen haber estado
siempre ahí, como el campo de amapolas o el escenario donde ocurre una fiesta
de jaripeo.
Pese a la cruenta realidad para las mujeres que
retrata Noche de fuego, Tatiana se aleja de la tentativa de encasillar a
sus personajes en los papeles de víctimas. En medio de la permanente amenaza a
la que se ven sometidas las tres protagonistas, hay un pequeño resquicio de paz
mientras las niñas juegan a leerse la mente y se zambullen en una poza fría. Cuando
recibió uno de los premios, Tatiana Huezo se lo dedicó a todas las madres que
están criando a sus hijas en solitario, porque están sembrando semillas de
esperanza, de libertad y de igualdad. Esperanza: esa palabra a la cual
―quisiéramos― la película invita a sostenerse.