jueves, 2 de diciembre de 2021

Noche de fuego

El 17 de noviembre se estrenó en Netflix Noche de fuego, la primera película de ficción de la cineasta mexicana-salvadoreña Tatiana Huezo. La película tuvo una mención especial en el festival de Cannes y ganó el premio mayor de la competencia Horizontes Latinos en el festival de cine de San Sebastián, dos logros más en la fructífera carrera de Tatiana.

Como Maite Alberdi ―directora, entre otras obras, del laureado documental El agente topo―, Tatiana Huezo es una exploradora de nuevas formas de narrar en el cine documental. En tanto que el arte consiste en una usurpación creativa de técnicas, en sus anteriores El lugar más pequeño (2011) y Tempestad (2016) Tatiana utilizó el lenguaje narrativo del cine de ficción para contar historias reales. En Noche de fuego se invierte el procedimiento de esta libertad creativa: la ficción es filtrada por la mirada documental. En esa intersección, Tatiana ha pulido un estilo.  

Noche de fuego ―adaptación libre de la novela Prayers for the stolen de Jennifer Clement― cuenta la historia de María, Paula y Ana, tres niñas que viven en una sierra de Jalisco donde, bajo el asedio del terror narco, les es prohibido ser mujer. En un territorio donde lo femenino se objetualiza, que las niñas lleven pelo largo y labios pintados de carmesí invita a que sus cuerpos sean apropiables. Sus madres ―que crían a las tres en solitario― las protegen de los peligros inminentes que les toca a las niñas cuando crecen en esa sierra agreste.  Les cortan el cabello para que parezcan varoniles y cavan zanjas para esconderlas de los narcos y de los paramilitares.

Narrada en dos períodos de tiempo, primero en la infancia de las tres amigas y luego en su adolescencia, el ambiente hostil no solo no desaparece en la vida de Paula, María y Ana, sino que se recrudece.  Ya sea que la amenaza aparezca por los helicópteros tirando veneno a los campos de amapolas o por unas camionetas negras que se mueven en ristra, la vida de las tres transcurre como una constante huida. No es fortuito que en tres primeros planos de las tres niñas se ilustre ese destino trágico: escapar, desaparecer, correr buscando un refugio.

Sin mostrar el morbo que puede ofrecer el tema, Noche de fuego también es una exploración de lo femenino en tierras arrasadas por la violencia. Tatiana nos convoca a reflexionar sobre el cuerpo en una escena de potente lirismo. En clase de ciencias, uno de los profesores rurales le pide a Ana que explique el cuerpo humano con los objetos que tiene a la mano. El resultado es un muñeco enredado con ojos de maíz, nariz de corcholata y por columna vertebral un alacrán encerrado en una botella. Cuando en el cuerpo se manifiestan diversas formas de dominio, tener por boca un broche rojo de cabello puede ser una salvación. Lugar también de resistencia, lo importante es tener por corazón tres piedras de la montaña.

Aunque la historia se centra en las frágiles vidas de las tres niñas, no menos sugestiva es la historia lateral de Margarito, el hermano mayor de María. En una región donde tener botas de piel de cocodrilo y una pistola es emblema de poder, Margarito tiene un destino anticipado como víctima de la violencia machista. De jugar a las escondidas y pasearse en bicicleta, Margarito crece y se enfunda una 9 milímetros. Su trayectoria tiene resonancias con Milton, el primo de Polo ―uno de los personajes principales de la novela Páradais de Fernanda Melchor―, quien termina secuestrado por un cártel como un joven sicario. «No caigas en la tentación ―le dice Milton a Polo luego de contarle su periplo― no te dejes llevar por la ambición, una vez que entras en este pedo ya no puedes salirte nunca; no seas como esos chamacos pendejos que se creen los grandes capos con sus motos y sus radios pero no tienen ni idea del desmadre en el que están ensartados». Margarito no tenía idea en lo que se había metido, hasta que fue demasiado tarde.

  El artista confecciona su obra para que el público no mire las costuras. Como ha contado en diversas entrevistas, Tatiana Huezo hizo un virtuoso trabajo de ocultación. La audición de la película fue una tarea titánica: a lo largo de un año se eligieron solo a tres ―y a sus respectivas versiones adolescentes― de más de ochocientas niñas que ensayaron para darle vida a las protagonistas. Intrépida decisión de Tatiana, no escogió a niñas citadinas, sino a niñas que vivían en el campo. Por ello, a diferencia de otras cintas donde la inexperiencia sale a flote, en Noche de fuego las tres (seis) niñas parecen estar viviendo realmente sus historias. E igual de sorprendente resulta la construcción de lugares que parecen haber estado siempre ahí, como el campo de amapolas o el escenario donde ocurre una fiesta de jaripeo.

Pese a la cruenta realidad para las mujeres que retrata Noche de fuego, Tatiana se aleja de la tentativa de encasillar a sus personajes en los papeles de víctimas. En medio de la permanente amenaza a la que se ven sometidas las tres protagonistas, hay un pequeño resquicio de paz mientras las niñas juegan a leerse la mente y se zambullen en una poza fría. Cuando recibió uno de los premios, Tatiana Huezo se lo dedicó a todas las madres que están criando a sus hijas en solitario, porque están sembrando semillas de esperanza, de libertad y de igualdad. Esperanza: esa palabra a la cual ―quisiéramos― la película invita a sostenerse.


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