Se llama M.E. No supe su edad, pero no debe pasar de
los cuarenta años. Para ganarse la vida, M.E conduce más de doce horas todos
los días. A veces, cuando los días son buenos, hace viajes a La Unión o a
Metapán. «Con esos clientes gano más», me dice. Una descripción de su trabajo explica
su larga jornada: ante la pregunta por qué conduzco, ella responde «soy el
proveedor de mi hogar». No era así antes. Hace muy poco las cosas cambiaron.
Hablábamos de accidentes, de irresponsabilidades. «Yo he manejado alcoholizada
―me dice―, pero nunca he tenido un accidente». Le cuento mis propias anécdotas,
esos momentos de inconsciencia en los que se conduce en automático, en los que
el vidrio es una nebulosa, en los que cada semáforo es una batalla contra el
sueño. Hechos banales, en fin, para lo que M.E me dice después. «Ya no manejo
así, porque cuando murió mi esposo dejé la bebida». Ella aclaró que él no
falleció por un accidente, ni por la bebida, sino por «el covid». Fue una
muerte inesperada ―como tantas. «Con él salíamos a echarnos los traguitos y hoy
ya no está y yo no le encuentro sentido». Él no verá crecer a sus dos hijos.
Ella me dice, ya con la voz entrecortada, que debe ser fuerte para que a sus
hijos no les falte nada. Nos despedimos en frente de mi casa. Afuera hacía
calor.
martes, 8 de marzo de 2022
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