El recuerdo de una tarde con LSD en una azotea le
sirve para declararle amor y proferirle odio a la Ciudad de México. La búsqueda
de los lugares donde estuvo Malcolm Lowry en Cuernavaca se entreteje con los
recuerdos de su infancia en la antigua casa de una modelo comunista de nombre
María Asúnsolo. Un reumatismo crónico lo hermanó con drogadictos y roba bancos
en las lindes de las bibliotecas públicas quebequenses. Una noche en Madrid
llevó a la práctica las ideas paganas de George Bataille tras reventar una
piñata llena de vísceras.
Escribir sobre esta multiplicidad de temas requiere
ingenio, pero también surge de la necesidad de pagar facturas. «La aleatoriedad
del freelanceo moderno impone a veces temas medio absurdos», escribe.
Libros así, como el que ha escrito ―el novelista,
poeta, ensayista, traductor― Daniel Saldaña Paris, son un amasijo de
situaciones que cumplen acaso el papel más noble de la literatura: empaparnos
de mundo.
Su título, Aviones sobrevolando un monstruo,
alude a esa doble intención que atraviesa el libro: contar ciudades para contarse
a uno mismo. Los aviones como símbolos de los viajes; los monstruos, como
representación de los miedos, las adicciones, los amores, los recuerdos que se habitan
en una ciudad.
Pero es algo más. Libros así son extraños, pero pueden
definirse.
La escritora mexicana Jazmina Barrera inventó el
término ensayo microquimérico. Con este término, quiso demarcar aquellos libros
que difuminan las fronteras de los géneros literarios. Ensayo, sí, pero también
novela, crónica, cuento, aforismo. Si el microquimerismo es, para los biólogos,
el proceso mediante el cual las células de un individuo se alojan en el
organismo de otro, para la escritura el proceso ocurre cuando un texto sirve
como huésped de múltiples «células» que no son otra cosa sino «géneros» diversos.
No se me ocurrió mejor definición que esta para
clasificar Aviones sobrevolando un monstruo. El libro tiene una virtud
propia del ensayo microquimérico: invita a ser leído de varias formas.
Funciona, si se quiere, como crónica de viaje, esbozo autobiográfico, reflexión
sobre temas de distinta índole (la escritura, el peregrinaje, la
farmacodependencia, las relaciones amorosas, las bibliotecas).
En el prólogo, Saldaña París nos advierte que su libro
es una especie de «derretimiento autobiográfico». Lo mejor que nosotros
extraemos de él: fundirlo con nuestra propia materia.
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