martes, 21 de junio de 2022

Colombia votó

 

            Culminaron las elecciones en Colombia. Los funestos presagios se disiparon. Y ahora lo que resta es que Petro esté a la altura de las expectativas.  

El país hermano decidía entre darle la victoria a Gustavo Petro y provocar una ruptura ordenada con la casta política, una ruptura democrática, con un claro aunque debatible programa de gobierno, o darle la victoria a Rodolfo Hernández, el representante de la extrema derecha y de los desvaríos de la política tik tokera (no en vano el ingeniero Hernández decía admirar a Nayib Bukele). Por suerte, tras la jornada del domingo, imperó la sensatez.

            No era fácil. La izquierda en Colombia no se había asomado al poder desde los lejanos años de Jorge Eliecer Gaitán, y, cuando intentó siquiera mostrar sus cartas, terminó en cada tentativa siendo tiroteada y asesinada.

      No será fácil. Junto con Gabriel Boric, Petro tiene el desafío de que la nueva ola progresista, o «la nueva nueva izquierda» —como la llama José Natanson—, no sea un fracaso. Así como por primera vez en una elección presidencial de Colombia se habló de feminismos, de pensiones, de lenguaje inclusivo, de ambiente —un país donde las campañas electorales han girado sobre las FARC y el comunismo—, Petro tiene la titánica tarea de materializar por primera vez una agenda progresista con políticas públicas, demostrando que la izquierda en Colombia también es capaz de administrar bien el poder sin dejar un rastro de corrupción e ineficiencias.

           Colombia cambió y este cambio es una señal esperanzadora para los países de la región. En una época donde las extremas derechas y los posfascismos ganan terreno en Occidente —y América Latina no es la excepción—, que presidentes como Petro y la vicepresidenta Francia Márquez —feminista y símbolo de la «améfrica ladina»— estén conduciendo un país debe entusiasmarnos sin caer en la ingenuidad de otros tiempos a creer que la praxis de otra política es posible.

          Cuando tome posesión en agosto, el Petro-presidente debe superar con creces al Petro-alcalde. Petro debe convocar a la unidad para calmar el ambiente de crispación y polarización que dejó la elección, pero también para que demuestre que el talante de déspota y autoritario que se le achaca no será el sello de su presidencia.  Que su signo sea la concertación para poner en marcha la agenda progresista que, hasta la fecha, es arena ignota para Colombia. Que Petro y su gobierno demuestren que Vargas Llosa se volvió a equivocar y que, esta vez, Colombia «no votó mal».

lunes, 20 de junio de 2022

La libreta verde - junio (13-19)

 

          Uno quisiera ser amigo de Juan Villoro solo para aparecer en sus crónicas que escribe en el periódico Reforma.

           

           

El titular de la noticia dice: «Investigadores japoneses usan piel humana para recubrir el dedo de un robot». Al parecer, en Japón los científicos tienen proclividad a desarrollar robots humanoides porque estos generan simpatía. Pienso al leer la noticia en After Yang de Kogonada, en donde se imagina una sociedad donde los robots y los humanos son indistinguibles. El titular de otra noticia dice: «Los niveles de dióxido de carbono en la atmósfera alcanzan otro récord». ¿Lograremos cubrir el cuerpo completo —no solo un dedo— de un androide con piel humana antes de que el calentamiento global nos extinga?

El nuevo número de la revista Nueva sociedad lleva el título de «Progresismos latinoamericanos: segundo tiempo», el cual dialoga con la propuesta del exvicepresidente boliviano Álvaro García Linera sobre las propuestas progresistas de «segunda generación». Para Álvaro, el tiempo liminar que abrió la pandemia —como una especie de portal— puede ser la oportunidad para que emerja un nuevo consenso progresista, el cual podría estar liderado por Gabriel Boric y el proceso de la nueva Constitución en Chile. Ahora, además, por la Colombia de Gustavo Petro y Francia Márquez. ¿Cuándo llegaremos nosotros al segundo tiempo del progresismo latinoamericano?


martes, 14 de junio de 2022

La libreta verde - junio (8-12)

 

        Fredric Jameson propuso comparar dos cuadros —Un par de zapatos de Vicent Van Gogh y Zapatos de polvo de diamante de Andy Warhol— para explicar el advenimiento del posmodernismo, aunque en el fondo lo que intentaba explicarnos era el cambio que el capitalismo había producido en la concepción del arte. Para Jameson, el Van Gogh interpela al espectador sobre la miseria agrícola, la espantosa pobreza rural y las extensas jornadas del trabajo campesino de su época; el colorido cuadro de Andy Warhol no interpela en absoluto. Recuerdo esta contraposición este día (8 de junio) en el que se conmemoran cincuenta años desde que el fotógrafo vietnamita Nick Ut realizara la emblemática fotografía de la guerra de Vietnam, donde se ve a una niña alejándose de la espesura del napalm, con gritos de dolor y con el cuerpo lacerado por las quemaduras. Después de aquella fotografía que dio la vuelta al mundo, Nick Ut solo volvería a tener una fotografía en portada. Signo de los tiempos, ocurrió cuando fotografió a una mujer con el rostro compungido, envuelta en llanto, porque cumpliría veintiún días en prisión: su nombre era Paris Hilton.

 

            Si nuestros gobernantes fueran inteligentes —no lo son— voltearían a ver el éxito de la plataforma Transfer 365- —una herramienta bancaria tradicional y simple—, donde fluyen 22 millones de dólares diarios, en contraste a la fallida apuesta por el Bitcóin, que nadie, ni sus más entusiastas evangelizadores, utiliza a diario. En la economía no sirven las supercherías.

 

            Veo Proof de John Madden. En la película, un matemático (Anthony Hopkins) acaba de fallecer después de vivir durante más de veinte años con una enfermedad mental. La hija menor (Wyneth Paltrow), quien lo cuidó en sus últimos años de vida, piensa que ha heredado su enfermedad. Ella también es una matemática brillante. La realidad empieza a parecerle sospechosa, mientras un alumno de su padre (Jake Gyllenhaal) y su hermana mayor (Hope Davis) tratan de ayudarla a retomar su vida. Quién diría que varias décadas atrás, en otros términos, Miguel de Unamuno resumiría el trasfondo de esta película en una de sus novelas: «¿Matemáticas? Son como el arsénico, en bien dosificada receta fortifican, administradas a todo pasto matan».

 

            Espero en el comedor a que se vayan todos los comensales. Me quedo solo. Es el mejor momento para hacer lo que mejor sé hacer durante la jornada laboral: leer. Leo Partes de guerra, la última novela de Jorge Volpi, que transcurre en una ciudad fronteriza entre México y Guatemala. Salen dos salvadoreños, dos hermanos, que encuentran un cadáver. Frente a mí, las trabajadoras del comedor se sientan a comer. Por fin tienen reposo. ¿Qué estarán comiendo? Recordé haber leído en algún lado que quienes preparan la comida de los restaurantes comen otra cosa: sobras del día anterior o comida rápida. El capital no se socializa.


miércoles, 8 de junio de 2022

La libreta verde - junio (1-7)

 

        Este 1 de junio se cumplen tres años desde que nos gobierna Nayib Bukele, nuestro representante de las extremas derechas y posfascismos que asolan a Occidente. No está solo, evidentemente. A esta cita no llegamos tan tarde. Tenemos sincronía. En Colombia, el más que probable próximo presidente, Rodolfo Hernández, dice admirar a Bukele. En Argentina, el fascista libertario Javier Milei asciende meteóricamente en las encuestas; los analistas todavía dicen que «esto no puede suceder aquí», reconociendo a su país como típicamente de izquierdas. Lo que hemos aprendido de las extremas derechas es que se multiplican dejando a su paso países inhumanos, llenos de odio, ambientalmente depredados y sin capacidad de mejorar el bienestar de sus habitantes. Para ocupar la expresión de la candidata colombiana a vicepresidenta, Francia Márquez, con las extremas derechas no se puede vivir sabroso. No todos podemos. Solo pueden las minorías que se benefician —que nos beneficiamos— del capitalismo predatorio. Tres años y allá vamos.

            Vuelve The boys. La tercera temporada continúa la línea de las dos anteriores: la serie retrata los aspectos escatológicos de Estados Unidos. Que se entienda como una sátira de las películas de superhéroes solo minimiza su alcance. Como el título de uno de los brillantes ensayos de Vicente Verdú, The boys pretende describir al Planeta americano. Y ahí están reflejados los elementos de ese planeta: el individualismo posesivo, la competencia, la homofobia, la drogodependencia, el control de armas, el racismo, la misoginia, la desigualdad y la brutal influencia que ejercen los medios de comunicación.

 

            Afuera llueve. Las horas que debería ocupar para estudiar antes de mi examen las paso distrayéndome y contemplando las cosas que he ido acumulando en mi apartamento. Hay algo extraño en los objetos, como una sombra. O como si su materialidad empezara a deformarse. Imagino que del hoyo de mi guitarra salen escarabajos negros que mientras caminan por las cuerdas hacen sonar una melodía. Tengo la impresión de que la ceniza que se acumula en el cenicero son las ruinas de una ciudad diminuta devastada por un sismo. ¿Por qué una paloma ha construido su nido bajo el calor de un foco?

Veo a una hormiga laboriosa empujar una miga.

Veo dos monedas de un centavo.

Escucho a los vecinos, no sé si se divierten o si están peleando.

 Me rasco el brazo.

Pronto serán las 12 a.m. Me alegro porque mañana no trabajo.

 

Veo The unbearable weight of massive talent de Tom Gormican. La película confirma a Nicolas Cage como el único actor vivo capaz de interpretarse a sí mismo sin que el resultado sean dos horas de aburrimiento. Nicolas Cage, él solo, es una trama. Entre el homenaje y la burla, la película sigue al actor Nick Cage en el crepúsculo de su carrera. Un fan multimillonario le paga un vuelo a Mallorca para hacer juntos una película. En plena costa mallorquina, Nick Cage se verá envuelto en una red de narcotraficantes y agentes de la CIA, de la cual tendrá que salir librado con las mañas del mismísimo Castor Troy, el personaje que Cage interpretó en Face off. Por momentos hilarante, por otros patética, la película de Gormican pudo titularse «Tráiganme la cabeza de Nicolas Cage», parodiando el título de Sam Peckinpah.

           

            Pienso que en julio de este año cumpliré cinco años de venir al mismo lugar de trabajo, esta torre moderna y refinada que me ha acogido sufriendo inclementes resacas, pero que también me ha visto emocionado por un enamoramiento o por haber compartido un mismo ascensor con los músicos de Barco. Bueno, por no decir que también se convirtió en un inmueble deshabitado durante el confinamiento, que sobrevivió a un enjambre sísmico y que sus dueños aun le deben a la administración de acueductos una considerable suma de dinero. Los ladrillos de este edificio han sido testigos mudos de una parte de mi vida. Si tuvieran alma, serían mis amigos.