Culminaron las elecciones en Colombia. Los funestos
presagios se disiparon. Y ahora lo que resta es que Petro esté a la altura de
las expectativas.
El país hermano decidía entre darle la victoria a Gustavo
Petro y provocar una ruptura ordenada con la casta política, una ruptura
democrática, con un claro aunque debatible programa de gobierno, o darle la
victoria a Rodolfo Hernández, el representante de la extrema derecha y de los
desvaríos de la política tik tokera (no en vano el ingeniero Hernández
decía admirar a Nayib Bukele). Por suerte, tras la jornada del domingo, imperó
la sensatez.
No
era fácil. La izquierda en Colombia no se había asomado al poder desde los
lejanos años de Jorge Eliecer Gaitán, y, cuando intentó siquiera mostrar sus
cartas, terminó en cada tentativa siendo tiroteada y asesinada.
No será
fácil. Junto con Gabriel Boric, Petro tiene el desafío de que la nueva ola
progresista, o «la nueva nueva izquierda» —como la llama José Natanson—, no sea
un fracaso. Así como por primera vez en una elección presidencial de Colombia
se habló de feminismos, de pensiones, de lenguaje inclusivo, de ambiente —un
país donde las campañas electorales han girado sobre las FARC y el comunismo—, Petro
tiene la titánica tarea de materializar por primera vez una agenda progresista con
políticas públicas, demostrando que la izquierda en Colombia también es capaz
de administrar bien el poder sin dejar un rastro de corrupción e ineficiencias.
Colombia cambió y este cambio es una señal esperanzadora para los países de la región. En una época donde las extremas derechas y los posfascismos ganan terreno en Occidente —y América Latina no es la excepción—, que presidentes como Petro y la vicepresidenta Francia Márquez —feminista y símbolo de la «améfrica ladina»— estén conduciendo un país debe entusiasmarnos —sin caer en la ingenuidad de otros tiempos— a creer que la praxis de otra política es posible.
Cuando
tome posesión en agosto, el Petro-presidente debe superar con creces al Petro-alcalde.
Petro debe convocar a la unidad para calmar el ambiente de crispación y
polarización que dejó la elección, pero también para que demuestre que el
talante de déspota y autoritario que se le achaca no será el sello de su presidencia.
Que su signo sea la concertación para poner
en marcha la agenda progresista que, hasta la fecha, es arena ignota para
Colombia. Que Petro y su gobierno demuestren que Vargas Llosa se volvió a
equivocar y que, esta vez, Colombia «no votó mal».