Este 1 de junio se cumplen tres años desde que nos
gobierna Nayib Bukele, nuestro representante de las extremas derechas y
posfascismos que asolan a Occidente. No está solo, evidentemente. A esta cita
no llegamos tan tarde. Tenemos sincronía. En Colombia, el más que probable
próximo presidente, Rodolfo Hernández, dice admirar a Bukele. En Argentina, el
fascista libertario Javier Milei asciende meteóricamente en las encuestas; los
analistas todavía dicen que «esto no puede suceder aquí», reconociendo a
su país como típicamente de izquierdas. Lo que hemos aprendido de las extremas
derechas es que se multiplican dejando a su paso países inhumanos, llenos de
odio, ambientalmente depredados y sin capacidad de mejorar el bienestar de sus
habitantes. Para ocupar la expresión de la candidata colombiana a
vicepresidenta, Francia Márquez, con las extremas derechas no se puede vivir
sabroso. No todos podemos. Solo pueden las minorías que se benefician —que nos
beneficiamos— del capitalismo predatorio. Tres años y allá vamos.
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Vuelve
The boys. La tercera temporada continúa la línea de las dos anteriores:
la serie retrata los aspectos escatológicos de Estados Unidos. Que se entienda
como una sátira de las películas de superhéroes solo minimiza su alcance. Como
el título de uno de los brillantes ensayos de Vicente Verdú, The boys
pretende describir al Planeta americano. Y ahí están reflejados los
elementos de ese planeta: el individualismo posesivo, la competencia, la
homofobia, la drogodependencia, el control de armas, el racismo, la misoginia, la
desigualdad y la brutal influencia que ejercen los medios de comunicación.
Afuera
llueve. Las horas que debería ocupar para estudiar antes de mi examen las paso
distrayéndome y contemplando las cosas que he ido acumulando en mi apartamento.
Hay algo extraño en los objetos, como una sombra. O como si su materialidad
empezara a deformarse. Imagino que del hoyo de mi guitarra salen escarabajos
negros que mientras caminan por las cuerdas hacen sonar una melodía. Tengo la
impresión de que la ceniza que se acumula en el cenicero son las ruinas de una
ciudad diminuta devastada por un sismo. ¿Por qué una paloma ha construido su
nido bajo el calor de un foco?
Veo a una hormiga laboriosa empujar una miga.
Veo dos monedas de un centavo.
Escucho a los vecinos, no sé si se divierten o si
están peleando.
Me rasco el
brazo.
Pronto serán las 12 a.m. Me alegro porque mañana no
trabajo.
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Veo The
unbearable weight of massive talent de Tom Gormican. La película confirma a Nicolas Cage como el único
actor vivo capaz de interpretarse a sí mismo sin que el resultado sean dos
horas de aburrimiento. Nicolas Cage, él solo, es una trama. Entre el homenaje y
la burla, la película sigue al actor Nick Cage en el crepúsculo de su carrera.
Un fan multimillonario le paga un vuelo a Mallorca para hacer juntos una
película. En plena costa mallorquina, Nick Cage se verá envuelto en una red de
narcotraficantes y agentes de la CIA, de la cual tendrá que salir librado con las
mañas del mismísimo Castor Troy, el personaje que Cage interpretó en Face
off. Por momentos hilarante, por otros patética, la película de Gormican
pudo titularse «Tráiganme la cabeza de Nicolas Cage», parodiando el título de
Sam Peckinpah.
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Pienso
que en julio de este año cumpliré cinco años de venir al mismo lugar de
trabajo, esta torre moderna y refinada que me ha acogido sufriendo inclementes
resacas, pero que también me ha visto emocionado por un enamoramiento o por
haber compartido un mismo ascensor con los músicos de Barco. Bueno, por
no decir que también se convirtió en un inmueble deshabitado durante el
confinamiento, que sobrevivió a un enjambre sísmico y que sus dueños aun le
deben a la administración de acueductos una considerable suma de dinero. Los
ladrillos de este edificio han sido testigos mudos de una parte de mi vida. Si
tuvieran alma, serían mis amigos.
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