La cocina se volvió
ubicua en las plataformas digitales. Superando a la televisión convencional, la
velocidad de Tik-Tok nos permitió aprender la receta de un estofado en menos
de un minuto. En la era del cansancio, si no estamos dormidos en nuestro tiempo
libre, cocinamos. O vemos a alguien cocinar. La cocina se volvió terapéutica.
Sin querer, los canales de cocina se convirtieron —parafraseando un título de
un libro de Héctor Abad Faciolince— en un tratado de culinaria para personas
tristes.
Entre otras virtudes,
el éxito de la nueva serie de Hulu/FX, The Bear, se debe a la simpatía
que le tenemos a los canales de cocina. Creada por Christopher Storer —quien
fue el productor de la ópera prima de Bo Burnham, Eighth Grade (2018)—,
durante ocho episodios de una duración aproximada de media hora, seguimos a
Carmen “Carmy” Berzatto (Jeremy Allen White), un chef especializado en la alta
cocina que, después de haber cocinado en “el mejor restaurante del mundo” y
haber ganado varios premios, regresa a su natal Chicago para encargarse del
restaurante de su hermano mayor, Mike, que acaba de morir. Decir restaurante es
todavía ambicioso para describir el negocio que su hermano le heredó: con
deudas de seis dígitos y un menú que no requiere más arte que el sofrito, el
restaurante —llamado
The Beef—apenas se mantiene a flote.
Aunque podemos
aprender de repostería, The Bear no es una serie sobre gastronomía, sino
sobre los fantasmas interiores que están detrás de quienes nos sirven nuestro
sándwich favorito. Mostrar algunas recetas es un gancho para empujarnos hacia
uno de los temas que quiere transmitirnos: la frustración. El desdoblamiento de
la palabra bear —que en inglés significa oso, pero también soportar una
carga sobre las espaldas— contiene la tesis de esta serie en la que los
personajes sobrellevan el peso de sus fracasos.
Entrar a la cocina de
The Beef es ingresar a una mezcolanza de temperamentos, aunque estos no
logran desarrollarse por completo en esta primera temporada. Richie, el
gerente, está siempre al borde de la demencia. Tina, una cocinera veterana,
reniega de las órdenes que provengan de alguien más joven. Los demás ayudantes
no tienen ambiciones de ningún tipo. La llegada de Sidney, una chef profesional
que a traviesa un momento de crisis, es la única esperanza para cambiar el
emprendimiento.
El caótico negocio
familiar de los Berzatto no cumple ni los mínimos requisitos sanitarios,
pero Carmen tiene la convicción de que puede transformarlo. De preparar
platillos con huevos de rizo de mar, Carmen se acostumbra a utilizar tomates
enlatados. Ni la deuda con proveedores ni la mora tributaria lo disuaden de
convertir a The Beef en un restaurante que despunte. La obsesión de
Carmen por el restaurante es la contracara de su propia pesadumbre. ¿Qué es lo que aflige tanto a Carmy que no
tiene tiempo ni de compartir el luto con Sugar, su otra hermana? Carmy aguanta el peso de una cocina que se
desmorona porque es un acto para conservar la memoria de su hermano.
Quizá el mejor logro
de The Bear sea el ritmo frenético de su narración —cuya apoteosis es el
plano secuencia de 20 minutos del capítulo séptimo—, ritmo que se asemeja a las
rutinas laborales. The Beef puede ser una maquila, una constructora o
una oficina aduanera. Para un comensal, una costilla con risotto es solo un
plato servido a tiempo, pero para los cocineros puede ser un infierno.
Análogamente, jamás pensamos en lo que hay detrás del agente aduanero que nos
selló el pasaporte. En las oficinas, lo que diferencia a los días buenos de los
malos es la productividad que se consigue. El trabajo no puede detenerse. La
serie crea una experiencia inmersiva hacia la producción en serie. Adentro de
la cocina hay una atmósfera asfixiante: las tomas se saturan de grasa
acumulada, facturas, gritos, desperdicios embarrados en el piso, sartenes
sucios que se apilan en el fregadero. The
Bear fatiga.
Lo único que rompe
esta inercia es la posibilidad de belleza. La cocina permite estas pequeñas
gratificaciones estéticas: la cebolla caramelizándose, un postre impecable y
suculento, un delantal pulcro, un asado sellándose. Y esa posibilidad estética
es la que los espectadores también encontramos en esta serie que, sin dragones
devorándose a sí mismos o narcotraficantes rasurándose el bigote, se esmera en
llevarnos por un torbellino de risas, angustias y desconcierto, con la noble
excusa de ver servido un sándwich con carne y pepinillos. Ya se anunció una
segunda temporada.

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