Los primeros días del año vas a querer dormir más. Vas
a verla acostada a tu lado envuelta en una sábana de lana gruesa por los días
de frío. Vas a querer prolongar ese estado de paz, porque luego se despertará y
se irá al trabajo, se irá de vuelta a sus obligaciones y a la rutina. Pensarás
en la historia que leíste ayer sobre un actor de teatro que se lo llevaron preso.
No podía caminar, llevaba más de quince años en una silla de ruedas, pero eso a
la policía no le importó. Intentarás preparar un desayuno perfecto —uno que pudiera
describirse como en un cuento de Alejandra Kamiya—, un desayuno
perfecto con todo lo que eso entraña, con lo que quisieras que tuviera: el aroma
del café recién molido, la cebolla caramelizándose en el sartén, los rayos de
sol penetrando a través de las persianas. Mientras desayunas, leerás el último
artículo de Žižek sobre la guerra, sobre el último exabrupto de un estadista,
sobre los efectos del cambio climático, sobre el desarrollo de un misil, sobre
la economía o sobre el último tema de la farándula. Llegarás a tu oficina, tendrá
la misma disposición de como la dejaste, pero la verás menos desprolija,
siempre el marcador rosa a la par de tu lapicero de apuntes. Verás los mismos
rostros que te acompañan durante el día, tal vez ligeramente distintos, como si
en ellos el año viejo hubiese dejado alguna huella. Retomarás tu trabajo, pondrás
un disco de Stan Getz o Hank Mobley o Julian Lage, algo de jazz, porque la
música con letra te desconcentra. Saldrás a la hora de almuerzo buscando una
opción vegetariana, te interesará ver remolacha, zucchini, lenteja, rábano,
puerro, calabaza, algo, dirás, que te limpie las impurezas de la semana previa.
Llegará la tarde y con ella el sopor de saberte improductivo. Sin despedirte,
tomarás tu mochila y regresarás a tu casa deseando hacer una siesta. (Una
siesta real, es decir, despojándote de tu ropa y entregándote al sueño). Despertarás
para el café de la tarde, avanzarás en tus reportes, corroborarás estadísticas,
responderás unos emails, te fastidiará el protocolo de los burócratas y
ministros. Cuando atardezca, abrirás una botella de vino y continuarás con la
lectura del libro que te trae dando vueltas. Anotarás párrafos que te intriguen,
envidiarás las formas que tienen los otros de organizar las palabras, de expresar
el misterio de lo inefable. Caerá la noche. La esperarás en el balcón fumando
un cigarro mientras termina de cocinarse un guiso o una pasta. Elegirás una
película para ese día, propondrás una novedad, de las que suenan en los festivales
de premios. Ella no terminará de ver la película, se adormecerá entre tus
piernas. Llegará la medianoche, fumarás el último cigarro del día. Pronto a
dormir, preguntarás qué ha cambiado con el nuevo año. Entonces vendrá la
zozobra de pronunciar esa palabra, dos sílabas: nada.
jueves, 19 de enero de 2023
Año nuevo
jueves, 12 de enero de 2023
“Un verdor terrible” de Benjamin Labatut
Los relatos de Un verdor terrible coinciden en
mostrarnos a emblemáticos personajes de las ciencias y las matemáticas, tipos
que hicieron descubrimientos brillantes, los cuales al mismo tiempo en que
hicieron un bien a la humanidad, terminaron por incubar la semilla para
provocar devastación y sufrimiento. Y también otros que sucumbieron
tempranamente ante el horror que imaginaron que sus teorías podían ocasionar si
acababan en las manos equivocadas.
Labatut, pues, dialoga con un dilema antiguo: los
progresos del conocimiento y de la técnica, que tantas vidas logran mejorar y
salvar, acaban por sucumbir al mal. «Incluso en las matemáticas ciertas cosas
debían permanecer ocultas para siempre, por el bien de todos nosotros», dijo Alexander
Grothendieck, quizá el matemático más importante del siglo XX y que, desde los
cuarenta años, abandonó la matemática para abrazar al misticismo ecológico.
Sería a lo mejor inexacto llamar a Un verdor
terrible un libro de cuentos, porque los escritos que lo componen parecen
más bien pequeñas piezas ensayísticas de divulgación o crónicas periodísticas
—salvo el epílogo—, cuyo asombro primordial radica en que Labatut no tiene
estudios formales en ciencias, pero logra explicar fenómenos complejos con
elocuente versatilidad. «Si el arsénico es un asesino paciente, que se esconde
en los tejidos más profundos de tu cuerpo y se acumula allí durante años, el cianuro
te roba el aliento», escribe en su primer relato Azul de Prusia.
Algo hay que decir sobre la forma: los relatos evocan
a las contratapas de Juan Forn, donde cada párrafo contiene un dato descollante
de la persona de la que se habla, anécdotas inverosímiles y vasos comunicantes
con su época y con otros personajes contemporáneos. A diferencia de aquellas,
eso sí, aquí aflora la imaginación de Labatut, rellenando con sucesos ficticios
los vacíos que pudieran tener sus tramas verídicas. Él mismo aclara al final
del libro que a medida el libro avanza, así también se va acrecentando la
ficción. La ficción en estos relatos va creciendo paulatinamente como un hongo
atómico.
El enigma y el misterio están presentes tanto en la
manera en que Labatut nos cuenta cómo se descubren los avances científicos,
como en las preguntas profundas que suscita. ¿Cómo logra la mente humana
revelar los misterios más profundos del universo? ¿cómo logra aprehenderse en
una ecuación la dinámica minúscula de los átomos? ¿cómo la mejor comprensión
del mundo es al mismo tiempo la vía para la construcción de armas mortíferas?
Aunque reniega de su adscripción a la tradición literaria chilena, el libro de Labatut nos recuerda que antes de crear la antipoesía, Nicanor Parra fue físico matemático. Los científicos que desfilan por Un verdor terrible, aparte de haber sido mentes iluminadas para la ciencia, también tenían la manía de escribir. La yuxtaposición tácita entre ciencia y literatura es otro de los temas a los que Labatut se ancla. Y creemos que, en este caso, le da la razón a Ortega y Gasset cuando escribió que «no hay modo de entender bien al hombre [sic] si no se repara en que la matemática brota de la misma raíz que la poesía, del don imaginativo».