Los relatos de Un verdor terrible coinciden en
mostrarnos a emblemáticos personajes de las ciencias y las matemáticas, tipos
que hicieron descubrimientos brillantes, los cuales al mismo tiempo en que
hicieron un bien a la humanidad, terminaron por incubar la semilla para
provocar devastación y sufrimiento. Y también otros que sucumbieron
tempranamente ante el horror que imaginaron que sus teorías podían ocasionar si
acababan en las manos equivocadas.
Labatut, pues, dialoga con un dilema antiguo: los
progresos del conocimiento y de la técnica, que tantas vidas logran mejorar y
salvar, acaban por sucumbir al mal. «Incluso en las matemáticas ciertas cosas
debían permanecer ocultas para siempre, por el bien de todos nosotros», dijo Alexander
Grothendieck, quizá el matemático más importante del siglo XX y que, desde los
cuarenta años, abandonó la matemática para abrazar al misticismo ecológico.
Sería a lo mejor inexacto llamar a Un verdor
terrible un libro de cuentos, porque los escritos que lo componen parecen
más bien pequeñas piezas ensayísticas de divulgación o crónicas periodísticas
—salvo el epílogo—, cuyo asombro primordial radica en que Labatut no tiene
estudios formales en ciencias, pero logra explicar fenómenos complejos con
elocuente versatilidad. «Si el arsénico es un asesino paciente, que se esconde
en los tejidos más profundos de tu cuerpo y se acumula allí durante años, el cianuro
te roba el aliento», escribe en su primer relato Azul de Prusia.
Algo hay que decir sobre la forma: los relatos evocan
a las contratapas de Juan Forn, donde cada párrafo contiene un dato descollante
de la persona de la que se habla, anécdotas inverosímiles y vasos comunicantes
con su época y con otros personajes contemporáneos. A diferencia de aquellas,
eso sí, aquí aflora la imaginación de Labatut, rellenando con sucesos ficticios
los vacíos que pudieran tener sus tramas verídicas. Él mismo aclara al final
del libro que a medida el libro avanza, así también se va acrecentando la
ficción. La ficción en estos relatos va creciendo paulatinamente como un hongo
atómico.
El enigma y el misterio están presentes tanto en la
manera en que Labatut nos cuenta cómo se descubren los avances científicos,
como en las preguntas profundas que suscita. ¿Cómo logra la mente humana
revelar los misterios más profundos del universo? ¿cómo logra aprehenderse en
una ecuación la dinámica minúscula de los átomos? ¿cómo la mejor comprensión
del mundo es al mismo tiempo la vía para la construcción de armas mortíferas?
Aunque reniega de su adscripción a la tradición literaria chilena, el libro de Labatut nos recuerda que antes de crear la antipoesía, Nicanor Parra fue físico matemático. Los científicos que desfilan por Un verdor terrible, aparte de haber sido mentes iluminadas para la ciencia, también tenían la manía de escribir. La yuxtaposición tácita entre ciencia y literatura es otro de los temas a los que Labatut se ancla. Y creemos que, en este caso, le da la razón a Ortega y Gasset cuando escribió que «no hay modo de entender bien al hombre [sic] si no se repara en que la matemática brota de la misma raíz que la poesía, del don imaginativo».
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