jueves, 19 de enero de 2023

Año nuevo

Los primeros días del año vas a querer dormir más. Vas a verla acostada a tu lado envuelta en una sábana de lana gruesa por los días de frío. Vas a querer prolongar ese estado de paz, porque luego se despertará y se irá al trabajo, se irá de vuelta a sus obligaciones y a la rutina. Pensarás en la historia que leíste ayer sobre un actor de teatro que se lo llevaron preso. No podía caminar, llevaba más de quince años en una silla de ruedas, pero eso a la policía no le importó. Intentarás preparar un desayuno perfecto uno que pudiera describirse como en un cuento de Alejandra Kamiya, un desayuno perfecto con todo lo que eso entraña, con lo que quisieras que tuviera: el aroma del café recién molido, la cebolla caramelizándose en el sartén, los rayos de sol penetrando a través de las persianas. Mientras desayunas, leerás el último artículo de Žižek sobre la guerra, sobre el último exabrupto de un estadista, sobre los efectos del cambio climático, sobre el desarrollo de un misil, sobre la economía o sobre el último tema de la farándula. Llegarás a tu oficina, tendrá la misma disposición de como la dejaste, pero la verás menos desprolija, siempre el marcador rosa a la par de tu lapicero de apuntes. Verás los mismos rostros que te acompañan durante el día, tal vez ligeramente distintos, como si en ellos el año viejo hubiese dejado alguna huella. Retomarás tu trabajo, pondrás un disco de Stan Getz o Hank Mobley o Julian Lage, algo de jazz, porque la música con letra te desconcentra. Saldrás a la hora de almuerzo buscando una opción vegetariana, te interesará ver remolacha, zucchini, lenteja, rábano, puerro, calabaza, algo, dirás, que te limpie las impurezas de la semana previa. Llegará la tarde y con ella el sopor de saberte improductivo. Sin despedirte, tomarás tu mochila y regresarás a tu casa deseando hacer una siesta. (Una siesta real, es decir, despojándote de tu ropa y entregándote al sueño). Despertarás para el café de la tarde, avanzarás en tus reportes, corroborarás estadísticas, responderás unos emails, te fastidiará el protocolo de los burócratas y ministros. Cuando atardezca, abrirás una botella de vino y continuarás con la lectura del libro que te trae dando vueltas. Anotarás párrafos que te intriguen, envidiarás las formas que tienen los otros de organizar las palabras, de expresar el misterio de lo inefable. Caerá la noche. La esperarás en el balcón fumando un cigarro mientras termina de cocinarse un guiso o una pasta. Elegirás una película para ese día, propondrás una novedad, de las que suenan en los festivales de premios. Ella no terminará de ver la película, se adormecerá entre tus piernas. Llegará la medianoche, fumarás el último cigarro del día. Pronto a dormir, preguntarás qué ha cambiado con el nuevo año. Entonces vendrá la zozobra de pronunciar esa palabra, dos sílabas: nada.


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