miércoles, 18 de diciembre de 2024

Narrativas de la fe


Scott Beck y Bryan Woods llevan varios años haciendo películas juntos. Su estilo de trabajo les ha permitido, según cuentan en algunas entrevistas, adivinar el pensamiento del otro. La fórmula más exitosa, acaso, del trabajo en equipo: anticiparse a lo que hará tu compañero.

Han tenido éxito: crearon, junto con John Krasinski, la saga postapocalíptica A quiet place, donde el ruido mismo se convierte en sentencia de muerte. Exploradores del suspenso, Beck y Woods hicieron con Haunt (2019) su interpretación del slasher, y lograron adaptar con buenas críticas el resbaladizo cuento The boogeyman de Stephen King. Y ahora su última creación se llama Heretic (2024), una película que funciona como un caleidoscopio de emociones: inicia como un cuento de hadas, se transforma en un thriller psicológico y culmina con un baño de sangre.

La trama de Heretic sigue a las hermanas Barnes (interpretadas por Sophie Thatcher) y Paxton (Chloe East), misioneras de la Iglesia de los Santos de los Últimos Días, cuya fe se pondrá a prueba de formas escabrosas. En su peregrinaje evangelizador, llegan a la casa del señor Reed, interpretado por un magistral Hugh Grant. Reed es un personaje ambiguo y perturbador, un erudito obsesionado con la teología y los mitos antiguos. Bajo su hospitalidad aparente se oculta un juego macabro: encierra a las hermanas en su casa y comienza a manipular sus mentes, explotando sus creencias con una calculada perversidad. Reed intentará desmontar sus certezas y sembrar dudas. Les dirá, entre otras cosas, esto: que la religión no es más que un relato bien contado; que, si lo piensan bien, su religión no es más que un plagio de otras. Heretic se sintetiza en estas frases y en una falsa disyuntiva que les propone a las dos hermanas: al modo de las pastillitas de The Matrix, las invitará a elegir entre la puerta de la creencia o la de la descreencia. Es un juego: ambas conducen a un cuarto sin salida. Ahí, en ese cuarto oscuro, se develarán las razones del señor Reed.

Cuando terminó la película anoté estas palabritas: fe, ideología, creencia, dios. Y reflexioné sobre los relatos que nos construyen, las narrativas que abrazamos para darle sentido al caos. No hay fe sin buenos relatos.

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Se llama Parroquia San Cristóbal. Está en el centro de Palín, Guatemala. Para entrar a esta iglesia hay que pasar por puestos de ventas ambulantes. Venden zapatos —muchos zapatos—, reses, pollos, baratijas, comidas típicas. En las paredes hay rótulos que piden no usar el celular en la casa de dios. Cuando entro los feligreses están hincados, rezando. Repiten palabras que reconozco, pero que nunca he memorizado. Mi padre, que está sentado atrás mío, dice: «la religión somete a los pueblos». Río, porque no sé si lo dijo en broma o si era un comentario serio. Estamos aquí para presenciar un bautizo. El sacerdote, con voz firme y pausada, se dirige a los padrinos, recordándoles la carga simbólica que han aceptado. “De ustedes depende cultivar la fe de los bautizados”, les dice, subrayando la trascendencia de su rol.

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En Conclave (2024), de Edward Berger, el cardenal Thomas Lawrence (Ralph Finnes) está perdiendo la fe. El papa ha muerto. El cardenal tiene que convocar al cónclave que decidirá quién será el nuevo representante de dios en la tierra. No es fácil: los egos de los embajadores de cristo entran en disputa. También sus ideologías, por supuesto. Mientras los cardenales se reúnen, afuera el mundo también es testigo de su propia inquietud, una desesperación palpable que explota, literal y simbólicamente, con una bomba detonada a las afueras de la Capilla Sixtina. Dentro, los cardenales libran una guerra más sutil: salen a la discusión las muchas salpicaduras de la iglesia—las pedofilias, las complicidades, los abusos de poder. Aparecerá, en un discurso memorable del cardenal Lawrence, el monosílabo: fe. «Nuestra fe es algo vivo precisamente porque camina de la mano de la duda. Si sólo existiera la certeza y no la duda, no habría misterio. Y, por tanto, no habría necesidad de fe. Recemos para que Dios nos conceda un Papa que dude. Y que nos conceda un Papa que peque y pida perdón y que siga adelante», dice. Al final de la película habrá un nuevo papa: el ungido menos esperado.

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Perdí la fe a los doce años. He contado esta historia muchas veces, quizá demasiadas. Martín Caparrós escribe en Antes que nada, sus memorias, que todos llevamos mitos sobre nosotros mismos. El mío se remonta al año 2005, cuando regresábamos de un centro comercial en familia. En un instante, el impacto. Una conductora se cruzó un semáforo en rojo y chocó con nosotros. Recuerdo el sonido seco del metal, el humo que llenó el coche y el sorbete que iba comiendo convertirse en una plasta sobre la alfombra. Mi padre y yo salimos con raspones; yo con un chindondo en la cabeza y él con un codo magullado. Mi madre, en cambio, cargó con la peor parte: su rostro marcado por una quemadura y el embarazo de siete meses en peligro. La ambulancia llegó rápido. Recuerdo estas palabras: «puede perder el embarazo». Mis padres partieron al hospital, y yo regresé a casa. A la casa vacía, al silencio y a la penumbra de mi cuarto. Lloré. Tuve miedo, un miedo visceral: miedo de no volver a ver a mi madre, miedo de no conocer a mi hermano. En medio de esa soledad, busqué, pues, lo que no tenía: consuelo. Y recé. Recé con intensidad. Y ahí entendí, o creí entender, lo que significa la fe. Que no es más que una cuerda lanzada en medio de un naufragio, un relato que funciona cuando el mundo se desmorona. Nunca volví a rezar. No volví a creer. Pero esa cuerda, aunque rota, sigue siendo un eco de lo que somos: narradores perdidos en busca de sentido.


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