Beatriz Sarlo llegó a mí durante los años de licenciatura en economía, un encuentro que podría parecer improbable, pero que fue posible gracias a Walter Benjamin. Sarlo había publicado un libro que recogía diversos ensayos sobre el autor de El libro de los pasajes con el título «Siete ensayos sobre Walter Benjamin» y fue, como mucho de lo que le leí, iluminador. Ahí estaba Benjamin: crítico literario, historiador, teórico, esteta, revolucionario. Mi libreta de entonces apenas guardó una nota: «hacer jazz es presuponer la potencia estética de un recuerdo». También me abrió otra puerta: Borges. Sarlo lo llamó «el axioma de la literatura argentina». A partir de Borges, sostuvo, «se cruzan o se dispersan todas las líneas». Sus clases debieron ser estupendas. En una de ellas, sobre Rayuela, le puso fecha de caducidad a la literatura reverencial de la Revista Sur: Cortázar había inaugurado una era más libre y juguetona. Tras su muerte, a los 82 años, leo que Sarlo era aguda para cualquier cosa que se propusiera. Le entusiasmó la militancia política, transitó de la izquierda marxista a una socialdemocracia al “estilo argentino”, y no tenía reparos en clavar su inteligencia donde creía que se necesitaba. Era una polemista impar. En sus últimos días se acercó con mirada crítica a los abusos de la corrección política y al lenguaje inclusivo. En un artículo sarcástico y audaz, La princesa no está triste, remeda las intenciones de algunas editoriales de transgredir obras clásicas para que tomen en cuenta la perspectiva de género. Se imaginaba, así, que ella era dueña de una editorial y publicaba obras con los títulos Tomasita Sawyer, Huguita Finn o Doña Quijota. En sus novelas, el personaje principal de Crimen y castigo sería Radiona Raskolnikova, quien asesina a un usurero por no poder cumplir sus sueños. En el 2019, mantuvo un debate con Santiago Kalinowski que luego editaron con el título La lengua en disputa. Al ser interrogada sobre si el lenguaje inclusivo suponía un riesgo para la lengua, Sarlo respondió: «no me molesta el riesgo, sino la imposición». Hasta el final, sus artículos en El País y otras revistas nos invitaron a pensar. El año pasado la vi de lejos en la Feria del Libro de Buenos Aires, en un evento de la Biblioteca Nacional. No creo que Sarlo mirara hacia este rincón del mundo, pero nosotros deberíamos mirar hacia ella: aprender de su rigor, su audacia y su compromiso con descifrar la sociedad y sus monstruos.
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