miércoles, 23 de abril de 2025

Sobre "La mujer incierta", de Piedad Bonnett

 

Del título del libro autobiográfico de Piedad Bonnett, La mujer incierta, tomo una distancia a medias. Primero, porque —al menos eso creo— no he sido, ni soy, ni seré una mujer. Pero sí me reconozco plenamente en la incerteza: en ese estar siempre al borde de una situación, carcomido por la duda, por la indecisión. A veces, incluso, en asuntos triviales: elegir una película, un destino turístico, el color de una camisa.

El libro es autobiográfico, pero no es una autobiografía al uso. Bonnett escoge temas —la maternidad, la familia, la docencia, la escritura, la muerte, las clases sociales, la amistad, la enfermedad— y los entrelaza con episodios de su vida. Aunque hay uno que quizá atraviesa todos los demás: el cuerpo.

No es la primera vez que se adentra en este territorio. Ya lo había hecho en Lo que no tiene nombre, un relato tan hermoso como doloroso sobre el suicidio de su hijo menor, quien padecía esquizofrenia.

Creo haber crecido en un contexto social muy parecido al de Piedad, por eso sus temas me resultan tan cercanos. Me reconozco en sus recuerdos de infancia, cuidados por trabajadoras domésticas —algunas tan jóvenes que bien pudieron ser hermanas mayores. Me resultan familiares también sus remilgos, sus contradicciones, las tensiones de haber crecido y luego formado una familia dentro de un molde tradicional, burgués, a veces demasiado convencional, pero útil para sostener cierto confort desde el cual pudo ejercer como docente y escritora.

Es extraño, pero por momentos sentía que algunos párrafos de Bonnett podrían haber sido escritos por mi madre. Hay una afinidad en la sensibilidad, sobre todo en los pasajes dedicados a la universidad. Y también en las quejas: como esa advertencia, tomada de Natalia Ginzburg, de que las universidades están repletas de charlatanes, embaucadores, vendedores de «ideas artificiosas» —especialmente si son hombres.

Natalia Ginzburg, Siri Hustvedt, Oliver Sacks, Rosa Montero: son nombres que atraviesan las páginas de La mujer incierta y que ayudaron a forjar su tono confesional y reflexivo.

Una de las definiciones del arte citadas en el libro, tomada de Deleuze, quizá sirva para explicar lo que me produjo su lectura: «una percepción ampliada». A pesar de la brecha generacional que me separa de la autora de Donde nadie me espere, no veo por qué este libro no habría de interpelarnos de múltiples maneras a quienes somos más jóvenes. Creo que lo esencial es eso: nos enseña —desde una mirada íntima, pero lúcida— a valorar los fragmentos que componen una vida. Esos que, al final, nos acaban definiendo.

 

lunes, 21 de abril de 2025

Adiós al último del boom

Tengo la impresión de que todos guardamos en la memoria algún momento marcado por la lectura de una novela de Mario Vargas Llosa. El mío ocurrió la primera vez que lo leí. Corría el año 2011; yo tenía diecisiete años. Un año antes le habían otorgado el Premio Nobel y, como efecto inmediato, la casa de mis padres comenzó a llenarse de libros del autor peruano.

En medio de un temporal —con las clases suspendidas y el mundo afuera en alerta amarilla— me entregué a La ciudad y los perros. La impresión que me dejó esa lectura aún perdura. Aunque el universo castrense que retrata —con su brutalidad, su jerarquía implacable y su machismo exacerbado— me resultaba ajeno, no así la intensa camaradería, las lealtades tácitas y las complicidades que tejían sus personajes. Tal vez solo The Grapes of Wrath, de Steinbeck, me ha tocado con una profundidad comparable.

Después vinieron otras, leídas en desorden, como suelo hacerlo: La fiesta del chivo, Pantaleón y las visitadoras, El pez en el agua, Conversación en La Catedral, ¿Quién mató a Palomino Molero?... y la que, sin duda, es para mí su obra más entrañable: La guerra del fin del mundo. En esa novela encontré la descripción más poderosa que haya leído sobre el fanatismo, sobre cómo las ideas pueden transformarse en carne y pólvora, en guerras y absolutos. Ahí están, también, los límites —y los peligros— de las revoluciones.

Tampoco se queda atrás el Vargas Llosa ensayista, el pensador. Yo lo leí ya convertido en un liberal convencido y contumaz, con ideas apasionadas —y, a mi juicio, tristemente equivocadas— sobre las virtudes del libre mercado. Con frecuencia disentía de sus postulados, pero aun así lo leía con avidez. Nunca me perdía su columna quincenal, Piedra de toque, donde a veces encontraba afirmaciones certeras, iluminadoras, y casi siempre esa coherencia férrea que lo caracterizaba.

El último libro suyo que leí, La llamada de la tribu, ilustra bien sus principales fuentes intelectuales. Fue su intento de trazar un recorrido personal por el liberalismo que tanto defendía, en un estilo que evocaba el de Edmund Wilson en Hacia la estación de Finlandia, un libro que no se cansaba de recomendar.

De los autores del boom latinoamericano, Vargas Llosa fue siempre con quien más afinidad sentí como lector. Recuerdo uno de sus últimos relatos, Los vientos, donde el narrador es un octogenario disminuido físicamente —se tira gases sin darse cuenta— y con evidentes problemas de memoria. El cuento está escrito con repeticiones, con vacíos, justo como alguien que ya no recuerda con claridad lo que cuenta. Nunca dejó de buscar nuevas formas de narrar, de afinar la técnica según lo exigiera la historia que tuviera entre manos.

Nos dejó mucho. Sus libros nos sobrevivirán.

Que en paz descanses, Sartrecillo valiente.