Tengo la impresión de que todos guardamos en la memoria algún momento marcado por la lectura de una novela de Mario Vargas Llosa. El mío ocurrió la primera vez que lo leí. Corría el año 2011; yo tenía diecisiete años. Un año antes le habían otorgado el Premio Nobel y, como efecto inmediato, la casa de mis padres comenzó a llenarse de libros del autor peruano.
En medio de un temporal —con las clases suspendidas y el mundo
afuera en alerta amarilla— me entregué a La ciudad y los perros. La
impresión que me dejó esa lectura aún perdura. Aunque el universo castrense que
retrata —con su brutalidad, su jerarquía implacable y su machismo exacerbado—
me resultaba ajeno, no así la intensa camaradería, las lealtades tácitas y las
complicidades que tejían sus personajes. Tal vez solo The Grapes of Wrath,
de Steinbeck, me ha tocado con una profundidad comparable.
Después vinieron otras, leídas en desorden, como suelo
hacerlo: La fiesta del chivo, Pantaleón y las visitadoras, El
pez en el agua, Conversación en La Catedral, ¿Quién mató a
Palomino Molero?... y la que, sin duda, es para mí su obra más entrañable: La
guerra del fin del mundo. En esa novela encontré la descripción más
poderosa que haya leído sobre el fanatismo, sobre cómo las ideas pueden
transformarse en carne y pólvora, en guerras y absolutos. Ahí están, también,
los límites —y los peligros— de las revoluciones.
Tampoco se queda atrás el Vargas Llosa ensayista, el pensador.
Yo lo leí ya convertido en un liberal convencido y contumaz, con ideas
apasionadas —y, a mi juicio, tristemente equivocadas— sobre las virtudes del
libre mercado. Con frecuencia disentía de sus postulados, pero aun así lo leía
con avidez. Nunca me perdía su columna quincenal, Piedra de toque, donde
a veces encontraba afirmaciones certeras, iluminadoras, y casi siempre esa
coherencia férrea que lo caracterizaba.
El último libro suyo que leí, La llamada de la tribu, ilustra
bien sus principales fuentes intelectuales. Fue su intento
de trazar un recorrido personal por el liberalismo que tanto defendía, en un
estilo que evocaba el de Edmund Wilson en Hacia la estación de Finlandia,
un libro que no se cansaba de recomendar.
De los autores del boom latinoamericano, Vargas Llosa fue
siempre con quien más afinidad sentí como lector. Recuerdo uno de sus últimos
relatos, Los vientos, donde el narrador es un octogenario disminuido
físicamente —se tira gases sin darse cuenta— y con evidentes problemas de
memoria. El cuento está escrito con repeticiones, con vacíos, justo como
alguien que ya no recuerda con claridad lo que cuenta. Nunca dejó de buscar
nuevas formas de narrar, de afinar la técnica según lo exigiera la historia que
tuviera entre manos.
Nos dejó mucho. Sus libros nos sobrevivirán.
Que en paz descanses, Sartrecillo valiente.
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