Del título del libro autobiográfico de Piedad Bonnett, La
mujer incierta, tomo una distancia a medias. Primero, porque —al menos eso
creo— no he sido, ni soy, ni seré una mujer. Pero sí me reconozco plenamente en
la incerteza: en ese estar siempre al borde de una situación, carcomido por la
duda, por la indecisión. A veces, incluso, en asuntos triviales: elegir una
película, un destino turístico, el color de una camisa.
El libro es autobiográfico, pero no es una autobiografía al
uso. Bonnett escoge temas —la maternidad, la familia, la docencia, la
escritura, la muerte, las clases sociales, la amistad, la enfermedad— y los
entrelaza con episodios de su vida. Aunque hay uno que quizá atraviesa todos
los demás: el cuerpo.
No es la primera vez que se adentra en este territorio. Ya lo
había hecho en Lo que no tiene nombre, un relato tan hermoso como
doloroso sobre el suicidio de su hijo menor, quien padecía esquizofrenia.
Creo haber crecido en un contexto social muy parecido al de
Piedad, por eso sus temas me resultan tan cercanos. Me reconozco en sus
recuerdos de infancia, cuidados por trabajadoras domésticas —algunas tan
jóvenes que bien pudieron ser hermanas mayores. Me resultan familiares también
sus remilgos, sus contradicciones, las tensiones de haber crecido y luego
formado una familia dentro de un molde tradicional, burgués, a veces demasiado
convencional, pero útil para sostener cierto confort desde el cual pudo ejercer
como docente y escritora.
Es extraño, pero por momentos sentía que algunos párrafos de
Bonnett podrían haber sido escritos por mi madre. Hay una afinidad en la sensibilidad,
sobre todo en los pasajes dedicados a la universidad. Y también en las quejas:
como esa advertencia, tomada de Natalia Ginzburg, de que las universidades
están repletas de charlatanes, embaucadores, vendedores de «ideas artificiosas»
—especialmente si son hombres.
Natalia Ginzburg, Siri Hustvedt, Oliver Sacks, Rosa Montero:
son nombres que atraviesan las páginas de La mujer incierta y que ayudaron
a forjar su tono confesional y reflexivo.
Una de las definiciones del arte citadas en el libro, tomada
de Deleuze, quizá sirva para explicar lo que me produjo su lectura: «una
percepción ampliada». A pesar de la brecha generacional que me separa de la
autora de Donde nadie me espere, no veo por qué este libro no habría de
interpelarnos de múltiples maneras a quienes somos más jóvenes. Creo que lo
esencial es eso: nos enseña —desde una mirada íntima, pero lúcida— a valorar
los fragmentos que componen una vida. Esos que, al final, nos acaban
definiendo.
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