jueves, 22 de mayo de 2025

Consecuencias del tecnocapitalismo

 

Los episodios de la séptima temporada de Black Mirror han recobrado la esencia con la que esta serie inició: mostrarnos los peligros de introducir la tecnología en nuestra vida cotidiana. No porque la tecnología sea mala en sí, sino porque está embebida con nuestros defectos, pasiones y fragilidades humanas.

Del repertorio de capítulos, tengo mis favoritos y otros que me aburrieron y ni siquiera terminé. Los mejores —al menos para mí— son aquellos donde la distopía se siente más cercana, más posible. Los que nos hacen pensar: “esto podría pasar en dos o tres años”. Los que inquietan no por lo fantástico, sino por lo familiar.

Es el caso —del que para mí es el mejor— de Common People, el capítulo que inaugura la temporada. Nos presenta una tecnología médica ficticia que permite extirpar tumores cerebrales y reemplazar parte del cerebro con un dispositivo conectado a la red. Suena esperanzador: una segunda oportunidad para personas condenadas. Pero la tecnología, como todo en el mundo actual, viene con condiciones. Requiere cobertura, actualizaciones, pagos mensuales. La pareja que lo compra empieza a desvivirse para pagar el servicio, que además comienza a quedarse obsoleto. La versión económica reduce la autonomía de la receptora, la hace dormir más, limita sus movimientos a una zona geográfica... y, en situaciones específicas, la obliga a pronunciar anuncios publicitarios.  Todo ello hace que la pareja viva un verdadero infierno y termine por resignarse a lo que, naturalmente, era inexorable: la muerte.

Igual de impactante me resultó Eulogy, con Paul Giamatti en el papel de un hombre que recibe una llamada inesperada: ha muerto una mujer a la que amó en su juventud, y le piden colaborar para almacenar sus recuerdos. Para eso existe una tecnología que permite “entrar” en fotografías, habitarlas como si uno estuviera allí. Solo pensar en esa posibilidad le pone a uno los pelos de punta y, creo yo, despierta un profundo deseo de que esa tecnología exista. Es un arma de doble filo, claro, pues no todas las fotografías capturan momentos felices. El viaje al pasado puede también producir sus propios monstruos.

Los demás episodios me parecieron irregulares, pero siguen apuntando en la misma dirección: mostrarnos las consecuencias del tecnocapitalismo en su forma más cotidiana. Black Mirror nunca ha sido realmente sobre el futuro, sino sobre lo que ya estamos viviendo. Sobre cómo nuestras emociones, nuestros vacíos y nuestras ansias de control terminan moldeando las herramientas que creamos, hasta que se vuelven indistinguibles de nuestras propias pesadillas.

martes, 13 de mayo de 2025

Sobre "El loco de Dios en el fin del mundo", de Javier Cercas

 

Comentar a estas alturas El loco de Dios en el fin del mundo, el nuevo libro de Javier Cercas, puede parecer un gesto oportunista. No ha pasado mucho desde la muerte de Jorge Bergoglio —el papa Francisco— y es probable que este suceso haya impulsado las ventas del libro y multiplicado las reseñas en las revistas dominicales. Pero Cercas ha logrado algo más que un pertinente retrato. Ha trazado una caracterización del hombre, Bergoglio, y del pontífice, Francisco, ahondando en su complejidad, sus contradicciones, su personalidad huidiza —como debe hacerlo todo buen libro que intente explicar a alguien, o a algo, en este caso al cristianismo, a través de su líder. El resultado es una obra estupenda, que acompaña con lucidez a los obituarios y las despedidas.

Lo cierto es que, sin proponérmelo, empecé a leer el libro poco antes de la muerte del papa y lo terminé durante las cinco horas que me tomó viajar de San Salvador a California. Sus páginas se devoran como si fueran parte de una novela policial: está construida con sus artificios, tiene suspenso, personajes rocambolescos, un enigma que se va revelando poco a poco —y uno debe llegar hasta el final para develarlo por completo. Está salpicada de humor, ironía y mucha inteligencia.

Quien esté familiarizado con la literatura de Cercas reconocerá en este libro resonancias de muchos de sus anteriores: Soldados de Salamina, El impostor, Anatomía de un instante, El monarca de las sombras. En todos ellos, como aquí, Cercas parte de una premisa: «la novela no es el género de las respuestas, sino el de las preguntas». A lo largo de quinientas páginas, explora la pregunta central del cristianismo —si existe o no la resurrección de la carne y la vida eterna—, aprovechando una oportunidad única que le fue concedida: escribir un libro sobre el papa.

Para buscar esa respuesta, el autor de La velocidad de la luz acompaña al papa Francisco en un viaje a Mongolia, un país que se convierte, a su manera, en personaje del libro. Allí descubre el tipo de Iglesia que Francisco predica: una Iglesia desde y para la periferia, donde los misioneros —los soldados de Bergoglio— tienen un papel medular. Entrevista a personas muy cercanas al pontífice, religiosos profundamente comprometidos con el mensaje del papa argentino, y se adentra en su pensamiento a través de conceptos que definen su papado: «sinodalidad», «discernimiento», «anticlericalismo», «periferia».

Una de las intrigas principales del libro es la propia entrevista que Cercas logra con Francisco. ¿Quién, si no él, tiene la autoridad para hablar de la vida eterna y de la resurrección de la carne? Cercas lo entrevista y le formula, al fin, la pregunta que atraviesa el libro. La respuesta no la comparte con el lector directamente, sino con su madre —y es en ese gesto donde se resuelve, de forma conmovedora, el enigma central.

(Pues, en realidad, este es un libro que Javier Cercas también escribió para su madre viuda. Un libro para llevarle la respuesta que le dio al papa a esa pregunta fundamental, si —una vez muerta— ella se encontraría con su difunto esposo).

Ateo como Cercas, esta lectura no me hizo ni más ni menos creyente. Pero me reconectó con episodios decisivos de mi vida: la conmoción de leer San Manuel Bueno, mártir de Unamuno, mi formación jesuita, los debates escolares sobre la Teología de la Liberación y la Teología del Pueblo, y aquellas jornadas universitarias donde discutíamos si el marxismo y el cristianismo eran opuestos o, por el contrario, complementarios.

Al final, Cercas nos recuerda que no se escribe para responder, sino para no estar solos frente a la pregunta. Porque, en el fondo, incluso los incrédulos tenemos alguien a quien nos gustaría volver a ver.