Los episodios de la séptima temporada de Black Mirror
han recobrado la esencia con la que esta serie inició: mostrarnos los peligros
de introducir la tecnología en nuestra vida cotidiana. No porque la tecnología
sea mala en sí, sino porque está embebida con nuestros defectos, pasiones y
fragilidades humanas.
Del repertorio de capítulos, tengo mis favoritos y otros que
me aburrieron y ni siquiera terminé. Los mejores —al menos para mí— son
aquellos donde la distopía se siente más cercana, más posible. Los que nos
hacen pensar: “esto podría pasar en dos o tres años”. Los que inquietan no por
lo fantástico, sino por lo familiar.
Es el caso —del que para mí es el mejor— de Common People,
el capítulo que inaugura la temporada. Nos presenta una tecnología médica
ficticia que permite extirpar tumores cerebrales y reemplazar parte del cerebro
con un dispositivo conectado a la red. Suena esperanzador: una segunda
oportunidad para personas condenadas. Pero la tecnología, como todo en el mundo
actual, viene con condiciones. Requiere cobertura, actualizaciones, pagos
mensuales. La pareja que lo compra empieza a desvivirse para pagar el servicio,
que además comienza a quedarse obsoleto. La versión económica reduce la
autonomía de la receptora, la hace dormir más, limita sus movimientos a una
zona geográfica... y, en situaciones específicas, la obliga a pronunciar
anuncios publicitarios. Todo ello hace
que la pareja viva un verdadero infierno y termine por resignarse a lo que,
naturalmente, era inexorable: la muerte.
Igual de impactante me resultó Eulogy, con Paul
Giamatti en el papel de un hombre que recibe una llamada inesperada: ha muerto
una mujer a la que amó en su juventud, y le piden colaborar para almacenar sus
recuerdos. Para eso existe una tecnología que permite “entrar” en fotografías,
habitarlas como si uno estuviera allí. Solo pensar en esa posibilidad le pone a
uno los pelos de punta y, creo yo, despierta un profundo deseo de que esa
tecnología exista. Es un arma de doble filo, claro, pues no todas las fotografías
capturan momentos felices. El viaje al pasado puede también producir sus
propios monstruos.
Los demás episodios me parecieron irregulares, pero siguen
apuntando en la misma dirección: mostrarnos las consecuencias del
tecnocapitalismo en su forma más cotidiana. Black Mirror nunca ha sido
realmente sobre el futuro, sino sobre lo que ya estamos viviendo. Sobre cómo
nuestras emociones, nuestros vacíos y nuestras ansias de control terminan
moldeando las herramientas que creamos, hasta que se vuelven indistinguibles de
nuestras propias pesadillas.
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