Comentar a estas alturas El loco de Dios en el fin del
mundo, el nuevo libro de Javier Cercas, puede parecer un gesto oportunista.
No ha pasado mucho desde la muerte de Jorge Bergoglio —el papa Francisco— y es
probable que este suceso haya impulsado las ventas del libro y multiplicado las
reseñas en las revistas dominicales. Pero Cercas ha logrado algo más que un
pertinente retrato. Ha trazado una caracterización del hombre, Bergoglio, y del
pontífice, Francisco, ahondando en su complejidad, sus contradicciones, su
personalidad huidiza —como debe hacerlo todo buen libro que intente explicar a
alguien, o a algo, en este caso al cristianismo, a través de su líder. El
resultado es una obra estupenda, que acompaña con lucidez a los obituarios y
las despedidas.
Lo cierto es que, sin proponérmelo, empecé a leer el libro
poco antes de la muerte del papa y lo terminé durante las cinco horas que me
tomó viajar de San Salvador a California. Sus páginas se devoran como si fueran
parte de una novela policial: está construida con sus artificios, tiene
suspenso, personajes rocambolescos, un enigma que se va revelando poco a poco
—y uno debe llegar hasta el final para develarlo por completo. Está salpicada
de humor, ironía y mucha inteligencia.
Quien esté familiarizado con la literatura de Cercas
reconocerá en este libro resonancias de muchos de sus anteriores: Soldados
de Salamina, El impostor, Anatomía de un instante, El
monarca de las sombras. En todos ellos, como aquí, Cercas parte de una
premisa: «la novela no es el género de las respuestas, sino el de las
preguntas». A lo largo de quinientas páginas, explora la pregunta central del
cristianismo —si existe o no la resurrección de la carne y la vida eterna—,
aprovechando una oportunidad única que le fue concedida: escribir un libro
sobre el papa.
Para buscar esa respuesta, el autor de La velocidad de la
luz acompaña al papa Francisco en un viaje a Mongolia, un país que se
convierte, a su manera, en personaje del libro. Allí descubre el tipo de
Iglesia que Francisco predica: una Iglesia desde y para la periferia, donde los
misioneros —los soldados de Bergoglio— tienen un papel medular. Entrevista a
personas muy cercanas al pontífice, religiosos profundamente comprometidos con
el mensaje del papa argentino, y se adentra en su pensamiento a través de conceptos
que definen su papado: «sinodalidad», «discernimiento», «anticlericalismo»,
«periferia».
Una de las intrigas principales del libro es la propia
entrevista que Cercas logra con Francisco. ¿Quién, si no él, tiene la autoridad
para hablar de la vida eterna y de la resurrección de la carne? Cercas lo
entrevista y le formula, al fin, la pregunta que atraviesa el libro. La
respuesta no la comparte con el lector directamente, sino con su madre —y es en
ese gesto donde se resuelve, de forma conmovedora, el enigma central.
(Pues, en realidad, este es un libro que Javier Cercas también
escribió para su madre viuda. Un libro para llevarle la respuesta que le dio al
papa a esa pregunta fundamental, si —una vez muerta— ella se encontraría con su
difunto esposo).
Ateo como Cercas, esta lectura no me hizo ni más ni menos
creyente. Pero me reconectó con episodios decisivos de mi vida: la conmoción de
leer San Manuel Bueno, mártir de Unamuno, mi formación jesuita, los
debates escolares sobre la Teología de la Liberación y la Teología del Pueblo,
y aquellas jornadas universitarias donde discutíamos si el marxismo y el
cristianismo eran opuestos o, por el contrario, complementarios.
Al final, Cercas nos recuerda que no se escribe para responder, sino para no estar solos frente a la pregunta. Porque, en el fondo, incluso los incrédulos tenemos alguien a quien nos gustaría volver a ver.
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