viernes, 10 de octubre de 2025

Colando agua

Siempre me ha llamado la atención que no existan tantas historias literarias o de no ficción que sucedan en la playa. Pese a nuestra diminuta costa, recorrida de extremo a extremo en apenas seis horas, el mar nos representa mejor que cualquier otra geografía.

Quizá la razón de esa ausencia literaria sea que nuestras playas han sido vistas como lugares apacibles, de puro esparcimiento, y no como escenarios de conflicto o transformación. Nuestros valles simbolizan el modelo agroexportador que nos definió en los siglos XIX y XX; nuestras montañas, las heridas abiertas de la guerra civil. La playa, en cambio, ha sido el dominio de la gastronomía y del descanso, el refugio veraniego de las élites y, más recientemente, de los especuladores de criptomonedas.

En Tres historias sublevantes, Julio Ramón Ribeyro describió al Perú a partir de sus tres regiones naturales: costa, sierra y selva. ¿Cuáles serían, entonces, las historias de nuestra costa? ¿Qué ocurre detrás de las casas de descanso, de los muelles repletos de mariscos, de las ventas ambulantes donde se ofrecen minutas, mangos en flor y collares de curil?

Entre los mayores aciertos de Colando agua, la última obra de La Cachada Teatro, está precisamente esa mirada hacia la costa salvadoreña, sostenida por una investigación documental y participativa que recoge los testimonios de mujeres pescadoras de distintas zonas del país. Fiel a su estilo —centrado en las vidas de mujeres comunes—, la puesta en escena sigue la existencia de cuatro trabajadoras que viven de la pesca. Ellas hacen lo que los hombres no quieren: preparan la mercadería, descaman, venden en los muelles. Todas, excepto una, que desafía la tradición y se embarca mar adentro para llevar sustento a su hogar.

En otras palabras, Colando agua ilumina la sede oculta de nuestras playas: el trabajo que sostiene la cadena que permite que los mariscos —ese orgullo de nuestra gastronomia— lleguen hasta nosotros.


La obra tiene un espíritu de denuncia, pero no carece de humor. Uno de sus momentos más memorables ocurre cuando las cuatro mujeres viajan en lancha rumbo al mangle, intercambiando confidencias, chistes y lamentos. También plantea una crítica severa a la contaminación marina y al modelo extractivo que, a fuerza de megaproyectos, devora nuestros ecosistemas.

Ojalá más artistas se asomen a esas costas para representar nuestro modo de vida, nuestras costumbres y contradicciones. Las necesitamos. La playa no es sólo un decorado de postales ni un paraíso publicitario para el turismo global: allí se libra, cada día, una batalla por sobrevivir. Allá, entre la espuma y el salitre, palpitan historias que nos definen, historias que aún no han sido contadas.

No compremos ese relato mágico de las “ciudades del surf”: frente a esas olas, la realidad no es tan fotografiable.


jueves, 9 de octubre de 2025

Nuevas mafias


Voy a hablar desde cierta ignorancia sobre las dos últimas series de mafias que he visto, pues no tengo como referencia a la más icónica de todas: Los Soprano. Me disculpo de antemano si de innovación tienen poco; también si frente a aquella —la madre de todas— no son más que caricaturas o emprendimientos menores.

El caso es que me he divertido como pocas veces siguiendo estas historias que traen al presente un género anclado en el pasado, con mafiosos que ahora delinquen entre drones, inteligencia artificial, criptoactivos y dark web. Me gustó que, aunque distintas entre sí, ambas series desafían la idea hollywoodense de las mafias como estructuras nostálgicas, aferradas a los viejos negocios: drogas, casinos, prostíbulos y extorsiones en efectivo. Algo de eso siempre hay, pero los grandes criminales de nuestro tiempo, sospecho, tal vez no hayan tocado nunca un billete.

Mobland, creada por Ronan Bennett y distribuida por Paramount+, gira en torno a Harry Da Souza (Tom Hardy), el fixer de la familia criminal Carrigan. El elenco es de lujo: Pierce Brosnan, Helen Mirren, Paddy Considine y Geoff Bell. Los dos primeros episodios están dirigidos por Guy Ritchie, y eso se nota: ritmo trepidante, ironía y violencia coreografiada. Harry es un hombre que debe salvar a los Carrigan de su propia decadencia. Intenta mediar con la familia rival Stevenson, mientras lidia con la estupidez de los suyos. Cada uno parece competir por quién toma la peor decisión. A Harry lo define la eficacia: nunca falla. Entre descuartizamientos transmitidos en streaming —mafias modernas, como dije—, siempre tiene un as bajo la manga. Es también un hombre en permanente conflicto con su casa: su esposa le reprocha la distancia, su hija quiere un padre presente. Como toda buena saga criminal, la serie oscila entre las disputas shakesperianas por el poder y la travesía del lobo solitario —a lo John Wick— que sobrevive a lo inverosímil. A veces, basta una llamada: signo de los tiempos, en los que todo depende de tener el teléfono encendido.

Creada por Taylor Sheridan —uno de los artífices del éxito reciente de varias series en Paramount+—, Tulsa King presenta a Dwight Manfredi (Sylvester Stallone, en su primer papel televisivo) saliendo de prisión tras veinticinco años. Debe reinventarse en un mundo que ya no es el suyo. Lo envían a Oklahoma, donde tiene que fundar un nuevo imperio criminal. Se asocia con personajes de toda calaña: algunos con pasado delictivo, otros apenas cómplices por azar. El “General”, como lo llaman, descubre las nuevas rutas del crimen: criptoinversiones, negocios verdes, vacíos legales en torno al consumo de drogas. Aprovecha los huecos del sistema con el instinto de un animal viejo que reconoce los atajos.

Son dos series distintas, pero hermanadas por un mismo mérito: reinventan el crimen con las herramientas del presente. No es un territorio que el cine haya explorado demasiado. Las películas bélicas siguen encumbrando las batallas campales, olvidando que hoy un dron es más letal que un francotirador. Con las mafias sucede algo parecido: tal vez haya que mirar hacia los desfalcos financieros, las especulaciones bursátiles, los patrimonios inflados por criptomonedas, las nuevas formas de fraude digital o las trampas de la inteligencia artificial. Las mafias no son las mismas porque el crimen ha mutado de piel. Ya no circula por las calles, sino por la nube.