Siempre me ha llamado la atención que no existan tantas
historias literarias o de no ficción que sucedan en la playa. Pese a nuestra
diminuta costa, recorrida de extremo a extremo en apenas seis horas, el mar nos
representa mejor que cualquier otra geografía.
Quizá la razón de esa ausencia literaria sea que nuestras
playas han sido vistas como lugares apacibles, de puro esparcimiento, y no como
escenarios de conflicto o transformación. Nuestros valles simbolizan el modelo
agroexportador que nos definió en los siglos XIX y XX; nuestras montañas, las
heridas abiertas de la guerra civil. La playa, en cambio, ha sido el dominio de
la gastronomía y del descanso, el refugio veraniego de las élites y, más
recientemente, de los especuladores de criptomonedas.
En Tres historias sublevantes, Julio Ramón Ribeyro
describió al Perú a partir de sus tres regiones naturales: costa, sierra y
selva. ¿Cuáles serían, entonces, las historias de nuestra costa? ¿Qué ocurre
detrás de las casas de descanso, de los muelles repletos de mariscos, de las
ventas ambulantes donde se ofrecen minutas, mangos en flor y collares de curil?
Entre los mayores aciertos de Colando agua, la última
obra de La Cachada Teatro, está precisamente esa mirada hacia la costa
salvadoreña, sostenida por una investigación documental y participativa que
recoge los testimonios de mujeres pescadoras de distintas zonas del país. Fiel
a su estilo —centrado en las vidas de mujeres comunes—, la puesta en escena
sigue la existencia de cuatro trabajadoras que viven de la pesca. Ellas hacen
lo que los hombres no quieren: preparan la mercadería, descaman, venden en los
muelles. Todas, excepto una, que desafía la tradición y se embarca mar adentro
para llevar sustento a su hogar.
En otras palabras, Colando agua ilumina la sede oculta
de nuestras playas: el trabajo que sostiene la cadena que permite que los
mariscos —ese orgullo de nuestra gastronomia— lleguen hasta nosotros.
La obra tiene un espíritu de denuncia, pero no carece de humor. Uno de sus
momentos más memorables ocurre cuando las cuatro mujeres viajan en lancha rumbo
al mangle, intercambiando confidencias, chistes y lamentos. También plantea una
crítica severa a la contaminación marina y al modelo extractivo que, a fuerza
de megaproyectos, devora nuestros ecosistemas.
Ojalá más artistas se asomen a esas costas para representar
nuestro modo de vida, nuestras costumbres y contradicciones. Las necesitamos.
La playa no es sólo un decorado de postales ni un paraíso publicitario para el
turismo global: allí se libra, cada día, una batalla por sobrevivir. Allá,
entre la espuma y el salitre, palpitan historias que nos definen, historias que
aún no han sido contadas.
No compremos ese relato mágico de las “ciudades del surf”:
frente a esas olas, la realidad no es tan fotografiable.
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