Voy a hablar desde cierta ignorancia sobre las dos últimas
series de mafias que he visto, pues no tengo como referencia a la más icónica
de todas: Los Soprano. Me disculpo de antemano si de innovación tienen
poco; también si frente a aquella —la madre de todas— no son más que
caricaturas o emprendimientos menores.
El caso es que me he divertido como pocas veces siguiendo
estas historias que traen al presente un género anclado en el pasado, con
mafiosos que ahora delinquen entre drones, inteligencia artificial,
criptoactivos y dark web. Me gustó que, aunque distintas entre sí, ambas
series desafían la idea hollywoodense de las mafias como estructuras
nostálgicas, aferradas a los viejos negocios: drogas, casinos, prostíbulos y
extorsiones en efectivo. Algo de eso siempre hay, pero los grandes criminales
de nuestro tiempo, sospecho, tal vez no hayan tocado nunca un billete.
Mobland, creada por Ronan Bennett y
distribuida por Paramount+, gira en torno a Harry Da Souza (Tom Hardy), el fixer
de la familia criminal Carrigan. El elenco es de lujo: Pierce Brosnan, Helen
Mirren, Paddy Considine y Geoff Bell. Los dos primeros episodios están
dirigidos por Guy Ritchie, y eso se nota: ritmo trepidante, ironía y violencia
coreografiada. Harry es un hombre que debe salvar a los Carrigan de su propia
decadencia. Intenta mediar con la familia rival Stevenson, mientras lidia con
la estupidez de los suyos. Cada uno parece competir por quién toma la peor
decisión. A Harry lo define la eficacia: nunca falla. Entre descuartizamientos
transmitidos en streaming —mafias modernas, como dije—, siempre tiene un
as bajo la manga. Es también un hombre en permanente conflicto con su casa: su
esposa le reprocha la distancia, su hija quiere un padre presente. Como toda
buena saga criminal, la serie oscila entre las disputas shakesperianas por el
poder y la travesía del lobo solitario —a lo John Wick— que sobrevive a
lo inverosímil. A veces, basta una llamada: signo de los tiempos, en los que
todo depende de tener el teléfono encendido.
Creada por Taylor Sheridan —uno de los artífices del éxito
reciente de varias series en Paramount+—, Tulsa King presenta a Dwight
Manfredi (Sylvester Stallone, en su primer papel televisivo) saliendo de
prisión tras veinticinco años. Debe reinventarse en un mundo que ya no es el
suyo. Lo envían a Oklahoma, donde tiene que fundar un nuevo imperio criminal.
Se asocia con personajes de toda calaña: algunos con pasado delictivo, otros
apenas cómplices por azar. El “General”, como lo llaman, descubre las nuevas rutas
del crimen: criptoinversiones, negocios verdes, vacíos legales en torno al
consumo de drogas. Aprovecha los huecos del sistema con el instinto de un
animal viejo que reconoce los atajos.
Son dos series distintas, pero hermanadas por un mismo mérito:
reinventan el crimen con las herramientas del presente. No es un territorio que
el cine haya explorado demasiado. Las películas bélicas siguen encumbrando las
batallas campales, olvidando que hoy un dron es más letal que un francotirador.
Con las mafias sucede algo parecido: tal vez haya que mirar hacia los desfalcos
financieros, las especulaciones bursátiles, los patrimonios inflados por
criptomonedas, las nuevas formas de fraude digital o las trampas de la
inteligencia artificial. Las mafias no son las mismas porque el crimen ha
mutado de piel. Ya no circula por las calles, sino por la nube.
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