jueves, 9 de octubre de 2025

Nuevas mafias


Voy a hablar desde cierta ignorancia sobre las dos últimas series de mafias que he visto, pues no tengo como referencia a la más icónica de todas: Los Soprano. Me disculpo de antemano si de innovación tienen poco; también si frente a aquella —la madre de todas— no son más que caricaturas o emprendimientos menores.

El caso es que me he divertido como pocas veces siguiendo estas historias que traen al presente un género anclado en el pasado, con mafiosos que ahora delinquen entre drones, inteligencia artificial, criptoactivos y dark web. Me gustó que, aunque distintas entre sí, ambas series desafían la idea hollywoodense de las mafias como estructuras nostálgicas, aferradas a los viejos negocios: drogas, casinos, prostíbulos y extorsiones en efectivo. Algo de eso siempre hay, pero los grandes criminales de nuestro tiempo, sospecho, tal vez no hayan tocado nunca un billete.

Mobland, creada por Ronan Bennett y distribuida por Paramount+, gira en torno a Harry Da Souza (Tom Hardy), el fixer de la familia criminal Carrigan. El elenco es de lujo: Pierce Brosnan, Helen Mirren, Paddy Considine y Geoff Bell. Los dos primeros episodios están dirigidos por Guy Ritchie, y eso se nota: ritmo trepidante, ironía y violencia coreografiada. Harry es un hombre que debe salvar a los Carrigan de su propia decadencia. Intenta mediar con la familia rival Stevenson, mientras lidia con la estupidez de los suyos. Cada uno parece competir por quién toma la peor decisión. A Harry lo define la eficacia: nunca falla. Entre descuartizamientos transmitidos en streaming —mafias modernas, como dije—, siempre tiene un as bajo la manga. Es también un hombre en permanente conflicto con su casa: su esposa le reprocha la distancia, su hija quiere un padre presente. Como toda buena saga criminal, la serie oscila entre las disputas shakesperianas por el poder y la travesía del lobo solitario —a lo John Wick— que sobrevive a lo inverosímil. A veces, basta una llamada: signo de los tiempos, en los que todo depende de tener el teléfono encendido.

Creada por Taylor Sheridan —uno de los artífices del éxito reciente de varias series en Paramount+—, Tulsa King presenta a Dwight Manfredi (Sylvester Stallone, en su primer papel televisivo) saliendo de prisión tras veinticinco años. Debe reinventarse en un mundo que ya no es el suyo. Lo envían a Oklahoma, donde tiene que fundar un nuevo imperio criminal. Se asocia con personajes de toda calaña: algunos con pasado delictivo, otros apenas cómplices por azar. El “General”, como lo llaman, descubre las nuevas rutas del crimen: criptoinversiones, negocios verdes, vacíos legales en torno al consumo de drogas. Aprovecha los huecos del sistema con el instinto de un animal viejo que reconoce los atajos.

Son dos series distintas, pero hermanadas por un mismo mérito: reinventan el crimen con las herramientas del presente. No es un territorio que el cine haya explorado demasiado. Las películas bélicas siguen encumbrando las batallas campales, olvidando que hoy un dron es más letal que un francotirador. Con las mafias sucede algo parecido: tal vez haya que mirar hacia los desfalcos financieros, las especulaciones bursátiles, los patrimonios inflados por criptomonedas, las nuevas formas de fraude digital o las trampas de la inteligencia artificial. Las mafias no son las mismas porque el crimen ha mutado de piel. Ya no circula por las calles, sino por la nube.

 

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