Puede parecernos
mentira, pero desde hace varios años se viene proclamando de que vivimos en una
época dominada por las imágenes. En un ensayo de 1955, tituladoLa era de las
imágenes, Alejo Carpentier ya anunciaba el advenimiento de una avalancha
icónica: «El hombre [en el siglo XVIII] recibía informaciones, noticias de
interés general, avisos, advertencias, disposiciones legales, a través de la
letra impresa. Se leía mucho y se miraba poco. Hoy “se mira” más que se lee.
(…) Cuando los automóviles corrían a velocidades no mayores de cuarenta
kilómetros, las carreteras estaban cubiertas de letreros, señalando la
proximidad de una curva, la cercanía de una escuela, un paso a nivel, una vía
de ferrocarril, etc. Hoy, esos letreros, cuya lectura se haría difícil a causa
de la rapidez alcanzada por los vehículos, han sido sustituidos por signos
convencionales… ¿Y qué decir de las siglas, multiplicadas hasta el infinito,
que nos hacen olvidar, a menudo, las palabras cuyas iniciales fueron reunidas
en series que muchas veces resultan casi impronunciables? Acaso hemos entrado
en lo que podría llamarse “la civilización de la imagen” – hecho este que, por
su indudable novedad, podría servir de un buen tema para un ensayo
sociológico».
Un gran ensayo
sociológico es el que ha escrito el fotógrafo Joan Fontcuberta —ganador en 2013
del Premio Hasselblad, el Nobel de la fotografía—, regresando al mismo tema con
una recopilación de artículos, conferencias y ensayos bajo el título de La
furia de las imágenes
(Galaxia Gutemberg, 2016). La tesis central del libro
es que, con la implantación de la tecnología digital, internet, la telefonía
móvil y las redes sociales, no solo ha cambiado los aspectos técnicos de la
imagen, es decir, el cómo las confeccionamos, sino también su ontología. Ya no
es la realidad la que tiene impactos sobre la imagen, sino la imagen la que se
convierte en un elemento medular del mundo.
Aunque así lo parece,
Fontcuberta no es un apocalíptico: en contra de los que piensan que las
tecnologías mutilan la creación artística, él cree que hay más posibilidades de
innovación con las nuevas plataformas disponibles. Así lo demuestran sus
trabajos, como en la serie Deconstructing Osama (2007), en la que, a través de la manipulación digital, se disfraza de
terrorista islámico introduciéndose en imágenes y videos de la cadena Al
Yazira, o, más recientemente, en su exposición Through
the looking glass (2010), donde, a partir de
una gigantesca recolección de reflectogramas (autorretratos tomados frente a
espejos), reflexiona sobre la vanidad y el ego en la sociedad
contemporánea.
Sin embargo,
Fontcuberta advierte que los avances técnicos han desvanecido las «funciones
germinales» que, desde el daguerrotipo a la fotografía, habían estado ligadas a
la imagen. La «condición postfotográfica», una suerte de trascendencia o de
superación o de un «ir más allá» de la fotografía convencional, captura estos
cambios profundos que están sucediendo en los valores funcionales y sociales de
la imagen y que, por añadidura, están transformando nuestras vidas. Si la
fotografía estuvo ligada a la verdad y a la memoria, hoy la postfotografía lo
está a la desacreditación de la cámara (con el Photoshop) y a la instantaneidad. Ya no nos interesa tanto conservar una
fotografía como compartirla, al igual que tampoco nos interesa tanto su
contenido como su circulación.
En la evolución que ha
sufrido la imagen en la era digital, el selfie es
el síntoma predominante de la condición postfotográfica. El giro de la
fotografía a la postfotografía puede inaugurarse cuando se masificó la
producción de autorretratos con la implantación de cámaras delanteras en los
teléfonos móviles. Desde entonces, la fotografía ha ido perdiendo la función de
documento testimonial y se ha ido transformando en un medio por el cual las
personas se inscriben autobiográficamente en la realidad, en una «tecnología
del yo» (síntoma por lo demás característico de esta sociedad
hiperindividualizada), en una cadena de yo-yo-yo infinita. En opinión de
Fontcuberta, el selfie ha implicado una ruptura en nuestra concepción de la imagen: ya no
queremos tanto mostrar el mundo como señalar nuestro estar en el mundo, ya no
queremos expresar «esto sucedió», sino «yo estuve allí».
Hoy en día ninguna
imagen nos es ajena: ni los emoticonos, ni las imágenes que compartimos en
Whatsapp, ni las que circulan por las redes sociales. La imagen se ha
convertido en el «espacio social de lo humano». Fontcuberta nos recuerda que en
1997 se envió la primera fotografía de un celular a otro y tan solo diez años
después disparamos y compartimos millones de imágenes diariamente. Según un
reportaje publicado en el periódico británico The Daily Telegraph, entre 2014 y 2016 se registraron 127 muertes a causa del intento de
tomar un selfie. Ante la abundancia de imágenes,
el artista ya no tiene que preocuparse por producir contenido, sino por
apropiárselo creativamente («ya no se trata de producir obras, sino de
prescribir sentidos»). Un niño de siete años con un smartphone puede
producir tantas imágenes de un paisaje como un fotógrafo de la National
Geographic. Para Fontcuberta, estos hechos son el indicio de la
aparición del homo photographicus.
En tiempos en que la
imagen sirve como mecanismo de comunicación y control de masas, sobre todo lo
último a través de millones de cámaras de videovigilancia y enormes bases de
datos que almacenan información visual, las reflexiones de Fontcuberta nos
dejan fecundas interrogantes para que empecemos a meditar sobre nuevas técnicas
de gestión, difusión y control de las imágenes, antes de que sea demasiado
tarde y éstas tomen el control absoluto de nuestras vidas.
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