Escrito para semana santa, 2019
Lo
cierto es que, cuando se cruza una frontera, uno espera presenciar una
atmósfera distinta, como si se entrara a un mundo nuevo; sin embargo, cruzar la
frontera entre El Salvador y Guatemala es como prolongar el mismo paisaje, pero
con otros símbolos.
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Con
16 millones de habitantes, Guatemala es el país más poblado de Centroamérica;
también es el más desigual. Más de la mitad de su población es indígena de
origen maya, pertenecientes a más de 22 etnias diferentes, aunque el resto—los
llamados ladinos— dominan política, económica y socialmente la vida del país.
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En
una colina que se encuentra al costado de la carretera a El Salvador, se erige
un domo que parece un estadio mundialista, como los que están construyéndose en
Qatar. Pero esa construcción hipermoderna, que se asemeja a una nave espacial,
no es un estadio: es la Casa de Dios, la iglesia del pastor Cash Luna. Recordé
la definición que da de la iglesia Andrés Neuman en sus Barbarismos: «entidad financiera de muy menguado crédito».
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Leo
en un reportaje de Rachel Nolan para El
Faro que Guatemala es el país de América Latina que tiene más creyentes
evangélicos per cápita. Esto es un sinónimo de mayor rentabilidad para la Casa
de Dios y su doctrina de la prosperidad.
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Entramos
a Ciudad de Guatemala. El termómetro del bus en el que vamos marca la temperatura:
24 grados. Empiezo a sentirme lejos de San Salvador.
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El
recién fallecido Edelberto Torres Rivas decía que Guatemala es un edificio de
cinco niveles. Nosotros solo conocimos uno: el pent-house.
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Estancia:
Hostal Boutique, Zona 10.
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Caminamos
en círculos antes de llegar a un centro comercial. Las calles están desiertas.
Todo parece detenido, menos las construcciones de edificios. Montones de
albañiles se acuestan en las aceras para tomar su descanso del mediodía. En
cierto modo, ellos, tantos, son la representación —esa que vio Andrés Felipe
Solano en su crónica Seis meses viviendo
con el salario mínimo—de que el trabajo es el único capital no sujeto a
quiebras.
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Entramos
a Oakland, un centro comercial que dobla en tamaño a Multiplaza. Buscamos un
lugar con televisor para almorzar. La razón: juega el F.C Barcelona contra el
Manchester United por los cuartos de final de la Champions League. Nos sirven
una jarra de Gallo casi al mismo
tiempo en que Messi anota el primer gol después de una jugada sublime. Se
cumple lo que sostiene Valdano: «El fútbol es un estado de ánimo».
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Oakland Mall: palacio del shopping.
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Cayalá,
en cakchiquel, significa «paraíso». Acertado nombre para esta construcción de
gran envergadura que aglutina comercios, residencias, hoteles, un palacio, una
iglesia e incluso un cine. El lujo de esta ciudad futura es tutelado por una
estatua gigante que luce como Zeus (¿qué otro dios, si no él, pudo haber sido?).
Cayalá es la culminación de la sociedad de consumo: la combinación entre el
dinamismo comercial y el sentido de la estética. La gente voltea a ver al
cielo, quizá para ver las estrellas o para cerciorarse de que el cielo que miran
no es un artificio.
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Llegamos
a la habitación, exhaustos. A., M., y F. siguen conversando frente a la piscina
del hostal. Abro en mi Kindle Conviene
tener un sitio adonde ir (Anagrama, 2017), de Emmanuel Carrère, el libro
que me traje para leer durante estos cuatro días que pasaremos en Guatemala. En
un pasaje de las magistrales “Tres crónicas de sucesos”, leo lo siguiente: «…si
hay algo peor que el asesinato de un hijo es sin duda tener un hijo asesino». Y
se vuelve casi imposible eludir el hecho de que casi siempre el asesinato de un
hijo es producto de un hijo asesino, salvo cuando es un asesinato múltiple. En
Guatemala, en El Salvador, en Honduras, estamos acostumbrados a que la
proporción siempre sea más hijos asesinados que hijos asesinos. Somos países de
víctimas, no de verdugos.
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Si la
hubiéramos visto en fotografías, creeríamos que la Plaza Fontabella, en zona
10, está ubicada en Barcelona o en otra gran ciudad mediterránea. En esta
placita está ubicada Sophos, una
librería de (y para) las élites que tiene en sus libreros desde clásicos de la
economía política hasta lo último publicado por Alfaguara. En Sophos hay salas de lectura y mesitas.
Varias personas leen mientras toman su café, todo muy pop. Me fijo sobre todo
en la sección dedicada a la literatura local, donde uno puede encontrar ensayos
antropológicos, poesía y teatro. También están los grandes nombres: Rodrigo Rey
Rosa, Asturias, Humberto Ak'abal.
Me llevo un pequeño poema de Ak’abal, de su libro Kamoyoyik: «Los árboles/ se agarran con fuerza/ a la tierra, / y
cuando tiembla/ sus ramas se cuelgan del cielo/».
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Fue
hasta que visitamos el zoológico “La aurora” cuando vimos a las primeras
personas vestidas con trajes tradicionales, primer indicio de que estábamos en
Guatemala y no en una réplica de alguna capital europea. (O, en otros términos,
que habíamos descendido levemente del pent-house para entrar a los pisos
intermedios de este edificio llamado Guatemala). El zoo “La aurora” se
convirtió en una expresión concentrada de la ciudad, con sus vicios y sus
virtudes. Reinaba el mal olor por doquier (algo normal en cualquier vitrina de
animales), aunque “La aurora” es un zoológico donde no hay basura. Como en la
ciudad, la segregación social era notable: muros invisibles parecían separar a
los visitantes, cada quién como andando en su propia burbuja idiosincrática. Me
conmovió ver a una pareja de extranjeros que observaban atentamente a unos
hipopótamos que se refocilaban en el agua y a unos monitos capuchinos que
parecían librar una guerra civil al interior de su jaula. Me acordé de aquella
anécdota cruel, según la cual un hombre entra a un zoológico y acercándose a un
cartel que decía «el animal más peligroso de la tierra», descubrió que se
hallaba frente a un espejo.
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No
deja de ser una infeliz coincidencia que, en el sitio donde se cosifica a los
animales («el zoológico moderno es el epitafio de la relación entre el ser
humano y los animales» dice John Berger), también se cosifiquen las inequidades
de la ciudad. La gente camina en grupo, pero parece que los separa un muro
invisible.
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El
viaje a la Antigua Guatemala fue el más político de todos. Clodulfo, nuestro
conductor de Uber, nos hizo una advertencia oportuna: “Jimmy Morales también
ganó con una agenda anticorrupción, como Bukele, y terminó saqueando al país».
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Clodulfo
nos dice: “Yo veo a un patojo salvadoreño jugar al fútbol y veo talento, ganas.
El salvadoreño tiene más talento que el de acá. Y en Guate, el patojo
talentoso, no se le llama, porque primero ven al rico, al que tiene dinero”.
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“Ciudad
de coloridas ruinas” es la primera definición que se me ocurre para la Antigua
Guatemala. Entre tanto color, Antigua se convierte, sobre todo, en una ciudad
morada; morada de túnicas, de rosarios, de tejidos, de ventas ambulantes. En
Semana Santa, en Antigua, los restos del pasado colonial tienen color, pero
también olor: huelen a incienso.
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En
las calles empedradas se expanden increíbles alfombras con increíbles figuras. Sobre
las alfombras marchan, después, un centenar de hombres que llevan sobre sus
hombros al cristo crucificado. Un solo hombre no puede con el peso del hijo de
Dios. Menos una mujer: por eso no hay mujeres. ¿Cómo podrían ellas, tan
frágiles? Dice Mary Daly: “Si Dios es varón, el varón es Dios”. También en las
procesiones de Antigua.
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Visitamos
la Iglesia de San Francisco. A este monumento de la inexorabilidad del tiempo,
lo rodean diferentes comercios: ventas de ceviche, de refrescos —las gaseosas o
sodas, en San Salvador—, de dulces típicos, de molletes y de enchiladas
guatemaltecas. Me llevo una enchilada mixta por diez quetzales, con mucha salsa
picante.
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Vemos
desde afuera la tumba de Pedro de San José Betancur, conocido como el hermano
Pedro, el santo del lugar. En la tumba se congregan diferentes personas para
elevar sus plegarias y que sean escuchadas. Una mujer está arrodillada —o mejor
dicho: contorsionada— con las palmas juntas y los ojos cerrados, con un gesto
no sé si de súplica o dolor. A la par de la tumba, en unos afiches se recuerdan
a otros hombres que llevaron túnica, menos santos quizá, religiosos que
desaparecieron o murieron por enfrentarse a la dictadura militar de Guatemala.
A los Otto Pérez, a los Ríos Montt.
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Entramos
a las ruinas que dejaron los devastadores terremotos de Santa Marta. Para verlas,
se paga 8 quetzales. Un rótulo advierte a las parejas que están prohibidos los
actos íntimos en el lugar. Me pregunto qué es lo que nos hace a los humanos tan
propensos a adorar lo destruido, a insistir con los despojos del pasado; como
los españoles con su pueblo viejo de Belchite y tantos pueblos con tantos
lugares más. ¿La épica? ¿los héroes anónimos? ¿el patriotismo?
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Antigua
puede ser una ciudad de ruinas, colores y olores, pero sobre todo es una ciudad
para consumidores. Una Cayalá folclórica, artesanal.
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En el
Parque Central de Antigua, repleto de vendedores, hay una organización del
comercio como en espiral, donde en el centro están las ventas ladinas, y en los
alrededores, semiocultas, las ventas tradicionales indígenas, con sus canastos
de mimbre. Un mini apartheid
comercial.