miércoles, 26 de junio de 2019

Cuaderno de Viajes - Guatemala


Escrito para semana santa, 2019

Lo cierto es que, cuando se cruza una frontera, uno espera presenciar una atmósfera distinta, como si se entrara a un mundo nuevo; sin embargo, cruzar la frontera entre El Salvador y Guatemala es como prolongar el mismo paisaje, pero con otros símbolos.
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Con 16 millones de habitantes, Guatemala es el país más poblado de Centroamérica; también es el más desigual. Más de la mitad de su población es indígena de origen maya, pertenecientes a más de 22 etnias diferentes, aunque el resto—los llamados ladinos— dominan política, económica y socialmente la vida del país.
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En una colina que se encuentra al costado de la carretera a El Salvador, se erige un domo que parece un estadio mundialista, como los que están construyéndose en Qatar. Pero esa construcción hipermoderna, que se asemeja a una nave espacial, no es un estadio: es la Casa de Dios, la iglesia del pastor Cash Luna. Recordé la definición que da de la iglesia Andrés Neuman en sus Barbarismos: «entidad financiera de muy menguado crédito».
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Leo en un reportaje de Rachel Nolan para El Faro que Guatemala es el país de América Latina que tiene más creyentes evangélicos per cápita. Esto es un sinónimo de mayor rentabilidad para la Casa de Dios y su doctrina de la prosperidad.
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Entramos a Ciudad de Guatemala. El termómetro del bus en el que vamos marca la temperatura: 24 grados. Empiezo a sentirme lejos de San Salvador.

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El recién fallecido Edelberto Torres Rivas decía que Guatemala es un edificio de cinco niveles. Nosotros solo conocimos uno: el pent-house.
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Estancia: Hostal Boutique, Zona 10.
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Caminamos en círculos antes de llegar a un centro comercial. Las calles están desiertas. Todo parece detenido, menos las construcciones de edificios. Montones de albañiles se acuestan en las aceras para tomar su descanso del mediodía. En cierto modo, ellos, tantos, son la representación —esa que vio Andrés Felipe Solano en su crónica Seis meses viviendo con el salario mínimo—de que el trabajo es el único capital no sujeto a quiebras.
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Entramos a Oakland, un centro comercial que dobla en tamaño a Multiplaza. Buscamos un lugar con televisor para almorzar. La razón: juega el F.C Barcelona contra el Manchester United por los cuartos de final de la Champions League. Nos sirven una jarra de Gallo casi al mismo tiempo en que Messi anota el primer gol después de una jugada sublime. Se cumple lo que sostiene Valdano: «El fútbol es un estado de ánimo».
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Oakland Mall: palacio del shopping.
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Cayalá, en cakchiquel, significa «paraíso». Acertado nombre para esta construcción de gran envergadura que aglutina comercios, residencias, hoteles, un palacio, una iglesia e incluso un cine. El lujo de esta ciudad futura es tutelado por una estatua gigante que luce como Zeus (¿qué otro dios, si no él, pudo haber sido?). Cayalá es la culminación de la sociedad de consumo: la combinación entre el dinamismo comercial y el sentido de la estética. La gente voltea a ver al cielo, quizá para ver las estrellas o para cerciorarse de que el cielo que miran no es un artificio.
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Llegamos a la habitación, exhaustos. A., M., y F. siguen conversando frente a la piscina del hostal. Abro en mi Kindle Conviene tener un sitio adonde ir (Anagrama, 2017), de Emmanuel Carrère, el libro que me traje para leer durante estos cuatro días que pasaremos en Guatemala. En un pasaje de las magistrales “Tres crónicas de sucesos”, leo lo siguiente: «…si hay algo peor que el asesinato de un hijo es sin duda tener un hijo asesino». Y se vuelve casi imposible eludir el hecho de que casi siempre el asesinato de un hijo es producto de un hijo asesino, salvo cuando es un asesinato múltiple. En Guatemala, en El Salvador, en Honduras, estamos acostumbrados a que la proporción siempre sea más hijos asesinados que hijos asesinos. Somos países de víctimas, no de verdugos.
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Si la hubiéramos visto en fotografías, creeríamos que la Plaza Fontabella, en zona 10, está ubicada en Barcelona o en otra gran ciudad mediterránea. En esta placita está ubicada Sophos, una librería de (y para) las élites que tiene en sus libreros desde clásicos de la economía política hasta lo último publicado por Alfaguara. En Sophos hay salas de lectura y mesitas. Varias personas leen mientras toman su café, todo muy pop. Me fijo sobre todo en la sección dedicada a la literatura local, donde uno puede encontrar ensayos antropológicos, poesía y teatro. También están los grandes nombres: Rodrigo Rey Rosa, Asturias, Humberto Ak'abal. Me llevo un pequeño poema de Ak’abal, de su libro Kamoyoyik: «Los árboles/ se agarran con fuerza/ a la tierra, / y cuando tiembla/ sus ramas se cuelgan del cielo/».  
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Fue hasta que visitamos el zoológico “La aurora” cuando vimos a las primeras personas vestidas con trajes tradicionales, primer indicio de que estábamos en Guatemala y no en una réplica de alguna capital europea. (O, en otros términos, que habíamos descendido levemente del pent-house para entrar a los pisos intermedios de este edificio llamado Guatemala). El zoo “La aurora” se convirtió en una expresión concentrada de la ciudad, con sus vicios y sus virtudes. Reinaba el mal olor por doquier (algo normal en cualquier vitrina de animales), aunque “La aurora” es un zoológico donde no hay basura. Como en la ciudad, la segregación social era notable: muros invisibles parecían separar a los visitantes, cada quién como andando en su propia burbuja idiosincrática. Me conmovió ver a una pareja de extranjeros que observaban atentamente a unos hipopótamos que se refocilaban en el agua y a unos monitos capuchinos que parecían librar una guerra civil al interior de su jaula. Me acordé de aquella anécdota cruel, según la cual un hombre entra a un zoológico y acercándose a un cartel que decía «el animal más peligroso de la tierra», descubrió que se hallaba frente a un espejo.
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No deja de ser una infeliz coincidencia que, en el sitio donde se cosifica a los animales («el zoológico moderno es el epitafio de la relación entre el ser humano y los animales» dice John Berger), también se cosifiquen las inequidades de la ciudad. La gente camina en grupo, pero parece que los separa un muro invisible.
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El viaje a la Antigua Guatemala fue el más político de todos. Clodulfo, nuestro conductor de Uber, nos hizo una advertencia oportuna: “Jimmy Morales también ganó con una agenda anticorrupción, como Bukele, y terminó saqueando al país».
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Clodulfo nos dice: “Yo veo a un patojo salvadoreño jugar al fútbol y veo talento, ganas. El salvadoreño tiene más talento que el de acá. Y en Guate, el patojo talentoso, no se le llama, porque primero ven al rico, al que tiene dinero”.
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“Ciudad de coloridas ruinas” es la primera definición que se me ocurre para la Antigua Guatemala. Entre tanto color, Antigua se convierte, sobre todo, en una ciudad morada; morada de túnicas, de rosarios, de tejidos, de ventas ambulantes. En Semana Santa, en Antigua, los restos del pasado colonial tienen color, pero también olor: huelen a incienso.
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En las calles empedradas se expanden increíbles alfombras con increíbles figuras. Sobre las alfombras marchan, después, un centenar de hombres que llevan sobre sus hombros al cristo crucificado. Un solo hombre no puede con el peso del hijo de Dios. Menos una mujer: por eso no hay mujeres. ¿Cómo podrían ellas, tan frágiles? Dice Mary Daly: “Si Dios es varón, el varón es Dios”. También en las procesiones de Antigua.
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Visitamos la Iglesia de San Francisco. A este monumento de la inexorabilidad del tiempo, lo rodean diferentes comercios: ventas de ceviche, de refrescos —las gaseosas o sodas, en San Salvador—, de dulces típicos, de molletes y de enchiladas guatemaltecas. Me llevo una enchilada mixta por diez quetzales, con mucha salsa picante.
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Vemos desde afuera la tumba de Pedro de San José Betancur, conocido como el hermano Pedro, el santo del lugar. En la tumba se congregan diferentes personas para elevar sus plegarias y que sean escuchadas. Una mujer está arrodillada —o mejor dicho: contorsionada— con las palmas juntas y los ojos cerrados, con un gesto no sé si de súplica o dolor. A la par de la tumba, en unos afiches se recuerdan a otros hombres que llevaron túnica, menos santos quizá, religiosos que desaparecieron o murieron por enfrentarse a la dictadura militar de Guatemala. A los Otto Pérez, a los Ríos Montt.  
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Entramos a las ruinas que dejaron los devastadores terremotos de Santa Marta. Para verlas, se paga 8 quetzales. Un rótulo advierte a las parejas que están prohibidos los actos íntimos en el lugar. Me pregunto qué es lo que nos hace a los humanos tan propensos a adorar lo destruido, a insistir con los despojos del pasado; como los españoles con su pueblo viejo de Belchite y tantos pueblos con tantos lugares más. ¿La épica? ¿los héroes anónimos? ¿el patriotismo?
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Antigua puede ser una ciudad de ruinas, colores y olores, pero sobre todo es una ciudad para consumidores. Una Cayalá folclórica, artesanal.
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En el Parque Central de Antigua, repleto de vendedores, hay una organización del comercio como en espiral, donde en el centro están las ventas ladinas, y en los alrededores, semiocultas, las ventas tradicionales indígenas, con sus canastos de mimbre. Un mini apartheid comercial.


martes, 18 de junio de 2019

Tres fragmentos para entender a Nayib Bukele

1

La masa ya no es solo ese conjunto de personas que se movilizan con un objetivo en común en una plaza o en una calle. Hoy la masa también es ese conjunto de personas que se reúnen en una realidad virtual. Para el caso, llamémosla Twitter. La característica común de ambas masas es que el individuo que se compenetra con ellas —sea una masa objetiva o virtual— no teme a su contacto. De hecho, ansía insistentemente ser parte de ella, pues la masa, en ambos casos, borra las diferencias individuales, sean estas de raza, sexo o etnia. «Cualquiera que sea el que se oprime contra uno, se le encuentra idéntico a uno mismo. Se le percibe de la misma manera en que uno se percibe a sí mismo» (p.6), escribe Elías Canetti en Masa y poder, un libro urgente. Esta característica, pienso, explica una de las fuentes de poder de Bukele; que, sin importar que sea el presidente, se compenetra virtualmente con la masa y cada uno de los integrantes que la conforman lo sienten parte de sí mismos. Por eso no rehúyen a su contacto, sino que lo buscan.  Por eso pueden hablar de su corbata o del nombre de su hija o esperar a que, a través de un tuit, los mande a dormir.
(Fragmento tomado de: Canetti, E. 1994. Masa y poder. Trad. Horst Vogel. Barcelona: Muchnik Editores).

2

En 1983 John Kenneth Galbraith publicó The Anatomy of Power, uno de los ensayos que mejor nos ayudan a comprender los mecanismos del poder en las economías capitalistas. Aunque J.K Galbraith centró su análisis en el poder de la empresa, hizo una descripción detallada de las fuentes de poder que subyacen no sólo al campo económico, sino también al político y religioso. «Tres son las cosas que proporcionan tal acceso [al poder]: personalidad, propiedad y organización» (p.63), dice. Léase la siguiente observación que hace Galbraith a propósito de la personalidad como fuente de poder: «Una certidumbre suprema en la creencia y afirmación del individuo es de fundamental importancia para obtener creencia y sumisión en otros, y esta característica personal no se halla necesariamente relacionada con la inteligencia. De hecho, puede que sea lo contrario. Característica básica de la política económica, exterior y militar, y de gran parte de la política comercial, es que la relación entre cualquier acción concreta y su resultado permanece en el mejor de los casos incierta, y muy frecuentemente desconocida. Nadie puede decir con seguridad cuál será la consecuencia final de un determinado incremento de los tipos de interés, de un propuesto gesto de apoyo político a algún Gobierno reincidente, de una iniciativa militar o bélica minuciosamente preparada. O cuáles serán los frutos de alguna maniobra comercial. En estos casos, el poder —la sumisión a la voluntad— suele pasar a los que son capaces de afirmar con mayor convicción lo desconocido. El poder no afluye al individuo que sabe, sino al que, a menudo por estupidez, cree saber y puede persuadir de ello a otros» (p.66).
(Fragmento tomado de: Galbraith, J.K. 1984. Anatomía del poder. Trad. J. Ferrer Aleu. Barcelona: Plaza y Janés).

3

En La verdadera historia de los errores futuros (artículo del 6 de junio), Boaventura de Sousa Santos aborda los presupuestos sobre los que se asienta el avance de las fuerzas políticas de derecha y de extrema derecha en el mundo. Para Boaventura, una de las señales de que este avance está materializándose plenamente es lo que él denomina «la orgía de la opinión y la fabricación masiva de la ignorancia». Luego de explicar «el cambio tectónico» en la opinión pública que han creado las redes sociales, lo vincula con el auge de los populismos. Escribe: «…la información que comenzamos a usar, pese a ser tan superficial, no puede ser contestada con argumentos. O es aceptada o es rechazada, y los criterios para decidir son criterios de autoridad y no de verdad. Si sirve a los intereses del líder político de turno, el pueblo es exaltado como teniendo finalmente opinión propia, capaz de contradecir la opinión de las élites tradicionales. Si no sirve, el pueblo es fácilmente considerado como “ignorante e incapaz de ser gobernado democráticamente”. En la medida en que el pueblo sigue la opinión del líder, es el líder quien sigue la opinión del pueblo. En la medida en que el pueblo diverge de la opinión del líder, debe, como pueblo ignorante, confiar en la opinión de líder. Según le convenga, el líder populista puede aparecer ora como seguidor del pueblo, ora como su tutor. Aquí reside la razón última de la reemergencia del populismo. Este capital de confianza se crea fácilmente en la medida en que todo sucede en la intimidad del individuo y de su familia. Mientras la sociedad mediática transformó la política en un espectáculo, la sociedad internética la convierte en un show íntimo, un auténtico peep-show en el que toda la interacción afectiva ocurre entre el líder y el ciudadano, sin argumentos ni mediaciones».

lunes, 10 de junio de 2019

Cinema pirata / Chernobyl: el peligro de las mentiras.


Con el fin de Game of Thrones, HBO nos ha traído una dosis más de entretenimiento con Chernobyl, una miniserie que recrea el desastre de la planta nuclear Vladímir Ilich Lenin y nos invita a reflexionar sobre temas actuales como la posverdad, las fake news, el menosprecio de la ciencia y los límites del progreso.  

Parece una distopía que, en el año en que por primera vez se capturó la imagen de un agujero negro supermasivo, cientos de personas —desde Estados Unidos a la India— mueran de sarampión por el movimiento antivacunas.  O que el presidente de la principal potencia nuclear del mundo niegue sistemáticamente la evidencia sobre el cambio climático, ganando entre sus seguidores a no pocos científicos que justifican sus delirios. Sin embargo, ahora esto es una escalofriante realidad. Como dice el químico Valeri Legásov (interpretado por Jared Harris) en Chernobyl, el problema de estas situaciones es que «cada mentira que decimos tiene una deuda con la verdad. Tarde o temprano esa deuda será pagada». No le falta razón: el pago a menudo se realiza con la destrucción de vidas humanas. 

El menosprecio por el conocimiento científico hunde sus raíces en su aparente incapacidad de mejorar la vida en el planeta. Esa monstruosa paradoja según la cual la radiación es capaz de salvar miles de vidas, como de provocar el horror de Hiroshima. Ocurre no solo en las ciencias duras: si algo demostró el documental de Charles Ferguson, Inside Job, fue que los avances más importantes de ingeniería financiera fueron usurpados por banqueros, corredores de bolsa, empresarios, académicos y políticos para enriquecerse a costa de producir una crisis económica y social de la que aun sufrimos sus secuelas. Si en aquel caso fue la élite financiera global, en el caso de Chernóbil, como magistralmente se expone en la miniserie, fue la burocracia soviética —con científicos incluidos— la que encubrió los errores de fondo que ya se habían detectado en los desarrollos de los reactores nucleares de la URSS. 

La opinión de los expertos está en crisis. Y esta crisis se agrava cuando las mentiras o falsificaciones son blindadas por el poder político, económico y mediático. Chernobyl nos recuerda que la divulgación de los efectos de la explosión de la central nuclear se hizo sobre la base de tergiversaciones y calumnias, algunas de las cuales siguen siendo parte de la versión oficial del acontecimiento. Hasta la fecha, la versión oficial sobre el número de víctimas de la catástrofe de Chernóbil es de 31 personas, mientras que algunos estudios independientes hechos por universidades y centros de investigación han determinado que la cifra fácilmente asciende a 8 millones. Una situación que no nos es ajena, sino macabramente familiar. Hoy sabemos que Exxon Mobile engañó a cientos de inversores sobre los efectos de la industria petrolera para el calentamiento global (además de impulsar una agenda para pagar investigaciones falsas) y las grandes tabacaleras financiaban investigaciones que negaban la nocividad de fumar (caso que Michael Mann llevó al cine con The Insider).

Por suerte, existen profesionales que provienen de distintas disciplinas que se encargan de remover estos velos. La mayoría de las veces son héroes anónimos que no se les recuerda en los libros de la historia; otras veces son personas que, arrepentidas o desengañadas, se enfrentan al poder desde adentro. En Chernobyl, los científicos Ulana Khomyuk (interpretada por Emily Watson) representan al primer grupo, mientras que Boris Shcherbina (interpertado por Stellan Skarsgärd) al segundo. 


Chernobyl nos regala una reconstrucción fidedigna de ese inhóspito y fantasmal rincón del mundo que sigue deteriorándose a causa de la radiación. Las actuaciones son conmovedoramente verosímiles, casi como si de un documental se tratara. Para estos elementos fue notorio el aporte de Voces de Chernobyl, de la periodista y premio Nobel Svletana Alexievich, uno de los libros de cabecera de Craig Mazin, guionista y productor de la serie.  Son solo cinco capítulos y sentimos que nada le hizo falta. Paradójicamente, Chernobyl es profunda en lo emocional y trágica en lo racional. Al terminarla nos deja con la sensación de que, como dijo el poeta maldito César Moro, el arte comienza donde termina la tranquilidad.