lunes, 10 de junio de 2019

Cinema pirata / Chernobyl: el peligro de las mentiras.


Con el fin de Game of Thrones, HBO nos ha traído una dosis más de entretenimiento con Chernobyl, una miniserie que recrea el desastre de la planta nuclear Vladímir Ilich Lenin y nos invita a reflexionar sobre temas actuales como la posverdad, las fake news, el menosprecio de la ciencia y los límites del progreso.  

Parece una distopía que, en el año en que por primera vez se capturó la imagen de un agujero negro supermasivo, cientos de personas —desde Estados Unidos a la India— mueran de sarampión por el movimiento antivacunas.  O que el presidente de la principal potencia nuclear del mundo niegue sistemáticamente la evidencia sobre el cambio climático, ganando entre sus seguidores a no pocos científicos que justifican sus delirios. Sin embargo, ahora esto es una escalofriante realidad. Como dice el químico Valeri Legásov (interpretado por Jared Harris) en Chernobyl, el problema de estas situaciones es que «cada mentira que decimos tiene una deuda con la verdad. Tarde o temprano esa deuda será pagada». No le falta razón: el pago a menudo se realiza con la destrucción de vidas humanas. 

El menosprecio por el conocimiento científico hunde sus raíces en su aparente incapacidad de mejorar la vida en el planeta. Esa monstruosa paradoja según la cual la radiación es capaz de salvar miles de vidas, como de provocar el horror de Hiroshima. Ocurre no solo en las ciencias duras: si algo demostró el documental de Charles Ferguson, Inside Job, fue que los avances más importantes de ingeniería financiera fueron usurpados por banqueros, corredores de bolsa, empresarios, académicos y políticos para enriquecerse a costa de producir una crisis económica y social de la que aun sufrimos sus secuelas. Si en aquel caso fue la élite financiera global, en el caso de Chernóbil, como magistralmente se expone en la miniserie, fue la burocracia soviética —con científicos incluidos— la que encubrió los errores de fondo que ya se habían detectado en los desarrollos de los reactores nucleares de la URSS. 

La opinión de los expertos está en crisis. Y esta crisis se agrava cuando las mentiras o falsificaciones son blindadas por el poder político, económico y mediático. Chernobyl nos recuerda que la divulgación de los efectos de la explosión de la central nuclear se hizo sobre la base de tergiversaciones y calumnias, algunas de las cuales siguen siendo parte de la versión oficial del acontecimiento. Hasta la fecha, la versión oficial sobre el número de víctimas de la catástrofe de Chernóbil es de 31 personas, mientras que algunos estudios independientes hechos por universidades y centros de investigación han determinado que la cifra fácilmente asciende a 8 millones. Una situación que no nos es ajena, sino macabramente familiar. Hoy sabemos que Exxon Mobile engañó a cientos de inversores sobre los efectos de la industria petrolera para el calentamiento global (además de impulsar una agenda para pagar investigaciones falsas) y las grandes tabacaleras financiaban investigaciones que negaban la nocividad de fumar (caso que Michael Mann llevó al cine con The Insider).

Por suerte, existen profesionales que provienen de distintas disciplinas que se encargan de remover estos velos. La mayoría de las veces son héroes anónimos que no se les recuerda en los libros de la historia; otras veces son personas que, arrepentidas o desengañadas, se enfrentan al poder desde adentro. En Chernobyl, los científicos Ulana Khomyuk (interpretada por Emily Watson) representan al primer grupo, mientras que Boris Shcherbina (interpertado por Stellan Skarsgärd) al segundo. 


Chernobyl nos regala una reconstrucción fidedigna de ese inhóspito y fantasmal rincón del mundo que sigue deteriorándose a causa de la radiación. Las actuaciones son conmovedoramente verosímiles, casi como si de un documental se tratara. Para estos elementos fue notorio el aporte de Voces de Chernobyl, de la periodista y premio Nobel Svletana Alexievich, uno de los libros de cabecera de Craig Mazin, guionista y productor de la serie.  Son solo cinco capítulos y sentimos que nada le hizo falta. Paradójicamente, Chernobyl es profunda en lo emocional y trágica en lo racional. Al terminarla nos deja con la sensación de que, como dijo el poeta maldito César Moro, el arte comienza donde termina la tranquilidad. 

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