Con el fin de Game of Thrones, HBO nos ha traído una dosis más de
entretenimiento con Chernobyl, una
miniserie que recrea el desastre de la planta nuclear Vladímir Ilich Lenin y
nos invita a reflexionar sobre temas actuales como la posverdad, las fake
news, el menosprecio de la ciencia y los límites del
progreso.
Parece una distopía que, en el año en que por primera vez se capturó la
imagen de un agujero negro supermasivo, cientos de personas —desde Estados
Unidos a la India— mueran de sarampión por el movimiento antivacunas. O
que el presidente de la principal potencia nuclear del mundo niegue
sistemáticamente la evidencia sobre el cambio climático, ganando entre sus
seguidores a no pocos científicos que justifican sus delirios. Sin embargo,
ahora esto es una escalofriante realidad. Como dice el químico Valeri Legásov
(interpretado por Jared Harris) en Chernobyl,
el problema de estas situaciones es que «cada mentira que decimos tiene una
deuda con la verdad. Tarde o temprano esa deuda será pagada». No le falta
razón: el pago a menudo se realiza con la destrucción de vidas humanas.
El menosprecio por el conocimiento científico hunde sus raíces en su
aparente incapacidad de mejorar la vida en el planeta. Esa monstruosa paradoja
según la cual la radiación es capaz de salvar miles de vidas, como de provocar
el horror de Hiroshima. Ocurre no solo en las ciencias duras: si algo demostró
el documental de Charles Ferguson, Inside
Job, fue que los avances más importantes de ingeniería financiera fueron
usurpados por banqueros, corredores de bolsa, empresarios, académicos y
políticos para enriquecerse a costa de producir una crisis económica y social
de la que aun sufrimos sus secuelas. Si en aquel caso fue la élite financiera
global, en el caso de Chernóbil, como magistralmente se expone en la miniserie,
fue la burocracia soviética —con científicos incluidos— la que encubrió los
errores de fondo que ya se habían detectado en los desarrollos de los reactores
nucleares de la URSS.
La opinión de los expertos está en crisis. Y esta crisis se agrava
cuando las mentiras o falsificaciones son blindadas por el poder político,
económico y mediático. Chernobyl nos
recuerda que la divulgación de los efectos de la explosión de la central
nuclear se hizo sobre la base de tergiversaciones y calumnias, algunas de las
cuales siguen siendo parte de la versión oficial del acontecimiento. Hasta la
fecha, la versión oficial sobre el número de víctimas de la catástrofe de
Chernóbil es de 31 personas, mientras que algunos estudios independientes hechos
por universidades y centros de investigación han determinado que la cifra
fácilmente asciende a 8 millones. Una situación que no nos es ajena, sino
macabramente familiar. Hoy sabemos que Exxon Mobile engañó a cientos de
inversores sobre los efectos de la industria petrolera para el calentamiento
global (además de impulsar una agenda para pagar investigaciones falsas) y las
grandes tabacaleras financiaban investigaciones que negaban la nocividad de
fumar (caso que Michael Mann llevó al cine con The Insider).
Por suerte, existen profesionales que provienen de distintas disciplinas
que se encargan de remover estos velos. La mayoría de las veces son héroes
anónimos que no se les recuerda en los libros de la historia; otras veces son
personas que, arrepentidas o desengañadas, se enfrentan al poder desde adentro.
En Chernobyl, los científicos Ulana
Khomyuk (interpretada por Emily Watson) representan al primer grupo, mientras
que Boris Shcherbina (interpertado por Stellan Skarsgärd) al segundo.
Chernobyl nos regala una reconstrucción fidedigna de ese inhóspito y fantasmal
rincón del mundo que sigue deteriorándose a causa de la radiación. Las
actuaciones son conmovedoramente verosímiles, casi como si de un documental se
tratara. Para estos elementos fue notorio el aporte de Voces de Chernobyl, de la periodista y premio Nobel Svletana
Alexievich, uno de los libros de cabecera de Craig Mazin, guionista y productor
de la serie. Son solo cinco capítulos y
sentimos que nada le hizo falta. Paradójicamente, Chernobyl es profunda en lo emocional y trágica en lo racional. Al
terminarla nos deja con la sensación de que, como dijo el poeta maldito César
Moro, el arte comienza donde termina la tranquilidad.
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