miércoles, 16 de octubre de 2019

Los problemas del "Nobel"

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Este año, el Premio del Banco de Suecia en Ciencias Económicas en memoria de Alfred Nobel —el mal llamado Premio Nobel de Economía— fue para Esther Duflo, Abhijit V. Banerjee y Michael Kremer. Estos economistas han desarrollado un enfoque para entender la pobreza a partir de técnicas experimentales (los llamados randomize control trials). Mientras que estas técnicas se han utilizado ampliamente en investigaciones médicas, se han aprovechado de manera novedosa para el análisis del desarrollo al explicar cómo las personas que se encuentran en condiciones de pobreza (o que padecen una determinada carencia) reaccionan a ciertos incentivos (como subsidios o microcréditos, por ejemplo). La conjunción de estos elementos ha sido útil para identificar programas sociales efectivos —y también inefectivos— para la reducción de la pobreza en distintas partes del mundo. 

Por un lado, hay que celebrar que este año el premio se haya otorgado a economistas que trabajan para resolver problemas reales y no meras fantasías. Para la tradición del “Nobel”, es incluso disruptivo el que se haya concedido a economistas prácticos. Sin embargo, como es habitual en la ciencia económica, el enfoque premiado no está exento de críticas (pueden consultarse algunas aquí, a las cuales yo mismo me sumo). Dejando a un lado estas críticas —que son numerosas—, lo que me propongo en este artículo es explicar la inevitable bifurcación que suscita la entrega de un “Nobel”, entre un bando que mira con beneplácito la entrega y otro no menor que la cuestiona. Los problemas subyacentes a esta bifurcación no tienen que ver con caprichos o modas intelectuales, sino con la esencia de la teoría económica. Polemizar en torno a este premio es la regla y no la excepción.

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De todos los “Nobel”, el de economía es ciertamente el más polémico. Las razones de esta característica deberían ser obvias, siendo que la economía es una ciencia social y sus descubrimientos tienen una naturaleza distinta a la partícula de Higgs o a las oscilaciones de los neutrinos.  Bien lo expresaba Albert O. Hirschmann en Auge y ocaso de la teoría económica del desarrollo: «Mientras que en las ciencias naturales o médicas comparten a menudo los premios Nobel dos personas que han colaborado en un adelanto científico dado, o merecen crédito por tal aportación, en la economía parece repartirse el premio, con cierta regularidad, entre una persona que ha desarrollado cierta tesis y otra que se ha esforzado al máximo para refutarla». 

Lo anterior no es simple retórica. En 1974, el premio fue compartido por Friedrich Hayek y Gunnar Myrdal, dos economistas que, en su tiempo, elaboraron teorías y propugnaban por políticas que no solo eran diferentes, sino totalmente opuestas. Myrdal era un socialdemócrata y defensor de la planificación estatal; Hayek, un liberal y propulsor de los mercados libres. Sus teorías, más allá de que compartían cierta raíz epistémica y pese a sus investiduras científicas, eran un reflejo de estos valores disímiles. 

Con el paso del tiempo, sabemos que el premio a Myrdal fue casi una rareza. Los otros premios se han entregado casi sin excepciones a economistas adscritos a la escuela neoclásica o keynesiana (o a variantes de ambas) o a matemáticos y econometristas que han hecho aportes para el análisis económico. Pero incluso dentro de estas tradiciones han existido discrepancias. Para no ir muy lejos, en el año 2013 el “Nobel” se le concedió a Eugene Fama y Robert Schiller, dos economistas que investigan el campo de los activos financieros. Fama es reconocido por sus teorías sobre los mercados eficientes; Shiller, por sus demostraciones sobre la irracionalidad de los mercados. Un caso tan extraño como el de Dr. Jekyll y Mr. Hyde. 

Lastimosamente, la polémica no solo se deriva de la pluralidad de visiones que existen sobre el hecho económico. El “Nobel” —como ocurre con los otros premios— también es machista y colonial. Sumando a Esther Duflo, solo dos mujeres han recibido el galardón, pese a que —o quizá precisamente por ello— al mismo tiempo en que se premiaban a ilustres hombres como Paul Samuelson o Robert Mundell, las economistas Joan Robinson y Alice Amsden, por decir dos ejemplos, formalizaban sus propias teorías demostrando las falacias en las que se basaban las de aquellos y, por si fuera poco, superándolas. Por otra parte, todos los galardones han sido recibidos por estadounidenses o europeos, o así nacionalizados, con la única excepción de Amartya Sen. El pensamiento latinoamericano, indostánico, afroasiático o árabe ha sido —y sigue siendo— marginalizado. Incluso nosotros mismos lo marginalizamos produciendo y reproduciendo el conocimiento occidental eurocéntrico que, en algunas ocasiones, nada tiene que aportar a las realidades históricas de nuestros países periféricos. ¿Cuántas universidades imparten un curso de la teoría del desarrollo de Ruy Mauro Marini o Vania Bâmbirra con la misma dedicación con la que se enseñan los modelos de Robert Solow o Evsey Domar? Nuestras herramientas son así de estrechas; nuestras políticas, en consecuencia, también.  

¿Veremos en el futuro cercano un premio para la teoría de la economía de los cuidados, cuyos aportes han transformado nuestros conceptos sobre la reproducción económica y social? ¿Veremos recibiendo este premio a un economista formado en el pensamiento latinoamericano, africano o asiático? ¿Se premiará a quienes constantemente desarrollan la economía ecológica (que, dicho sea de paso, poco tiene que ver con la economía verde del premiado William Nordhaus)? La respuesta probable a estas interrogantes es que no. En el statu quo, la economía teórica dominante no puede ni siquiera recibir las críticas de sus mismos representantes, menos lo hará de sus detractores (heterodoxos, pero siempre eurocéntricos) más acérrimos y ni se diga de quienes piensan bajo epistemologías no eurocéntricas. Y propongamos un ejemplo: hay que recordar que el economista paquistaní Anwar Shaikh, en 1974, publicó la crítica más radical a las funciones de producción neoclásicas, crítica que, hasta la fecha, no ha sido refutada (Robert Solow, pionero en el uso de estas funciones de producción, recibió el Nobel en 1987). Las funciones de producción siguen siendo el principal instrumento analítico en las teorías convencionales del crecimiento. 

No existe una visión monolítica en economía; el problema del "Nobel", es que asume que la hay. 

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La principal consecuencia de los problemas del “Nobel” acaso sea que estos expertos terminan ostentando cargos de alto nivel como asesores en organismos internacionales u oficinas de gobierno en las que se deciden el futuro de millones de personas. Sus filosofías y teorías se imponen en los planes de estudio de las universidades. Sus políticas económicas se vuelven un mandamiento universal y nuestros países las importan como mercancías útiles y con prestigio científico. Sobra decirlo, pero recordemos: nuestro país no ha estado exento de estos fantasmas. El modelo económico vigente en El Salvador —agotado desde 1996, pero aun en errático funcionamiento— se diseñó con la asesoría de Arnold Harberger, economista de la Universidad de Chicago, cuando las políticas de ajuste estructural eran el mainstream. Los resultados, como sabemos, fueron exactamente los opuestos a los esperados. Aún seguimos viviendo las consecuencias de aquel laboratorio.  

La observación anterior no quiere dar a entender que la ciencia económica convencional y sus simpatizantes y sus “Nobel” están ungidos de un aura de maldad o intereses mezquinos, sino que las herramientas teóricas con las que vaticinan el cambio social están agotadas desde hace décadas. Esto lo visualizó el recién fallecido Immanuel Wallerstein en Impensar las ciencias sociales. En esa obra hizo un llamado serio a reestructurar el sistema universitario mundial para transformar de manera radical nuestras metodologías y nuestra manera de elaborar teorías. Abogó insistentemente en que la economía debía insertarse en un nuevo departamento de ciencias sociales históricas, junto con la sociología, ciencias políticas, antropología, historia y geografía. Sostuvo que solo un estudio holístico apropiado podía teorizar sobre el sistema histórico-social en el que vivimos, los que han existido antes y los que son posibles. Y también —añadamos nosotros— para darle respuestas a los grandes problemas globales y locales que enfrentamos en el presente: desigualdades crecientes, destrucción ambiental, crisis de los cuidados y precariedad laboral, por decir algunos. 

Aun si no queremos ser tan desafiantes y atender el llamado de Wallerstein, basta con dar un mínimo vistazo a otras disciplinas —tanto sociales como de las ciencias naturales— de las cuales la economía se nutre y aprende constantemente para darnos cuenta de nuestras estrecheces conceptuales. ¿Estaríamos proponiendo una suerte de locura si mancomunamos el trabajo premiado de Duflo, Banerjee y Kremer con la metodología de investigación-acción-participación de Fals Borda? No lo sabremos si no lo intentamos. 

Así las cosas, ¿qué significancia puede tener este premio? En realidad, ninguna otra más que motivarnos a reinventar la teoría económica.

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