
Este año, el
Premio del Banco de Suecia en Ciencias Económicas en memoria de Alfred Nobel
—el mal llamado Premio Nobel de Economía— fue para Esther Duflo, Abhijit V.
Banerjee y Michael Kremer. Estos economistas han desarrollado un enfoque para
entender la pobreza a partir de técnicas experimentales (los llamados randomize control trials). Mientras que
estas técnicas se han utilizado ampliamente en investigaciones médicas, se han
aprovechado de manera novedosa para el análisis del desarrollo al explicar cómo
las personas que se encuentran en condiciones de pobreza (o que padecen una
determinada carencia) reaccionan a ciertos incentivos (como subsidios o
microcréditos, por ejemplo). La conjunción de estos elementos ha sido
útil para identificar programas sociales efectivos —y también inefectivos— para
la reducción de la pobreza en distintas partes del mundo.
Por un lado, hay
que celebrar que este año el premio se haya otorgado a economistas que trabajan
para resolver problemas reales y no meras fantasías. Para la tradición del
“Nobel”, es incluso disruptivo el que se haya concedido a economistas prácticos.
Sin embargo, como es habitual en la ciencia económica, el enfoque premiado no
está exento de críticas (pueden consultarse algunas aquí, a las cuales yo mismo
me sumo). Dejando a un lado estas críticas —que son numerosas—, lo que me
propongo en este artículo es explicar la inevitable bifurcación que suscita la
entrega de un “Nobel”, entre un bando que mira con beneplácito la entrega y
otro no menor que la cuestiona. Los problemas subyacentes a esta bifurcación no
tienen que ver con
caprichos o modas intelectuales, sino con la esencia de la teoría económica. Polemizar
en torno a este premio es la regla y no la excepción.
*
De todos los “Nobel”,
el de economía es ciertamente el más polémico. Las razones de esta
característica deberían ser obvias, siendo que la economía es una ciencia
social y sus descubrimientos tienen una naturaleza distinta a la partícula de
Higgs o a las oscilaciones de los neutrinos.
Bien lo expresaba Albert O. Hirschmann en Auge y ocaso de la teoría económica del desarrollo: «Mientras que
en las ciencias naturales o médicas comparten a menudo los premios Nobel dos
personas que han colaborado en un adelanto científico dado, o merecen crédito
por tal aportación, en la economía parece repartirse el premio, con cierta
regularidad, entre una persona que ha desarrollado cierta tesis y otra que se
ha esforzado al máximo para refutarla».
Lo anterior no
es simple retórica. En 1974, el premio fue compartido por Friedrich Hayek y
Gunnar Myrdal, dos economistas que, en su tiempo, elaboraron teorías y
propugnaban por políticas que no solo eran diferentes, sino totalmente
opuestas. Myrdal era un socialdemócrata y defensor de la planificación estatal;
Hayek, un liberal y propulsor de los mercados libres. Sus teorías, más allá de
que compartían cierta raíz epistémica y pese a sus investiduras científicas, eran
un reflejo de estos valores disímiles.
Con el paso
del tiempo, sabemos que el premio a Myrdal fue casi una rareza. Los otros
premios se han entregado casi sin excepciones a economistas adscritos a la escuela
neoclásica o keynesiana (o a variantes de ambas) o a matemáticos y
econometristas que han hecho aportes para el análisis económico. Pero incluso dentro
de estas tradiciones han existido discrepancias. Para no ir muy lejos, en el
año 2013 el “Nobel” se le concedió a Eugene Fama y Robert Schiller, dos
economistas que investigan el campo de los activos financieros. Fama es reconocido
por sus teorías sobre los mercados eficientes; Shiller, por sus demostraciones
sobre la irracionalidad de los mercados. Un caso tan extraño como el de Dr. Jekyll
y Mr. Hyde.
Lastimosamente,
la polémica no solo se deriva de la pluralidad de visiones que existen sobre el
hecho económico. El “Nobel” —como ocurre con los otros premios— también es
machista y colonial. Sumando a Esther Duflo, solo dos mujeres han recibido el
galardón, pese a que —o quizá precisamente por ello— al mismo tiempo en que se
premiaban a ilustres hombres como Paul Samuelson o Robert Mundell, las
economistas Joan Robinson y Alice Amsden, por decir dos ejemplos, formalizaban sus
propias teorías demostrando las falacias en las que se basaban las de aquellos
y, por si fuera poco, superándolas. Por otra parte, todos los galardones han
sido recibidos por estadounidenses o europeos, o así nacionalizados, con la
única excepción de Amartya Sen. El pensamiento latinoamericano, indostánico, afroasiático
o árabe ha sido —y sigue siendo— marginalizado. Incluso nosotros mismos lo
marginalizamos produciendo y reproduciendo el conocimiento occidental eurocéntrico
que, en algunas ocasiones, nada tiene que aportar a las realidades históricas
de nuestros países periféricos. ¿Cuántas universidades imparten un curso de la
teoría del desarrollo de Ruy Mauro Marini o Vania Bâmbirra con la misma
dedicación con la que se enseñan los modelos de Robert Solow o Evsey Domar? Nuestras
herramientas son así de estrechas; nuestras políticas, en consecuencia,
también.
¿Veremos en el
futuro cercano un premio para la teoría de la economía de los cuidados, cuyos
aportes han transformado nuestros conceptos sobre la reproducción económica y
social? ¿Veremos recibiendo este premio a un economista formado en el
pensamiento latinoamericano, africano o asiático? ¿Se premiará a quienes
constantemente desarrollan la economía ecológica (que, dicho sea de paso, poco
tiene que ver con la economía verde del premiado William Nordhaus)? La
respuesta probable a estas interrogantes es que no. En el statu quo, la economía teórica dominante no puede ni siquiera
recibir las críticas de sus mismos representantes, menos lo hará de sus
detractores (heterodoxos, pero siempre eurocéntricos) más acérrimos y ni se
diga de quienes piensan bajo epistemologías no eurocéntricas. Y propongamos un
ejemplo: hay que recordar que el economista paquistaní Anwar Shaikh, en 1974,
publicó la crítica más radical a las funciones de producción neoclásicas,
crítica que, hasta la fecha, no ha sido refutada (Robert Solow, pionero en el
uso de estas funciones de producción, recibió el Nobel en 1987). Las funciones
de producción siguen siendo el principal instrumento analítico en las teorías
convencionales del crecimiento.
No existe una visión monolítica en economía; el problema del "Nobel", es que asume que la hay.
No existe una visión monolítica en economía; el problema del "Nobel", es que asume que la hay.
*
La principal
consecuencia de los problemas del “Nobel” acaso sea que estos expertos terminan
ostentando cargos de alto nivel como asesores en organismos internacionales u
oficinas de gobierno en las que se deciden el futuro de millones de personas.
Sus filosofías y teorías se imponen en los planes de estudio de las
universidades. Sus políticas económicas se vuelven un mandamiento universal y
nuestros países las importan como mercancías útiles y con prestigio científico.
Sobra decirlo, pero recordemos: nuestro país no ha estado exento de estos
fantasmas. El modelo económico vigente en El Salvador —agotado desde 1996, pero
aun en errático funcionamiento— se diseñó con la asesoría de Arnold Harberger,
economista de la Universidad de Chicago, cuando las políticas de ajuste
estructural eran el mainstream. Los
resultados, como sabemos, fueron exactamente los opuestos a los esperados. Aún
seguimos viviendo las consecuencias de aquel laboratorio.
La observación
anterior no quiere dar a entender que la ciencia económica convencional y sus
simpatizantes y sus “Nobel” están ungidos de un aura de maldad o intereses
mezquinos, sino que las herramientas teóricas con las que vaticinan el cambio
social están agotadas desde hace décadas. Esto lo visualizó el recién fallecido
Immanuel Wallerstein en Impensar las
ciencias sociales. En esa obra hizo un llamado serio a reestructurar el
sistema universitario mundial para transformar de manera radical nuestras
metodologías y nuestra manera de elaborar teorías. Abogó insistentemente en que
la economía debía insertarse en un nuevo departamento de ciencias sociales
históricas, junto con la sociología, ciencias políticas, antropología, historia
y geografía. Sostuvo que solo un estudio holístico apropiado podía teorizar sobre
el sistema histórico-social en el que vivimos, los que han existido antes y los
que son posibles. Y también —añadamos nosotros— para darle respuestas a los
grandes problemas globales y locales que enfrentamos en el presente:
desigualdades crecientes, destrucción ambiental, crisis de los cuidados y
precariedad laboral, por decir algunos.
Aun si no
queremos ser tan desafiantes y atender el llamado de Wallerstein, basta con dar
un mínimo vistazo a otras disciplinas —tanto sociales como de las ciencias naturales— de las cuales la economía se nutre y aprende constantemente para darnos
cuenta de nuestras estrecheces conceptuales. ¿Estaríamos proponiendo una suerte
de locura si mancomunamos el trabajo premiado de Duflo, Banerjee y Kremer con
la metodología de investigación-acción-participación de Fals Borda? No lo
sabremos si no lo intentamos.
Así las cosas,
¿qué significancia puede tener este premio? En realidad, ninguna otra más que
motivarnos a reinventar la teoría económica.
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