En la Revista
Anfibia se ha publicado un texto bajo el título La unidad básica de Twitter que debe ser leído con mucha atención por la estrategia de
comunicación seguida por Nayib Bukele. Describe con gran acierto las nuevas
formas de hacer política a través de las redes sociales. Explica, también, por
qué fue posible que en el país tuviéramos a un presidente puesto por Twitter y
Facebook; y al mismo tiempo, por qué Arena y el FMLN -los partidos otrora con
mayor apoyo- han iniciado un declive vertiginoso del cual parecen no poder
levantarse. Los impactos electorales de las redes sociales son innegables.
Pero, a mi juicio, hay todavía una brecha gigantesca para que, de la movilización
digital, pasemos a la transformación social. Más allá de ciertos hitos, debemos
indagar los procedimientos para cerrar esta brecha. Mientras tanto el mejor
lugar para reivindicar las luchas populares sigue siendo la calle.
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Piketty les escamoteó -quizá para un buen
lustro de años- la palabra capital a los marxistas.
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Me llama la atención la explicación del «equilibrio reflexivo» de John Rawls. Parecería explicar
un factor ausente en la vida de la sociedad salvadoreña, dando como
consecuencia un sin fin de injusticias que prevalecen en distintos órdenes de
la sociedad. El aborto es, quizá, el ejemplo más notable. ¿Cómo se ajustan las
concepciones del aborto a los principios morales de nuestra sociedad? ¿Podremos
llegar a un equilibrio reflexivo sobre este tema?
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La construcción del universo geocéntrico de
Ptolomeo es a la astronomía lo que la teoría neoclásica es a la economía; es
decir: un sistema matemático complejo y con sentido, pero equivocado.
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Si la «melancolía de izquierda» de la que habla Enzo Traverso se ha enquistado en el país, su reflejo
está en los escritos y discursos de Schafik Handal. Schafik no alcanzó a ver la
derrota del FMLN, pero en cierto modo la anticipó. Releer su planteamiento
político cuando se interrogaba si el FMLN debía llegar al gobierno para
impulsar cambios o pasar por él sin que cambie nada, resulta premonitoriamente
trágico. Siempre quedará la pregunta de
si, con él dirigiendo al partido, el FMLN sería otro.
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El país está retrocediendo en un área muy
sensible: la planificación para el desarrollo. No es que antes de que Bukele
eliminara la SETEPLAN existiera una estructura sólida para la planificación,
pero durante 10 años se establecieron unas bases que merecían ser continuadas
para el bien de la institucionalidad salvadoreña. Parece que ahora el Plan de
Gobierno será asesorado por el BID, si no es que elaborado. Volvemos a la vieja
práctica del recetario internacional. Formular un Plan de Gobierno (o de Nación
o de Desarrollo) no consiste en hilvanar un conjunto de recetas dictadas por
técnicos de organismos internacionales. Tampoco es "adaptar" las
mejores prácticas. Un Plan de Nación debe provenir de un minucioso conocimiento
de la historia política, económica, social y ambiental del país. Para ello no
solo se requiere de la participación de técnicos, sino también de las distintas
fuerzas políticas. Bukele tiene una gran oportunidad para lograr acuerdos
políticos y encaminar las profundas transformaciones que requerimos. Y esto no
se logra con las aspiraciones de funcionarios venidos desde Washington.
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La izquierda salvadoreña parece estar sumida en
una profunda crisis. El FMLN tuvo su derrota política más importante en el año
2018. Más allá de la pérdida de votos, hay un clima de descontento y
deslegitimación hacia el partido que, al menos hasta ahora, no parece
revertirse, sino al contrario, tiende a profundizarse. El partido está
desarmado política e ideológicamente. El nepotismo y la corrupción son las
principales razones de su declive. Los proyectos de izquierda pueden
recuperarse de casi todo, menos de los golpes éticos y morales. El FMLN no ha
tocado fondo. ¿Dónde está la izquierda ahora? ¿Cómo podemos reconstruirla?
¿Cómo pensar en el socialismo sin ser tachados de melancólicos o nostálgicos?
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El país tiene que movilizar recursos no para
alcanzar el equilibrio presupuestario, sino para el desarrollo social. Es este
último el desafío fundamental. Se puede sacrificar el equilibrio en aras del
desarrollo social, pero no viceversa. Si se da la situación contraria, la
política fiscal sería inconstitucional. El Art. 226 de la Constitución lo
establece así: «El Órgano Ejecutivo, en el Ramo
correspondiente, tendrá la dirección de las finanzas públicas y estará
especialmente obligado a conservar el equilibrio del Presupuesto, hasta donde
sea compatible con el cumplimiento de los fines del Estado».
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El adjetivo es genial: sucursalero. Se lo
escuché al filósofo Enrique Dussel en varias conferencias. Designa a esa
persona que, como si estuviera en un stand, ofrece respuestas enlatadas
utilizando el pensamiento de un autor ya fallecido o vivo. En economía abundan
los sucursaleros. Autodenominados marxistas, keynesianos, ricardianos y un
largo etcétera, enlatan sus respuestas para la venta. El sucursalero es quien razona
y se expresa con eslóganes. No se apropia de teorías para meditarlas y
digerirlas, sino para vociferarlas como una verdad absoluta. El sucursalero no
piensa; repite.
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Las bases de la política fiscal presentadas por
el actual gobierno son débiles por dos razones: en primer lugar, porque se
alejan de las medidas propuestas en el Plan Cuscatlán —el más ambicioso
en cuanto a medidas fiscales— y porque están formuladas de manera
muy general. FUSADES ha descrito esta razón en un último comunicado. Pero ¿por
qué pide FUSADES solo medidas por el lado del gasto? Por supuesto que hay
instrumentos que permitirían priorizar y redirigir el gasto estatal, pero esto
no significa per se una reducción
para contribuir a la consolidación fiscal. ¿Por qué FUSADES no dice nada de
esto? La segunda razón es la más importante: las bases de la política fiscal
están desconectadas de un modelo de desarrollo. No hay claridad sobre el país
que se quiere construir no solo en los próximos cinco años, sino en los
próximos diez, quince o veinte. ¿Se dejarán bases para un desarrollo
alternativo?
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Según el FMI, el peso relativo del dólar
respecto a las reservas internacionales de divisas a nivel mundial cayó de 66%
a 61% en los últimos diez años. La economía mundial está tendiendo a la
desdolarización. Esta evolución llegará a El Salvador —más tarde que
temprano, eso sí—, por lo que se requiere un repunte
económico sustancial (un cambio radical de modelo) para hacer frente a esta
reversión que será inminente.
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Dice Carlos Scartascini, según un nuevo estudio
que publicó, que los ajustes fiscales que hace un gobierno se pagan en las
urnas. Cuando estos ajustes son brutales, se pagan con manifestaciones
populares y a veces incluso con muertes. Esto lo estamos viendo en Ecuador. El
estallido social que ocurrió tras el acuerdo con el FMI es uno de los más
grandes que se han visto desde fines de los noventa. La medida más controversial
del acuerdo y que impulsó a que cientos de personas salieran a las calles fue la
supresión de los subsidios a la gasolina y al diésel. La expectativa del
gobierno era ahorrar US$1,500 millones solo con esta medida. De esos US$1,500
millones, US$1,170 se iban a financiar con el diésel, que se utiliza
principalmente para el transporte público, y US$330 millones con la gasolina, que
afecta principalmente a automovilistas privados. En otras palabras, son los
estratos bajos y medios quienes terminan pagando el ajuste. Pero esta es la
sabiduría del FMI. ¿Cómo un gobierno puede aceptar semejante despropósito? Cuando el FMI pondera más la estabilidad
macroeconómica que el bienestar de la gente conduce inexorablemente a los
países a una crisis mayor de la que cree estar resolviendo.
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