viernes, 18 de octubre de 2019

Notas políticas / 4


En la Revista Anfibia se ha publicado un texto bajo el título La unidad básica de Twitter que debe ser leído con mucha atención por la estrategia de comunicación seguida por Nayib Bukele. Describe con gran acierto las nuevas formas de hacer política a través de las redes sociales. Explica, también, por qué fue posible que en el país tuviéramos a un presidente puesto por Twitter y Facebook; y al mismo tiempo, por qué Arena y el FMLN -los partidos otrora con mayor apoyo- han iniciado un declive vertiginoso del cual parecen no poder levantarse. Los impactos electorales de las redes sociales son innegables. Pero, a mi juicio, hay todavía una brecha gigantesca para que, de la movilización digital, pasemos a la transformación social. Más allá de ciertos hitos, debemos indagar los procedimientos para cerrar esta brecha. Mientras tanto el mejor lugar para reivindicar las luchas populares sigue siendo la calle. 
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Piketty les escamoteó -quizá para un buen lustro de años- la palabra capital a los marxistas. 

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Me llama la atención la explicación del «equilibrio reflexivo» de John Rawls. Parecería explicar un factor ausente en la vida de la sociedad salvadoreña, dando como consecuencia un sin fin de injusticias que prevalecen en distintos órdenes de la sociedad. El aborto es, quizá, el ejemplo más notable. ¿Cómo se ajustan las concepciones del aborto a los principios morales de nuestra sociedad? ¿Podremos llegar a un equilibrio reflexivo sobre este tema? 

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La construcción del universo geocéntrico de Ptolomeo es a la astronomía lo que la teoría neoclásica es a la economía; es decir: un sistema matemático complejo y con sentido, pero equivocado. 
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Si la «melancolía de izquierda» de la que habla Enzo Traverso se ha enquistado en el país, su reflejo está en los escritos y discursos de Schafik Handal. Schafik no alcanzó a ver la derrota del FMLN, pero en cierto modo la anticipó. Releer su planteamiento político cuando se interrogaba si el FMLN debía llegar al gobierno para impulsar cambios o pasar por él sin que cambie nada, resulta premonitoriamente trágico.  Siempre quedará la pregunta de si, con él dirigiendo al partido, el FMLN sería otro. 
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El país está retrocediendo en un área muy sensible: la planificación para el desarrollo. No es que antes de que Bukele eliminara la SETEPLAN existiera una estructura sólida para la planificación, pero durante 10 años se establecieron unas bases que merecían ser continuadas para el bien de la institucionalidad salvadoreña. Parece que ahora el Plan de Gobierno será asesorado por el BID, si no es que elaborado. Volvemos a la vieja práctica del recetario internacional. Formular un Plan de Gobierno (o de Nación o de Desarrollo) no consiste en hilvanar un conjunto de recetas dictadas por técnicos de organismos internacionales. Tampoco es "adaptar" las mejores prácticas. Un Plan de Nación debe provenir de un minucioso conocimiento de la historia política, económica, social y ambiental del país. Para ello no solo se requiere de la participación de técnicos, sino también de las distintas fuerzas políticas. Bukele tiene una gran oportunidad para lograr acuerdos políticos y encaminar las profundas transformaciones que requerimos. Y esto no se logra con las aspiraciones de funcionarios venidos desde Washington. 
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La izquierda salvadoreña parece estar sumida en una profunda crisis. El FMLN tuvo su derrota política más importante en el año 2018. Más allá de la pérdida de votos, hay un clima de descontento y deslegitimación hacia el partido que, al menos hasta ahora, no parece revertirse, sino al contrario, tiende a profundizarse. El partido está desarmado política e ideológicamente. El nepotismo y la corrupción son las principales razones de su declive. Los proyectos de izquierda pueden recuperarse de casi todo, menos de los golpes éticos y morales. El FMLN no ha tocado fondo. ¿Dónde está la izquierda ahora? ¿Cómo podemos reconstruirla? ¿Cómo pensar en el socialismo sin ser tachados de melancólicos o nostálgicos?
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El país tiene que movilizar recursos no para alcanzar el equilibrio presupuestario, sino para el desarrollo social. Es este último el desafío fundamental. Se puede sacrificar el equilibrio en aras del desarrollo social, pero no viceversa. Si se da la situación contraria, la política fiscal sería inconstitucional. El Art. 226 de la Constitución lo establece así: «El Órgano Ejecutivo, en el Ramo correspondiente, tendrá la dirección de las finanzas públicas y estará especialmente obligado a conservar el equilibrio del Presupuesto, hasta donde sea compatible con el cumplimiento de los fines del Estado».
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El adjetivo es genial: sucursalero. Se lo escuché al filósofo Enrique Dussel en varias conferencias. Designa a esa persona que, como si estuviera en un stand, ofrece respuestas enlatadas utilizando el pensamiento de un autor ya fallecido o vivo. En economía abundan los sucursaleros. Autodenominados marxistas, keynesianos, ricardianos y un largo etcétera, enlatan sus respuestas para la venta. El sucursalero es quien razona y se expresa con eslóganes. No se apropia de teorías para meditarlas y digerirlas, sino para vociferarlas como una verdad absoluta. El sucursalero no piensa; repite.
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Las bases de la política fiscal presentadas por el actual gobierno son débiles por dos razones: en primer lugar, porque se alejan de las medidas propuestas en el Plan Cuscatlán el más ambicioso en cuanto a medidas fiscales y porque están formuladas de manera muy general. FUSADES ha descrito esta razón en un último comunicado. Pero ¿por qué pide FUSADES solo medidas por el lado del gasto? Por supuesto que hay instrumentos que permitirían priorizar y redirigir el gasto estatal, pero esto no significa per se una reducción para contribuir a la consolidación fiscal. ¿Por qué FUSADES no dice nada de esto? La segunda razón es la más importante: las bases de la política fiscal están desconectadas de un modelo de desarrollo. No hay claridad sobre el país que se quiere construir no solo en los próximos cinco años, sino en los próximos diez, quince o veinte. ¿Se dejarán bases para un desarrollo alternativo? 
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Según el FMI, el peso relativo del dólar respecto a las reservas internacionales de divisas a nivel mundial cayó de 66% a 61% en los últimos diez años. La economía mundial está tendiendo a la desdolarización. Esta evolución llegará a El Salvador más tarde que temprano, eso sí, por lo que se requiere un repunte económico sustancial (un cambio radical de modelo) para hacer frente a esta reversión que será inminente. 

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Dice Carlos Scartascini, según un nuevo estudio que publicó, que los ajustes fiscales que hace un gobierno se pagan en las urnas. Cuando estos ajustes son brutales, se pagan con manifestaciones populares y a veces incluso con muertes. Esto lo estamos viendo en Ecuador. El estallido social que ocurrió tras el acuerdo con el FMI es uno de los más grandes que se han visto desde fines de los noventa. La medida más controversial del acuerdo y que impulsó a que cientos de personas salieran a las calles fue la supresión de los subsidios a la gasolina y al diésel. La expectativa del gobierno era ahorrar US$1,500 millones solo con esta medida. De esos US$1,500 millones, US$1,170 se iban a financiar con el diésel, que se utiliza principalmente para el transporte público, y US$330 millones con la gasolina, que afecta principalmente a automovilistas privados. En otras palabras, son los estratos bajos y medios quienes terminan pagando el ajuste. Pero esta es la sabiduría del FMI. ¿Cómo un gobierno puede aceptar semejante despropósito?  Cuando el FMI pondera más la estabilidad macroeconómica que el bienestar de la gente conduce inexorablemente a los países a una crisis mayor de la que cree estar resolviendo.

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