Desde hace
cuatro años, I. ha vivido en nuestra casa dependiendo de otros; desde hace dos,
postrada en cama. Ya no sabemos si nos reconoce. Su habla es cada vez más
escueta y gutural. Un «sí»
o un «no» son casi ininteligibles. La vida es compleja: pese a todo, I. todavía
ríe y canta. Sigue las melodías con un tarareo casi exacto. Algunas veces
pienso que I. es como esas plantitas que se abren camino en las superficies
muertas. Una higuerilla, quizá, que crece en los lugares más escarpados. I.
tuvo cinco hijas y cuatro hijos, todos de difícil crianza. Cuidó a un buen
número de nietos, hasta que el cuerpo dijo ya no más. Ahora está en cama con
noventa años encima. Su vida quizá transcurra como la cámara en La escafandra y la mariposa: una
experiencia de encierro. No lo sabremos nunca. «Podría romperme una cadera,
podría ponerme senil; podría quedar postrada en la cama durante años: de ese
tipo de cosas estamos hablando. Reconozco esas posibilidades, pero la cuestión
para mí es esta: ¿por qué habría de imponerle a mi hija la carga de cuidarme?»,
reflexiona Elizabeth Costello en uno de los Siete
cuentos morales de J.M Coetzee. Sentí de pronto estar en uno de estos
cuentos. Son relatos que plantean problemas difíciles como la vida misma. ¿Qué
moral nos permite juzgar a una mujer felizmente casada y felizmente en
constante adulterio? ¿Por qué habríamos de ver mal a quien en su vejez desea
sentirse deseado/a? Una mujer entrada en años dice: «quiero que de nuevo me
miren. Que una o dos veces más en la vida alguien me mire como se mira a una
mujer». También vuelve el dolor de los animales. La analogía se la debemos a la
aguda Elizabeth Costello: los mataderos de pollos como campos de concentración.
Una extensión del mal humano. Los siete
cuentos morales de Coetzee no son sino aquello que decía Pavese sobre la
literatura: una defensa contra las ofensas de la vida.
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