jueves, 27 de febrero de 2020

Reflexiones sobre el cansancio


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En el año 2010, en China, una ola de suicidios en la planta de Shenzhen de Foxconn, el mayor productor de componentes tecnológicos del mundo, despertó masivas protestas por las extenuantes condiciones laborales a las que eran sometidos sus trabajadores. Ese año se suicidaron 14 empleados de la empresa. Entre 2011 y 2012, el periódico inglés The Daily Mail recogió algunos testimonios de los trabajadores de la planta de Shenzhen. Una de las voces dijo que su vida estaba vacía y que trabajaba como una máquina. En el año 2014, Xu Lizhi, que además de empleado de Foxconn era poeta, se lanzó desde el piso 17 del edificio habitacional donde vivía, cerca de la planta de Shenzhen. Tenía solo veinticuatro años. Sus poemas se conservaron y fueron luego publicados bajo el título Un nuevo día. Vemos en algunos de ellos el reflejo encarnizado de la sociedad del cansancio. En Esperar en fila, escribe:
«La multitud en esta ciudad
sube y baja por las calles,
sube y baja los puentes peatonales, hacia el metro
sube y baja esta tierra,
y cada vuelta es una vida.
Esta especie impulsada y consumida por el fuego,
tan ocupada desde que nace hasta que muere.
Solo cuando llega la muerte dejan de saltarse la fila,
bajan la cabeza, ordenadamente
y vuelven a hacer una madriguera en el vientre de su madre».

Si bien Foxconn se convirtió en el epítome del capitalismo globalizado, las condiciones laborales generadoras de cansancio, esas que ademáscosifican a la persona, se extienden a lo ancho del mundo, desde las empacadoras de mariscos de Luisiana hasta las fábricas de Bangladesh, pasando por las maquilas centroamericanas.

2

En el año 2016 un conocido tuvo un accidente de tránsito. En el habitual tráfico matutino del bulevar Constitución, una joven quizá veinteañera— se quedó dormida al volante e impactó directo en el carro de él. Ella recién había terminado su jornada laboral nocturna en un supermercado grande del país y llevaba más de veinticuatro horas despierta. Se la llevaron de emergencia al hospital con una herida en la boca. El cansancio se manifiesta de diversos y peculiares modos en el tráfico vehicular, no solo ya a través de accidentes como el que he descrito, sino a través de injurias entre conductores, pitidos fastidiosos, estrés e histeria colectiva. Los embotellamientos citadinos son otra de las fuentes sociales del cansancio. Sin irnos a las grandes urbes del mundo, en San Salvador, según un estudio reciente del Banco Interamericano de Desarrollo, el 93% del transporte que circula en el área metropolitana es privado (auto y camioneta, motos, camiones, taxis, pick ups y otros) y solo el 7% restante es transporte público. Además, las velocidades predominantes de circulación oscilan entre los 10 km/h y 30 km/h, señal evidente de tráfico lento. Es que el uso del automóvil supone una paradoja que señaló ya André Gorz hace mucho tiempo, pero que ahora es más evidente que nunca: «mientras más se difunden los vehículos rápidos, más tiempo dedican y pierden las personas en desplazarse». Esta pérdida de tiempo no solo genera frustraciones y cansancio en los individuos que viajan encerrados en sus cápsulas motorizadas —y también para los que viajan en el transporte público que termina por atascarse—, también supone la proliferación de conductas antisociales y prácticas antiecológicas —y esto sin hablar de la inequidad que supone en el uso del espacio vial para el peatón, el marginado de siempre.  

3

Los avances tecnológicos han generado infinitas posibilidades de interacción virtual durante el tiempo libre de las personas. Antes había que desplazarse a un blockbuster para ver una película, ahora basta con apretar un botón para encender Netflix, HBO Go o Amazon Prime, entre otras plataformas. En un sentido más general, ahora el ocio o el tiempo libre se asocian al multitasking. La red ha permitido que, mientras se ve maratónicamente una serie de Netflix, se puedan responder al mismo tiempo decenas de chats en WhatsApp. La red ha permitido que un viaje en bicicleta o una caminata por una montaña, al mismo tiempo en que cumplen su papel lúdico, sean registros del movimiento de las personas en los smartwatchs. La red ha permitido que, cada vez con mayor rapidez, sea posible desplazarse de una ciudad a otra, alquilar una habitación o realizar compras domésticas. Sin embargo, pese a estas novedades, no en vano buena parte de las producciones artísticas sobre los efectos de la tecnología en nuestras vidas se basan en mostrarnos a series solitarios, estresados o enajenados por las abrumadoras posibilidades de la vida en red (piénsese en la serie británica Black Mirror o en la novela Kentukis de la escritora argentina Samanta Schweblin). Porque si bien la época del 5G nos ha facilitado varias tareas, lo ha hecho a costa de una rutina más veloz y maquinal. Así, el rendimiento de la empresa se extrapola al rendimiento de lo virtual. El cansancio no desaparece, se magnifica por hiperactividad.

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El tiempo categoría central que la economía convencional ignora está distribuido de manera desigual entre hombres y mujeres para llevar a cabo tareas sociales. El cansancio se multiplica para las mujeres por la denominada «doble presencia», que les implica responsabilidades y energía en dos tipos de trabajos diferentes (no obstante, íntimamente relacionados): el mercantil y el de cuidados. Como ha explicado el feminismo, el trabajo de cuidados se ha vinculado a la mujer en un doble sentido: en primer lugar, en un sentido material, en la medida en que la producción capitalista exigió una nueva organización familiar y un nuevo control sobre el cuerpo de las mujeres; y, en segundo lugar, en un sentido simbólico, ya que el trabajo de cuidados se ha naturalizado, como si este fuera una capacidad consustancial de las mujeres. Los resultados de esta distribución desigual en el tiempo han sido publicados por el Fondo Monetario Internacional que de antisistema y feminismo tiene poco o nada que agregar, pero cuyo interés en el tema es un síntoma de la importancia que ha revestido a nivel global— señalando algunas cifras que deberían escandalizarnos: a nivel mundial, las mujeres dedican en promedio 4,4 horas para realizar tareas no remuneradas (entiéndase tareas para el mantenimiento de la vida), frente a apenas 1,7 horas en el caso de los hombres. Las diferencias entre países son notables: en Noruega (donde todo parece ir bien siempre) la diferencia es pequeña, dedicando las mujeres 3,7 horas y los hombres 3, pero, en Egipto, las mujeres dedican 5,4 horas por día y los hombres apenas 35 minutos. En Estados Unidos, esta relación es de 3,8 horas en labores no remuneradas para las mujeres, y los hombres, 2,4. En El Salvador, según un estudio reciente, en el año 2010 las mujeres dedicaron en promedio 2,4 horas más que los hombres a las actividades del hogar (y es una cifra a todas luces subestimada). El capitalismo genera continuamente cansancio, pero además lo cuadruplica para las mujeres, quienes realizan, de manera gratuita y bajo esquemas de explotación, el cuido que necesita el engranaje para mantenerse a flote.

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La sociedad actual, basada en el rendimiento y en la técnica, castiga el cansancio con despidos masivos para quienes lo sienten (Foxconn como caso ejemplar). El cansancio no solo atenta contra la tasa de ganancia de las empresas, sino que erosiona los lazos afectivos de la comunidad.  Se pensó que a nosotros nos tocaría vivir del tiempo libre, una época en la que la ciencia nos libraría de las ataduras del problema económico para dedicarnos a la contemplación de la vida como creyó Keynes, que de utopista poco tenía, pero ocurrió que, en realidad, nunca habíamos gozado de menos tiempo libre. Del trabajo a la abundancia icónica de internet o del trabajo a otros dos trabajos más para suplir los salarios insuficientes, la persona común del 2020 está presa. No hay espacio para conocerse a sí mismo, menos para conocer al otro. El cansancio divide a los humanos porque hipertrofia el compartir. Subsume constantemente sus actividades a la velocidad y a parámetros de evaluación, los pilares de lo que el sociólogo Steffen Mau ha llamado «la sociedad métrica»: horarios de trabajo estrictos o flexibles, horas extras, colas interminables en las autopistas o en los bancos, rankings, ratings, likes, retuits. Como sonámbulos, casi sin excepción, las personas caminan por las aceras deseando llegar a sus casas para que, en el mejor de los casos, puedan cenar, dormir, levantarse e iniciar nuevamente otra jornada más.

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En su aclamado libro La sociedad del cansancio, el filósofo coreano Byung-Chul Han ha expuesto al dopaje en el deporte de alto rendimiento como un caso paradigmático del cansancio. Escribe: «la mera prohibición [del dopaje] no impide la tendencia de que ahora no solo el cuerpo, sino el ser humano en su conjunto se convierta en una máquina de rendimiento». Y concluye su ensayo con una frase lapidaria: «el exceso del aumento de rendimiento provoca el infarto del alma». ¿Cómo salir de esta situación? ¿Cómo prevenir el infarto del alma? Siendo un resultado del sistema, transgredir las prácticas generadoras de cansancio supone también transgredir las propias relaciones del capitalismo, no solo las relaciones económicas (productivas, distributivas y de consumo) como sigue creyendo el marxismo dogmático, sino también las relaciones culturales, políticas, jurídicas y, ahora más que nunca, tecnológicas. El giro epistemológico para pensar un nuevo pacto social, una nueva constitución ecológica-social que origine políticas públicas que se orienten hacia la sostenibilidad de la vida (material, ecológica, afectiva), la brinda la teoría de los cuidados: el reto es pasar de los tiempos medidos a los tiempos vividos. Anteponer la lógica de la vida a la lógica del capital. Y, por supuesto, esto no deja de ser una utopía en un mundo donde el capital se ha internacionalizado y globalizado. Después de todo, como escribió Claudio Magris, la utopía significa no rendirse a las cosas tal y como son y luchar por las cosas tal y como debieran ser.

miércoles, 26 de febrero de 2020

Privilegios


Qué privilegio es estar sentado en esta mesa, hablando de nuestros privilegios. La espuma de la cerveza rebalsando por encima de una jarra fría. Vos hablando de un videojuego que recién has comprado; vos explicando la diferencia entre el todes y el todos; vos señalando las contradicciones en los fallos de los juristas; vos arguyendo sobre lo cotidiano en los cuentos de Raymond Carver; vos contando sobre los monumentos que viste en tu visita a Praga. Y del otro costado, las caras pálidas y cadavéricas de los inmundos. Los tiesos mendrugos dispuestos sobre la mesa para ser masticados. Las costillas de una niña como cordilleras alzándose debajo de un vestido azul. 

Qué privilegio es estar sentado en esta mesa, escribiendo de nuestros privilegios. El café humea y son las dos de la tarde. Vos escribiendo sobre el Ur-fascismo de Umberto Eco; vos enviando un email con rigor académico; vos terminando un ensayo sobre la metafísica del sexo; vos impugnando a tus subordinados sobre el trabajo de ayer; vos subiéndote a tu carro para ir a hacer las compras al supermercado. Y del otro costado, como el Sísifo y su piedra, una mujer empuja un carretón por una pendiente larga. El niño se quita el uniforme para ir a arreglar con su papá los solenoides averiados de los carros. Los trabajadores de los bancos saliendo de su jornada con los ojos hinchados. 

Qué privilegio es estar sentado en esta mesa, guardando una libreta, la taza del café y leyendo, otra vez, el poema de Jorge Debravo que originó todo esto: «Si estira uno los ojos en medio de la noche, / ve rostros desolados, manos encallecidas, / (…) gentes pobres aullando de abandono, / injusticias rugiendo como grandes panteras…/ Y ve también lujosas residencias,/ y hombres millonarios durmiendo francamente, / mujeres millonarias barajando los naipes, / sacerdotes contando monedas egoístas, / políticos sudando discursos de alegría, / comerciantes soñando con chequeras, etcétera, / como si todo fuera de miel sobre la tierra»

¿Abandonaremos el privilegio de ver a las estrellas danzando en el cielo? ¿De dormirse sabiendo que estaremos vivos en la mañana?

martes, 18 de febrero de 2020

Glosas - Semana II


A veces tengo ganas de vivir una vida distinta, o dos, o tres, o todas las que alcance antes de morir. A veces suena el celular y contesto con la expectativa de que algo extraordinario suceda, como escuchar, del otro lado, una voz que diga: «¿Hablo con el psicólogo M.?». Y no decir «disculpe, se equivocó de número», sino replicarle que sí, que soy el psicólogo M., que qué le puedo ofrecer. Algo así como lo que le aconteció a Paul Auster una llamada equivocada preguntando por una agencia de detectives y que lo llevó a escribir el genial inicio de City of glass. ¿Quién no ha querido emprender, aunque sea por un ínfimo período de tiempo, esa otra vida simulada? ¿Por qué me pregunto— la vida no nos basta? Es verdad que los libros, de cierta manera, nos hacen vivir esas otras vidas ajenas. Pero hay días en los que no se puede leer nada. Y no se nos es dado transportamos a extraños parajes ni conocer personajes memorables. Entonces es cuando la vida nos ahoga, y se requiere un desdoblamiento vital para no hundirse en el abismo. 

Alguien dijo sobre la obra del escritor español Juan Marsé, que después de leer sus novelas ya nadie sería marxista, sino marsista. Similar fenómeno ocurre con la poesía de Jaime Sabines: ahí donde un titular de un periódico dice Jaime Salines, yo leo Sabines. Sus poemas empiezan a ser como fantasmas que se atraviesan por las noches y en los momentos solitarios. Uno sabe que está frente a un gran poeta cuando un verso transforma la cola de un banco en una introspección literaria. Sabines lo logra con creces. Tiene poemarios inolvidables, columnas resistentes al tiempo, como Horal, donde el lenguaje llano adquiere una sonoridad elocuente: («Uno nació desnudo, sucio, / en la humedad directa, / y no bebió metáforas de leche, / y no vivió sino en la tierra / (la tierra que es la tierra y es el cielo / como la rosa rosa pero piedra)»; otros, como Diario Semanario y Poemas en Prosa o Yuria, que forjan una estética de lo cotidiano. Sabines escribe sobre un domingo, un estadio de fútbol, un televisor, el dinero. Un día se levanta y escribe: «Esta mañana imaginé mi muerte / despeñado en el coche o de un balazo. / Me tuve lástima. Lloré por mi cadáver un buen rato. / Hablé luego de vacas, del gobierno, / de lo caro que está la vida, / y me sentí mejor, un poco bueno». Sabines parece tener una poesía romántica, pero en modo alguno lo es. O lo es en la medida en que también es reflexiva, mística y autodestructiva. Si habla del amor no es para hacer un canto al amor eterno, sino para hablar también de la enfermedad y la muerte. Dice: «Hay un modo de que me hagas completamente feliz, amor mío: muérete». 

Después de unos meses, el nuevo gobierno despejó las dudas sobre su andar: camina como el cangrejo, o sea, para atrás. El presidente se equivocó: no hemos pasado la página de la posguerra, pero sí llegamos a la página de la posverdad. Si en algo creímos haber avanzado (aun con trompicones y marrullerías) era en el acceso a la información pública y en la transparencia; ahora, la falsificación y la mentira son una política pública institucionalizada. Si bien los militares ya estaban en la calle (para desgracia nuestra), hoy han vuelto a raptar instituciones. El domingo 9 de febrero se fusionó el autoritarismo de las élites con el militarismo más prosaico. Si a esta fusión le sumamos la conversación que tuvo el presidente con dios, tenemos la fórmula perfecta para dinamitar nuestra incipiente democracia.