martes, 18 de febrero de 2020

Glosas - Semana II


A veces tengo ganas de vivir una vida distinta, o dos, o tres, o todas las que alcance antes de morir. A veces suena el celular y contesto con la expectativa de que algo extraordinario suceda, como escuchar, del otro lado, una voz que diga: «¿Hablo con el psicólogo M.?». Y no decir «disculpe, se equivocó de número», sino replicarle que sí, que soy el psicólogo M., que qué le puedo ofrecer. Algo así como lo que le aconteció a Paul Auster una llamada equivocada preguntando por una agencia de detectives y que lo llevó a escribir el genial inicio de City of glass. ¿Quién no ha querido emprender, aunque sea por un ínfimo período de tiempo, esa otra vida simulada? ¿Por qué me pregunto— la vida no nos basta? Es verdad que los libros, de cierta manera, nos hacen vivir esas otras vidas ajenas. Pero hay días en los que no se puede leer nada. Y no se nos es dado transportamos a extraños parajes ni conocer personajes memorables. Entonces es cuando la vida nos ahoga, y se requiere un desdoblamiento vital para no hundirse en el abismo. 

Alguien dijo sobre la obra del escritor español Juan Marsé, que después de leer sus novelas ya nadie sería marxista, sino marsista. Similar fenómeno ocurre con la poesía de Jaime Sabines: ahí donde un titular de un periódico dice Jaime Salines, yo leo Sabines. Sus poemas empiezan a ser como fantasmas que se atraviesan por las noches y en los momentos solitarios. Uno sabe que está frente a un gran poeta cuando un verso transforma la cola de un banco en una introspección literaria. Sabines lo logra con creces. Tiene poemarios inolvidables, columnas resistentes al tiempo, como Horal, donde el lenguaje llano adquiere una sonoridad elocuente: («Uno nació desnudo, sucio, / en la humedad directa, / y no bebió metáforas de leche, / y no vivió sino en la tierra / (la tierra que es la tierra y es el cielo / como la rosa rosa pero piedra)»; otros, como Diario Semanario y Poemas en Prosa o Yuria, que forjan una estética de lo cotidiano. Sabines escribe sobre un domingo, un estadio de fútbol, un televisor, el dinero. Un día se levanta y escribe: «Esta mañana imaginé mi muerte / despeñado en el coche o de un balazo. / Me tuve lástima. Lloré por mi cadáver un buen rato. / Hablé luego de vacas, del gobierno, / de lo caro que está la vida, / y me sentí mejor, un poco bueno». Sabines parece tener una poesía romántica, pero en modo alguno lo es. O lo es en la medida en que también es reflexiva, mística y autodestructiva. Si habla del amor no es para hacer un canto al amor eterno, sino para hablar también de la enfermedad y la muerte. Dice: «Hay un modo de que me hagas completamente feliz, amor mío: muérete». 

Después de unos meses, el nuevo gobierno despejó las dudas sobre su andar: camina como el cangrejo, o sea, para atrás. El presidente se equivocó: no hemos pasado la página de la posguerra, pero sí llegamos a la página de la posverdad. Si en algo creímos haber avanzado (aun con trompicones y marrullerías) era en el acceso a la información pública y en la transparencia; ahora, la falsificación y la mentira son una política pública institucionalizada. Si bien los militares ya estaban en la calle (para desgracia nuestra), hoy han vuelto a raptar instituciones. El domingo 9 de febrero se fusionó el autoritarismo de las élites con el militarismo más prosaico. Si a esta fusión le sumamos la conversación que tuvo el presidente con dios, tenemos la fórmula perfecta para dinamitar nuestra incipiente democracia.

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