A veces
tengo ganas de vivir una vida distinta, o dos, o tres, o todas las que alcance
antes de morir. A veces suena el celular y contesto con la expectativa de que
algo extraordinario suceda, como escuchar, del otro lado, una voz que diga: «¿Hablo con el psicólogo M.?». Y no decir «disculpe, se equivocó de número», sino replicarle que sí, que soy el
psicólogo M., que qué le puedo ofrecer. Algo así como lo que le aconteció a
Paul Auster —una llamada equivocada preguntando
por una agencia de detectives— y que lo llevó a escribir el genial
inicio de City of glass. ¿Quién no ha
querido emprender, aunque sea por un ínfimo período de tiempo, esa otra vida
simulada? ¿Por qué —me pregunto— la vida no nos basta? Es verdad que los libros, de cierta manera, nos
hacen vivir esas otras vidas ajenas. Pero hay días en los que no se puede leer
nada. Y no se nos es dado transportamos a extraños parajes ni conocer
personajes memorables. Entonces es cuando la vida nos ahoga, y se requiere un
desdoblamiento vital para no hundirse en el abismo.
Alguien dijo sobre la obra del escritor español Juan Marsé,
que después de leer sus novelas ya nadie sería marxista, sino marsista. Similar
fenómeno ocurre con la poesía de Jaime Sabines: ahí donde un titular de un
periódico dice Jaime Salines, yo leo Sabines. Sus poemas empiezan a ser como
fantasmas que se atraviesan por las noches y en los momentos solitarios. Uno
sabe que está frente a un gran poeta cuando un verso transforma la cola de un
banco en una introspección literaria. Sabines lo logra con creces. Tiene
poemarios inolvidables, columnas resistentes al tiempo, como Horal, donde el lenguaje llano adquiere
una sonoridad elocuente: («Uno nació desnudo, sucio, / en la humedad directa, /
y no bebió metáforas de leche, / y no vivió sino en la tierra / (la tierra que
es la tierra y es el cielo / como la rosa rosa pero piedra)»; otros, como Diario Semanario y Poemas en Prosa o Yuria, que forjan una estética de lo
cotidiano. Sabines escribe sobre un domingo, un estadio de fútbol, un televisor,
el dinero. Un día se levanta y escribe: «Esta mañana imaginé mi muerte /
despeñado en el coche o de un balazo. / Me tuve lástima. Lloré por mi cadáver
un buen rato. / Hablé luego de vacas, del gobierno, / de lo caro que está la
vida, / y me sentí mejor, un poco bueno». Sabines parece tener una poesía
romántica, pero en modo alguno lo es. O lo es en la medida en que también es
reflexiva, mística y autodestructiva. Si habla del amor no es para hacer un
canto al amor eterno, sino para hablar también de la enfermedad y la muerte.
Dice: «Hay un modo de que me hagas completamente feliz, amor mío: muérete».
Después de unos meses, el nuevo gobierno despejó las dudas
sobre su andar: camina como el cangrejo, o sea, para atrás. El presidente se
equivocó: no hemos pasado la página de la posguerra, pero sí llegamos a la
página de la posverdad. Si en algo creímos haber avanzado (aun con trompicones
y marrullerías) era en el acceso a la información pública y en la
transparencia; ahora, la falsificación y la mentira son una política pública
institucionalizada. Si bien los militares ya estaban en la calle (para
desgracia nuestra), hoy han vuelto a raptar instituciones. El domingo 9 de
febrero se fusionó el autoritarismo de las élites con el militarismo más
prosaico. Si a esta fusión le sumamos la conversación que tuvo el presidente
con dios, tenemos la fórmula perfecta para dinamitar nuestra incipiente
democracia.
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