Veo un documental
que transcurre en la Ciudad de México. Quebranto
trata sobre la vida de Coral Bonelli, actriz, cantante y bailarina trans, que
en otro tiempo fue mejor conocida como Pinolito, cuando todavía se conocía como
Fernando García, actor infantil. Lejos del melodrama con morbo, el realizador
Roberto Fiesco no se inmiscuye en la transformación genérica de Bonelli, ni
muestra la homofobia (que hubo, y mucha, como en cualquier otra ciudad
latinoamericana) a la que fue expuesta. En cambio, teje en una historia
profundamente humana los hilos sentimentales que unen a Bonelli con su madre,
la también actriz Lilia Ortega, mientras ambas evocan su pasado, mientras
Bonelli padece una diabetes que terminará por matarla, mientras sobreviven en
la pobreza y en la marginación de una urbe gigante, mientras ambas añoran una
vida artística distinta. Y sí: el documental es su vida, pero también el
retrato de una ciudad, con sus grandezas y miserias. Todavía pueden verse
documentales sobre México que no sean de narcos o de comida callejera. Está en
Youtube.
Leo un opúsculo
sobre uno de esos temas de los que solo escribe la gente nerd (y para precisar,
nerds alemanes). Se llama Theory of the
Hashtag (Polity, 2019). Lo escribe Andreas Bernard, profesor de estudios
culturales de la universidad de Lüneburg. (¿Les suena el nombre? Puede ser uno
de los personajes de Westworld, con
lo cual el libro tendría más sentido). Trata sobre ese símbolo —digamos—
ridículo. Hasta no hace mucho, solo lo veíamos en los teléfonos o en los
teclados de los dispositivos electrónicos. Después, se ha convertido en varias
cosas: en amenaza, en reivindicación, en desprestigio, en colectivo, en
movimiento, en denuncia. Bernard traza su genealogía: explica, en un muy
apretado capítulo, que su antepasado es el signo de libra «lb», que Newton lo utilizó en sus tratados, que después se incluyó
en las primeras máquinas de escribir, que en ajedrez se utiliza para avisar el
jaque mate, que IBM lo puso en su primera computadora, que AT&T lo puso en
sus primeros teléfonos. Ahora, el simbolito está en todos lados. Ahora, ha puesto
a presidentes impensables y puede construir movimientos globales en un
santiamén. Fito Páez se equivocó: el mundo no cabe en una canción, cabe en un
hashtag. Yo pienso que deberíamos temerle y por eso mismo debemos conocerlo.
Murió George
Steiner. Con él, se ha ido uno de los maestros que nos enseñó como nadie a
disfrutar, interpretar y hacer de la cultura un modo de vida. Nos enseñó a
mantener siempre viva la chispa del asombro frente a la literatura, la música,
las artes, la filosofía ¡y tantas cosas más!, porque —para él— no hay nada en la condición humana más desconcertante que el hecho de
que se pueda significar y/o decir algo. Un soneto, un cuadro, una nota musical,
¿qué son sino expresiones enigmáticas que se alejan de lo obvio? Después de haber leído Errata. Examen de una vida, su recuento autobiográfico, supe que jamás
había leído de verdad un libro. Después de que uno aprende de Steiner que leer es
intentar una vida nueva, los significados empiezan a retorcerse como hierros
fundiéndose. Cuando le preguntaron qué es ser judío, Steiner replicó: «Un judío
es un hombre que, cuando lee un libro, lo hace con un lápiz en la mano porque
está seguro de que puede escribir otro mejor». Esa enseñanza se extrapola a su
crítica literaria: Steiner nos enseña a leer mejor y a creer que es posible
escribir ese libro aun inexistente. Ese, creo, es uno de sus tantos legados.
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