En veintiséis años, trato de recordar algún período en el que se haya
vivido tanta zozobra como hoy, pero no encuentro ninguno. No se trata solo del
confinamiento, sino del hambre. Sobre todo del hambre. Soy de los privilegiados
—en un país que siempre está al borde del desbarrancadero— de aislarme con la
refrigeradora llena, de poder leer una novela, garabatear un verso, ver una
película de David Lynch o salir al patio solo para ver si las plantas no están
muriéndose. A la vuelta, los vigilantes que custodian la residencial donde vivo
almuerzan una tortilla con una pierna de pollo y cuajada. En la noche solo será
una tortilla con frijoles. No lucen mascarillas ni guantes, ni mucho menos
están pensando en la cuarentena domiciliar. Su jornada se extiende por 24
horas, en uno de los trabajos menos regulados y de mayor explotación laboral.
Para ellos no existe el teleworking;
al contrario: trabajan para que las casas de las clases medias y altas sean
lugares seguros de aislamiento. Su presencia se ha vuelto casi un accesorio del
paisaje urbano: están ahí, parados, y se los ve como si no tuvieran vida, una
casa o sueños. Uno de ellos, a quien llamaremos H., me dice: «mi esposa trabaja
en una maquila, no quieren pagarle completo el mes. Sin eso no nos va a alcanzar
para comer». H., por suerte, recibirá el subsidio de 300 dólares que ha
prometido el gobierno. Un respiro, aunque sea solo momentáneo. Son 300 dólares
para alimentar a seis personas en su hogar. Como H., hay miles que están en la
misma situación, pero que no podrán recibir la ayuda gubernamental (por las
ineptitudes e improvisaciones del mismo gobierno). O no ahora, cuando el hambre
ya empieza a manifestarse. En el telediario, le preguntan a un hombre que había
salido a la calle: «¿Usted sabe que está prohibido salir?». «Sí —responde el
hombre— está prohibido, pero a mí ¿quién me va a dar de comer en la
casa?».
En un artículo reciente, el sociólogo portugués Boaventura de Sousa
Santos dijo que la peligrosidad específica de esta crisis es que profundizará
las múltiples crisis que ya eran parte de nuestra normalidad. Y nuestra
normalidad eran trabajos precarios que se precarizarán aún más y estómagos
vacíos que hambrearán más. Las largas colas de personas que se aglutinaron el
lunes afuera de las sedes del Cenade y de algunas instituciones bancarias
obedecen a esta peligrosidad específica. Una peligrosidad específica que se ha
desencadenado porque no se ha entendido que la dicotomía de elegir entre la
vida y la economía es falsa: forman parte de un todo indisoluble que es el
trabajo vivo, el fundamento de cualquier actividad económica, con sus músculos,
nervios e intelecto funcionando en condiciones sanas. Una peligrosidad
específica que fue descrita por John Steinbeck en Las uvas de la ira (¡y
cómo vale la pena recordarlo hoy!), esa genial novela sobre la crisis de 1929:
«Las compañías poderosas no sabían que la línea entre el hambre y la ira es muy
delgada. Y el dinero que podía haberse empleado en jornales se destinó a gases
venenosos, armas, agentes y espías, a listas negras e instrucción militar. En
las carreteras la gente se movía como hormigas en busca de trabajo, de comida.
Y la ira comenzó a fermentar». Sustitúyanse algunas palabras y se entenderá lo
que puede provocar el gobierno sino rectifica sus medidas. Las propuestas ya se
las han hecho llegar. Solo falta que escuche, haga autocrítica y corrija el
camino. Si no el hambre se volverá una amenaza mayor que el mismo virus.
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