jueves, 9 de julio de 2020

Cinema Pirata - Sobre Los insólitos peces gato

Los insólitos peces gato (2013)

 

Nadie sabe cuáles serán los efectos que tendrá el COVID-19 en nuestras vidas futuras. Nadie sabe si de esta situación apocalíptica vamos a aprender algo. Sobre el tema, Javier Cercas ha recordado una frase de G. B. Shaw para estos días: «Lo único que se aprende de la experiencia, es que no se aprende nada de la experiencia». Quiero ser más optimista que Cercas y que Shaw. Quiero creer que sí hemos aprendido algo.

Quiero creer que la pandemia nos ha educado. Y como en todo proceso, algunos aprenden y otros no. El sociólogo portugués Boaventura de Sousa Santos dice que la pandemia nos ha educado con una «cruel pedagogía», porque nos ha hecho ver nuestros errores a costa de miles de muertes y cuando ya era demasiado tarde.

Quiero creer —no, corrijo, estoy convencido— que, si algo nos han demostrado estos meses insólitos, es que somos seres de cooperación y relación. Que somos seres interdependientes. Que nuestra esencia no es lo que Ricard Dawkins llamaba «el gen egoísta», sino la comunalidad. El «quédate en casa», la reapropiación de los bienes comunes que el neoliberalismo desmanteló, el altruismo, las redes solidarias, el trabajo social de miles de personas, eso nos ha salvado. Eso nos define como especie. El individualismo nos hubiera aniquilado.

Y pienso todo esto cuando termino de ver Los insólitos peces gato (2013) de Claudia Sainte-Luce, una hermosa representación de lo que significan las relaciones humanas. La película se centra en Claudia, una muchacha que vive huérfana desde los dos años en la Ciudad de México. Para sobrevivir trabaja en un almacén vendiendo cosméticos y embutidos. Cierto día siente un punzón en la panza y la hospitalizan. Ahí, en el hospital —hoy por hoy la figura del terror—, conoce a Marta, una mujer que es el sostén de una familia disfuncional y caótica, como disfuncionales y caóticas son casi todas las familias. Ambas están en camas adyacentes, pero las separa un abismo. A Claudia le extirparán el apéndice, su padecimiento será pasajero; Marta tiene sida y está al borde de la muerte. La soledad de la jovencísima y desamparada Claudia encontrará un refugio en la familia de esa mujer moribunda. La disfuncional familia de Marta encontrará en Claudia un apoyo para atravesar la situación límite del luto anticipado.

No dejo de pensar en ese lazo estrechado en las fronteras de la enfermedad y el dolor. Ese lazo que hermana en los lindes de una vida. Ese lazo que le hace decir a Marta: «Claudia…no sé en qué momento te tuve. No te vayas nunca de nosotros y gracias por aparecerte en nuestras vidas». ¿Cuántos de estos vínculos nacerán después de estos meses de confinamiento y de pérdida?

A esta hora cae una lluvia torrencial y vuelvo a pensar en los frágiles que somos. Si, de verdad, vamos a aprender que, como Marta y Claudia, la convivencia redime. O si volveremos al sálvese quien pueda, como dos pacientes en camas adyacentes que nunca se hablan.


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