miércoles, 24 de noviembre de 2021

La peor parte

 


      

        Desde que supe de su publicación, me había resistido a leer La peor parte: memorias de amor, el recuento biográfico que hizo Fernando Savater de la vida en común que vivió durante más de treinta años con su fallecida esposa Sara Torres o, como él y sus amigos le decían cariñosamente, Pelo Cohete.

           A cada libro le llega su hora, reza el cliché, y supongo que a mí me llegó la hora con La peor parte. Durante la pandemia, había rehuido de las lecturas amargas y tristes. Y entrar a un libro que, en parte, es celebración de vida y, en otra, inmersión en un duelo permanente, podía desajustar ese equilibrio que me había autoimpuesto para sobrellevar los tiempos víricos.

       Savater no ocultó su pesadumbre. Luego de dos años de la muerte de Pelo Cohete, escribió en una columna para El país que su mundo se había vuelto un mundo sin sustancia. Siguiendo a Freud, describió su duelo como una condena: «Y los sitios que recorrimos juntos están hoy cubiertos de sudarios, como esas sábanas que tapan las formas incómodas de los muebles en una casa abandonada. Los platos más sabrosos, crujientes, aromáticos... comienzan a deleitarme la boca pero luego adquieren insipidez y amargura de ceniza. Llega el infierno y se revela mi condena, la más atroz: creer que estoy vivo y que es ella la que ha muerto». 

       Los duelos suelen estar acompañados por pensamientos mágicos. Cuando falleció su esposo, Joan Didion contó que empezó a vaciar los armarios, tirando camisas y abrigos, excepto por los zapatos: si él volvía no podía estar descalzo. Después de que falleciera mi abuelo paterno, mi abuela confesó que lo encontraba fumando en el baño durante las madrugadas. «Siento el olor a tabaco», decía. Incrédulo como siempre ha sido, Savater se limita a lo terrenal: «desde que murió…no he pasado ni una hora sin recordarla, ni un solo día sin derramar lágrimas por ella».

           Pero La peor parte no es un libro triste, sino todo lo contrario. Paradójicamente, es uno de los libros más divertidos de Savater. Leer las andanzas de él y su esposa, la compenetración que tenían ambos, sus rituales de adolescentes enamorados incluso en la vejez, las riñas ínfimas y las reconciliaciones, la cursilería a flote; cada uno de esos recuerdos no prefigura la peor parte, sino la mejor en la vida de Fernando.

           Recordando la afición que su querida Pelo Cohete tenía a la fotografía, Savater compara su historia de amor con las fotos de una vieja Polaroid. Como en estas, el amor se revela. Y el suyo fue mostrándose poco a poco ―mientras se agitaba la cartulina―, primero borroso y confuso, hasta alcanzar la máxima nitidez.

       Una de las partes más divertidas y conmovedoras de La peor parte ocurre cuando el profesor de ética y filosofía se convierte en un aprendiz de poeta. Sin ocultar su rubor, Savater desempolva viejas cartas que divierten por su candor. Le escribe a su Pelo Cohete: «Eres la victoria de lo inesperado y jubiloso sobre el horizonte vacío de la ausencia irremediable. Lo cual es dulce y atroz, alarmante y esperanzador. Ahora ya el tejido de mi vida ―con tantos remiendos y zurcidos, ay― está hecho en gran parte de tu fibra irrompible: me vas tejiendo en cada uno de esos éxtasis en que me deshago en ti».

           La pérdida de un ser querido queda como una marca indeleble en el que permanece. Una marca singular, unívoca. Primera lectora de todo lo que escribía, Savater no quiso volver a escribir cuando Pelo Cohete ya no estuvo con él. Creyente como Robert L. Stevenson de que escribir se asemeja al juego de un niño con papel, Savater ya no encontró espacios para entretenerse: «desde que ella no me lee, cuanto hago me parece hueco, plano, sin fondo ni relieve; carente de finalidad». Esa fue la marca que dejó su pérdida.

           Pese a que tiene escenas cómicas, conmovedoras, algunas envidiables (como los viajes que hicieron juntos por distintas ciudades donde vivieron ilustres escritores), La peor parte no es sino un libro de despedida, un epitafio. Frente al cúmulo de recuerdos, la sensación de vacío.

           Debe tener razón Julian Barnes cuando afirma que, cuando tu ser amado fenece, lo que desaparece es mayor que la suma de lo que había. En su novela Niveles de vida, donde relata su propia forma del duelo, sentencia: «Esto es quizá matemáticamente imposible, pero es emocionalmente posible». Fernando Savater entró antes que su Pelo Cohete en esta trágica forma de la aritmética emocional.

           Si este es su último libro, habrá concluido con un festejo a la vida. Y suyos serán para siempre esos versos rancheros que incluye como epígrafe del libro: «Ya con ésta me despido / amigos de la parranda / y solamente les pido / que me entierren con la banda».

           La peor parte: ser el elegido para contar la muerte.  

lunes, 22 de noviembre de 2021

132

 

Mientras duró su aislamiento domiciliar, el teléfono sonó todos los días. Aunque a distintas horas, siempre escuchó tras el teléfono la misma voz. Lo que seguía a continuación eran las mismas preguntas protocolarias: ¿ha tenido síntomas este día? ¿fiebre y dolor de cabeza? ¿cansancio? ¿tos seca? Las respuestas que él daba eran idénticas, si acaso variaba el orden o la entonación. Las llamadas del 132 se convirtieron en un ritual. Como sucede con los automatismos, la menor desviación desbarata su eficacia. Una tarde, él decidió cambiar las reglas. Luego de dar sus respuestas habituales, dijo: bueno ¿y usted cómo está? Hubo un silencio incómodo y del otro lado colgaron la llamada. Al día siguiente, el teléfono volvió a sonar. La voz era otra.

jueves, 18 de noviembre de 2021

Desmesuras

A veces la realidad es desmesurada. En Nicaragua, la tiranía Ortega-Murillo firmó la última novela de caudillos. En un acto sin precedentes, encarceló a todos los opositores políticos que iban a competir contra ellos en las elecciones presidenciales. La prensa oficialista informaría después que la victoria fue «arrolladora». Con justa razón, el exiliado Sergio Ramírez sentenciaría que ser escritor en Finlandia ―donde los deshielos son noticia― probablemente no sea tan divertido.

Veo la miniserie documental Don’t f**k with cats (2019), que es otro ejemplo de desmesura. Luka Magnotta, el sórdido protagonista de esta historia, si no es porque existe, nada le impediría ser un personaje de James Ellroy. Magnotta decidió convertirse en un cibervillano. En un mundo donde los memes de gatitos son los preferidos, ser un asesino de felinos te convierte en el enemigo público número uno. 

Magnotta se grabó asfixiando a tres gatos y convirtiendo a otro en el postre de una serpiente. Sus videos se hicieron virales rápidamente. La indignación condujo a que unos ciudadanos se organizaran para atrapar al malhechor que protagonizaba esos crímenes gatunos. Sin más herramientas que una conexión a internet, se convirtieron en detectives privados. Analizando los videos cuadro por cuadro, viajando por Google Street View, atando cabos de denuncias anónimas, dieron con el paradero de Magnotta. Cuando avisaron a las autoridades, estas no le dieron importancia. Aquello parecía el pasatiempo de unos geeks.

Pero Magnotta solo estaba preparando el terreno para su obra maestra: el asesinato de un ser humano. Sabedor de que lo estaban persiguiendo, decidió llevar el juego del asesino-detective hasta sus últimas consecuencias.  Los neófitos detectives habían prevenido de que a quien buscaban no era cualquier tipo, sino a un asesino potencial. Nadie los escuchó. Magnotta desmembró a un hombre y envió pedazos de él a las sedes de los partidos liberal y conservador de Canadá. Un joven Justin Trudeau aparece en la cámara hablando de Luka Magnotta.

El desenlace de esta historia, aunque oscuro y mórbido, tiene la genialidad de las grandes novelas negras. No diré más para no ser castigado por la tiranía del spoiler. Bastará decir que, desde un inicio, Magnotta fue dejando pistas que vinculaban a sus crímenes con sus obsesiones cinéfilas. Al final, Magnotta es arrestado en un cibercafé mientras miraba una foto suya en la página de la Interpol. El cibervillano no podía ser capturado sino en su hábitat natural.

Mario Vargas Llosa observó, a propósito de la novela El impostor de Javier Cercas, que las buenas novelas convierten a los malos siempre en buenos. Y este magnífico documental logra precisamente eso: quizá los realizadores de esta miniserie quisieron vestir de héroes a los civiles transformados en detectives cibernéticos, pero quien resulta irresistible para el público ―más si este es un público cinéfilo― es Luka Magnotta y sus fechorías de copycat profesional.

Es cierto que Luka Magnotta no es un personaje de ficción ―tampoco lo es Enric Marco, el protagonista de El Impostor― pero su vida tiene todos los ingredientes de lo novelesco. Y pues, sí, la realidad, a veces, es desmesurada. A veces basta con ella y saber contarla.