Desde que supe de
su publicación, me había resistido a leer La peor parte: memorias de amor,
el recuento biográfico que hizo Fernando Savater de la vida en común que vivió durante
más de treinta años con su fallecida esposa Sara Torres o, como él y sus amigos
le decían cariñosamente, Pelo Cohete.
A cada libro le llega su hora, reza
el cliché, y supongo que a mí me llegó la hora con La peor parte.
Durante la pandemia, había rehuido de las lecturas amargas y tristes. Y entrar
a un libro que, en parte, es celebración de vida y, en otra, inmersión en un
duelo permanente, podía desajustar ese equilibrio que me había autoimpuesto
para sobrellevar los tiempos víricos.
Savater no ocultó su pesadumbre.
Luego de dos años de la muerte de Pelo Cohete, escribió en una columna para El
país que su mundo se había vuelto un mundo sin sustancia. Siguiendo a Freud,
describió su duelo como una condena: «Y los sitios que recorrimos juntos están
hoy cubiertos de sudarios, como esas sábanas que tapan las formas incómodas de
los muebles en una casa abandonada. Los platos más sabrosos, crujientes,
aromáticos... comienzan a deleitarme la boca pero luego adquieren insipidez y
amargura de ceniza. Llega el infierno y se revela mi condena, la más atroz:
creer que estoy vivo y que es ella la que ha muerto».
Los duelos suelen estar acompañados
por pensamientos mágicos. Cuando falleció su esposo, Joan Didion contó que
empezó a vaciar los armarios, tirando camisas y abrigos, excepto por los
zapatos: si él volvía no podía estar descalzo. Después de que falleciera mi
abuelo paterno, mi abuela confesó que lo encontraba fumando en el baño durante
las madrugadas. «Siento el olor a tabaco», decía. Incrédulo como siempre ha
sido, Savater se limita a lo terrenal: «desde que murió…no he pasado ni una
hora sin recordarla, ni un solo día sin derramar lágrimas por ella».
Pero La peor parte no es un
libro triste, sino todo lo contrario. Paradójicamente, es uno de los
libros más divertidos de Savater. Leer las andanzas de él y su esposa, la
compenetración que tenían ambos, sus rituales de adolescentes enamorados
incluso en la vejez, las riñas ínfimas y las reconciliaciones, la cursilería a
flote; cada uno de esos recuerdos no prefigura la peor parte, sino la mejor en
la vida de Fernando.
Recordando la afición que su querida
Pelo Cohete tenía a la fotografía, Savater compara su historia de amor con las
fotos de una vieja Polaroid. Como en estas, el amor se revela. Y el suyo fue
mostrándose poco a poco ―mientras se agitaba la cartulina―, primero borroso y
confuso, hasta alcanzar la máxima nitidez.
Una de las partes más divertidas y
conmovedoras de La peor parte ocurre cuando el profesor de ética y
filosofía se convierte en un aprendiz de poeta. Sin ocultar su rubor, Savater
desempolva viejas cartas que divierten por su candor. Le escribe a su Pelo
Cohete: «Eres la victoria de lo inesperado y jubiloso sobre el horizonte vacío
de la ausencia irremediable. Lo cual es dulce y atroz, alarmante y
esperanzador. Ahora ya el tejido de mi vida ―con tantos remiendos y zurcidos,
ay― está hecho en gran parte de tu fibra irrompible: me vas tejiendo en cada
uno de esos éxtasis en que me deshago en ti».
La pérdida de un ser querido queda
como una marca indeleble en el que permanece. Una marca singular, unívoca. Primera
lectora de todo lo que escribía, Savater no quiso volver a escribir cuando Pelo
Cohete ya no estuvo con él. Creyente como Robert L. Stevenson de que escribir
se asemeja al juego de un niño con papel, Savater ya no encontró espacios para
entretenerse: «desde que ella no me lee, cuanto hago me parece hueco, plano,
sin fondo ni relieve; carente de finalidad». Esa fue la marca que dejó su
pérdida.
Pese a que tiene escenas cómicas,
conmovedoras, algunas envidiables (como los viajes que hicieron juntos por
distintas ciudades donde vivieron ilustres escritores), La peor parte no
es sino un libro de despedida, un epitafio. Frente al cúmulo de recuerdos, la
sensación de vacío.
Debe tener razón Julian Barnes cuando
afirma que, cuando tu ser amado fenece, lo que desaparece es mayor que la suma
de lo que había. En su novela Niveles de vida, donde relata su propia
forma del duelo, sentencia: «Esto es quizá matemáticamente imposible, pero es
emocionalmente posible». Fernando Savater entró antes que su Pelo Cohete en
esta trágica forma de la aritmética emocional.
Si este es su último libro, habrá
concluido con un festejo a la vida. Y suyos serán para siempre esos versos
rancheros que incluye como epígrafe del libro: «Ya con ésta me despido / amigos
de la parranda / y solamente les pido / que me entierren con la banda».
La peor parte: ser el elegido para
contar la muerte.
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