Mientras
duró su aislamiento domiciliar, el teléfono sonó todos los días. Aunque a
distintas horas, siempre escuchó tras el teléfono la misma voz. Lo que seguía a
continuación eran las mismas preguntas protocolarias: ¿ha tenido síntomas este
día? ¿fiebre y dolor de cabeza? ¿cansancio? ¿tos seca? Las respuestas que él
daba eran idénticas, si acaso variaba el orden o la entonación. Las llamadas
del 132 se convirtieron en un ritual. Como sucede con los automatismos, la
menor desviación desbarata su eficacia. Una tarde, él decidió cambiar las
reglas. Luego de dar sus respuestas habituales, dijo: bueno ¿y usted cómo está?
Hubo un silencio incómodo y del otro lado colgaron la llamada. Al día
siguiente, el teléfono volvió a sonar. La voz era otra.
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