jueves, 18 de noviembre de 2021

Desmesuras

A veces la realidad es desmesurada. En Nicaragua, la tiranía Ortega-Murillo firmó la última novela de caudillos. En un acto sin precedentes, encarceló a todos los opositores políticos que iban a competir contra ellos en las elecciones presidenciales. La prensa oficialista informaría después que la victoria fue «arrolladora». Con justa razón, el exiliado Sergio Ramírez sentenciaría que ser escritor en Finlandia ―donde los deshielos son noticia― probablemente no sea tan divertido.

Veo la miniserie documental Don’t f**k with cats (2019), que es otro ejemplo de desmesura. Luka Magnotta, el sórdido protagonista de esta historia, si no es porque existe, nada le impediría ser un personaje de James Ellroy. Magnotta decidió convertirse en un cibervillano. En un mundo donde los memes de gatitos son los preferidos, ser un asesino de felinos te convierte en el enemigo público número uno. 

Magnotta se grabó asfixiando a tres gatos y convirtiendo a otro en el postre de una serpiente. Sus videos se hicieron virales rápidamente. La indignación condujo a que unos ciudadanos se organizaran para atrapar al malhechor que protagonizaba esos crímenes gatunos. Sin más herramientas que una conexión a internet, se convirtieron en detectives privados. Analizando los videos cuadro por cuadro, viajando por Google Street View, atando cabos de denuncias anónimas, dieron con el paradero de Magnotta. Cuando avisaron a las autoridades, estas no le dieron importancia. Aquello parecía el pasatiempo de unos geeks.

Pero Magnotta solo estaba preparando el terreno para su obra maestra: el asesinato de un ser humano. Sabedor de que lo estaban persiguiendo, decidió llevar el juego del asesino-detective hasta sus últimas consecuencias.  Los neófitos detectives habían prevenido de que a quien buscaban no era cualquier tipo, sino a un asesino potencial. Nadie los escuchó. Magnotta desmembró a un hombre y envió pedazos de él a las sedes de los partidos liberal y conservador de Canadá. Un joven Justin Trudeau aparece en la cámara hablando de Luka Magnotta.

El desenlace de esta historia, aunque oscuro y mórbido, tiene la genialidad de las grandes novelas negras. No diré más para no ser castigado por la tiranía del spoiler. Bastará decir que, desde un inicio, Magnotta fue dejando pistas que vinculaban a sus crímenes con sus obsesiones cinéfilas. Al final, Magnotta es arrestado en un cibercafé mientras miraba una foto suya en la página de la Interpol. El cibervillano no podía ser capturado sino en su hábitat natural.

Mario Vargas Llosa observó, a propósito de la novela El impostor de Javier Cercas, que las buenas novelas convierten a los malos siempre en buenos. Y este magnífico documental logra precisamente eso: quizá los realizadores de esta miniserie quisieron vestir de héroes a los civiles transformados en detectives cibernéticos, pero quien resulta irresistible para el público ―más si este es un público cinéfilo― es Luka Magnotta y sus fechorías de copycat profesional.

Es cierto que Luka Magnotta no es un personaje de ficción ―tampoco lo es Enric Marco, el protagonista de El Impostor― pero su vida tiene todos los ingredientes de lo novelesco. Y pues, sí, la realidad, a veces, es desmesurada. A veces basta con ella y saber contarla.


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