A veces la realidad es
desmesurada. En Nicaragua, la tiranía Ortega-Murillo firmó la última novela de
caudillos. En un acto sin precedentes, encarceló a todos los opositores
políticos que iban a competir contra ellos en las elecciones presidenciales. La
prensa oficialista informaría después que la victoria fue «arrolladora». Con
justa razón, el exiliado Sergio Ramírez sentenciaría que ser escritor en
Finlandia ―donde los deshielos son noticia― probablemente no sea tan divertido.
Veo la miniserie documental
Don’t f**k with cats (2019), que es otro ejemplo de desmesura.
Luka Magnotta, el sórdido protagonista de esta historia, si no es porque
existe, nada le impediría ser un personaje de James Ellroy. Magnotta decidió
convertirse en un cibervillano. En un mundo donde los memes de gatitos son los
preferidos, ser un asesino de felinos te convierte en el enemigo público número
uno.
Magnotta se grabó
asfixiando a tres gatos y convirtiendo a otro en el postre de una serpiente.
Sus videos se hicieron virales rápidamente. La indignación condujo a que unos
ciudadanos se organizaran para atrapar al malhechor que protagonizaba esos
crímenes gatunos. Sin más herramientas que una conexión a internet, se
convirtieron en detectives privados. Analizando los videos cuadro por cuadro,
viajando por Google Street View, atando cabos de denuncias anónimas, dieron con
el paradero de Magnotta. Cuando avisaron a las autoridades, estas no le dieron
importancia. Aquello parecía el pasatiempo de unos geeks.
Pero Magnotta solo estaba
preparando el terreno para su obra maestra: el asesinato de un ser humano.
Sabedor de que lo estaban persiguiendo, decidió llevar el juego del
asesino-detective hasta sus últimas consecuencias. Los neófitos detectives habían prevenido de
que a quien buscaban no era cualquier tipo, sino a un asesino potencial. Nadie
los escuchó. Magnotta desmembró a un hombre y envió pedazos de él a las sedes
de los partidos liberal y conservador de Canadá. Un joven Justin Trudeau
aparece en la cámara hablando de Luka Magnotta.
El desenlace de esta
historia, aunque oscuro y mórbido, tiene la genialidad de las grandes novelas
negras. No diré más para no ser castigado por la tiranía del spoiler. Bastará
decir que, desde un inicio, Magnotta fue dejando pistas que vinculaban a sus
crímenes con sus obsesiones cinéfilas. Al final, Magnotta es arrestado en un
cibercafé mientras miraba una foto suya en la página de la Interpol. El
cibervillano no podía ser capturado sino en su hábitat natural.
Mario Vargas Llosa observó,
a propósito de la novela El impostor de Javier Cercas, que las buenas
novelas convierten a los malos siempre en buenos. Y este magnífico documental
logra precisamente eso: quizá los realizadores de esta miniserie quisieron
vestir de héroes a los civiles transformados en detectives cibernéticos, pero
quien resulta irresistible para el público ―más si este es un público cinéfilo―
es Luka Magnotta y sus fechorías de copycat profesional.
Es cierto que Luka Magnotta
no es un personaje de ficción ―tampoco lo es Enric Marco, el protagonista de El
Impostor― pero su vida tiene todos los ingredientes de lo novelesco. Y
pues, sí, la realidad, a veces, es desmesurada. A veces basta con ella y saber
contarla.
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