jueves, 9 de febrero de 2023

No lo vi yo

 

Llegué a este párrafo inicial en una de las últimas noches frías de enero: «No lo vi yo, pero como si lo hubiera visto, porque lo tengo taladrándome la cabeza y no me deja dormir. Siempre la misma imagen: Diego cayendo y el ruido de su cuerpo al impactar contra el suelo». Así comienza Ceniza en la boca, la segunda novela de Brenda Navarro. Recordé, entonces, a mí tío que se lanzó a los rieles de un metro hace seis años. Fue en Berlín, en pleno invierno. «No lo vi yo, pero como si lo hubiera visto». Las cámaras de la estación capturaron sus últimos movimientos. Se sentó en una banca, le dio las últimas caladas a un cigarrillo y caminó decidido a sentir la espesura metálica de los andenes. Ahí culminó un viaje en el que se doctoró en biotecnología, en el que hizo sonar electrocumbias con una banda llamada La sonora milagrosa en los festivales europeos, en el que se casó y tuvo un hijo y bailó y se enamoró y sufrió y luego fue hundiéndose en un abismo que le devoró el alma y la sonrisa y la voluntad de vivir. «Lo tengo taladrándome la cabeza y no me deja dormir». Su cuerpo crujiendo debajo de los metales, resistiendo a los embates de los fierros impactándolo a toda velocidad. No murió al instante, no. Los paramédicos lograron rescatarlo. Murió en el hospital con su cuerpo lacerado y con quién sabe qué liberación espiritual. En la primera página, la narración continuaba: «No, no hay un sonido que describa el ruido que se escuchó. Un cuerpo estrellándose contra el suelo. Diego queriendo ser estruendo, queriendo interrumpir la música de su cuerpo. Diego dejándonos así, con él suspendido entre nosotros. Diego, una estrella». Pensé en otra estrella: un tío que se suicidó el día de mi cumpleaños número once. Vivía en una casa humilde en Apopa, un municipio en las afueras de la capital. Un municipio, en aquel entonces, más empobrecido, más violento. Arrastraba una depresión de años. Los vecinos lo vieron salir por la tarde. En la habitación encontraron una botella de whisky, casi vacía, al lado de la silla donde se alistó para ahorcarse. «Él suspendido entre nosotros». Heredé sus libros: una biblioteca modesta con novelas de espías y de terror. ¿Adónde se fueron esas estrellas? Me costó avanzar de la primera página, pero luego la lectura se fue desenvolviendo como un torbellino. Ceniza en la boca apenas habla sobre el suicidio. Habla, sobre todo, con una prosa hipnótica, de estas cosas: el destierro, la extranjería, el racismo, la explotación laboral, los resquicios oscuros de las grandes metrópolis, la desolación. Cada puntada de la novela se entremezcla con nuestros propios recuerdos. Los míos iniciaron con las estrellas que vi y que se fueron. Adonde estén, yo me encontraré con ellas.

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