Llegué a este párrafo inicial en una de las últimas
noches frías de enero: «No lo vi yo, pero como si lo hubiera visto, porque lo
tengo taladrándome la cabeza y no me deja dormir. Siempre la misma imagen:
Diego cayendo y el ruido de su cuerpo al impactar contra el suelo». Así
comienza Ceniza en la boca, la segunda novela de Brenda Navarro. Recordé,
entonces, a mí tío que se lanzó a los rieles de un metro hace seis años. Fue en
Berlín, en pleno invierno. «No lo vi yo, pero como si lo hubiera visto». Las
cámaras de la estación capturaron sus últimos movimientos. Se sentó en una
banca, le dio las últimas caladas a un cigarrillo y caminó decidido a sentir la
espesura metálica de los andenes. Ahí culminó un viaje en el que se doctoró en
biotecnología, en el que hizo sonar electrocumbias con una banda llamada La
sonora milagrosa en los festivales europeos, en el que se casó y tuvo un
hijo y bailó y se enamoró y sufrió y luego fue hundiéndose en un abismo que le
devoró el alma y la sonrisa y la voluntad de vivir. «Lo tengo taladrándome la
cabeza y no me deja dormir». Su cuerpo crujiendo debajo de los metales,
resistiendo a los embates de los fierros impactándolo a toda velocidad. No
murió al instante, no. Los paramédicos lograron rescatarlo. Murió en el hospital
con su cuerpo lacerado y con quién sabe qué liberación espiritual. En la
primera página, la narración continuaba: «No, no hay un sonido que describa el
ruido que se escuchó. Un cuerpo estrellándose contra el suelo. Diego queriendo
ser estruendo, queriendo interrumpir la música de su cuerpo. Diego dejándonos
así, con él suspendido entre nosotros. Diego, una estrella». Pensé en otra
estrella: un tío que se suicidó el día de mi cumpleaños número once. Vivía en
una casa humilde en Apopa, un municipio en las afueras de la capital. Un
municipio, en aquel entonces, más empobrecido, más violento. Arrastraba una
depresión de años. Los vecinos lo vieron salir por la tarde. En la habitación
encontraron una botella de whisky, casi vacía, al lado de la silla donde se
alistó para ahorcarse. «Él suspendido entre nosotros». Heredé sus libros: una
biblioteca modesta con novelas de espías y de terror. ¿Adónde se fueron esas
estrellas? Me costó avanzar de la primera página, pero luego la lectura se fue
desenvolviendo como un torbellino. Ceniza en la boca apenas habla sobre
el suicidio. Habla, sobre todo, con una prosa hipnótica, de estas cosas: el
destierro, la extranjería, el racismo, la explotación laboral, los resquicios
oscuros de las grandes metrópolis, la desolación. Cada puntada de la novela se
entremezcla con nuestros propios recuerdos. Los míos iniciaron con las
estrellas que vi y que se fueron. Adonde estén, yo me encontraré con ellas.
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