sábado, 25 de febrero de 2023

Extraterrestres

Era una mañana con brisa en la playa Costa Azul, Sonsonate. Desayunábamos. Estábamos por tomar el café. Ella contó que, hacía unas semanas, se detuvo en medio de una carretera.  Era de noche, la carretera no estaba muy iluminada. Se percató, en lo alto, que unos extraños objetos volaban en el cielo. Al principio no les dio mayor importancia. Podían ser cualquier cosa; la noche, además, no le favorecía para discernir lo que flotaba en el firmamento. Se restregó los ojos para ver mejor. Entonces vio dos objetos ovalados, algo grisáceos, que estuvieron inmóviles unos segundos y luego desaparecieron. Enfatizó la palabra «ovalado». No supo decir si solo se desvanecieron o si estos salieron expelidos a toda velocidad. No lo sabe. Cuando no titubeó fue al decir que esos artefactos eran ovnis. Eso sí lo supo. De eso sí estuvo convencida.

A mediados de 2023, la NASA divulgará los resultados de una investigación sobre objetos no identificados o, mejor dicho, sobre fenómenos anómalos no identificados. De esa investigación algo se sabe ya: el Pentágono supo de 510 fenómenos anómalos no identificados, de los cuales en 177 de los casos, es decir, el 35%, no pudo determinar su origen ni su comportamiento. Los avistamientos extraños que siguen encontrándose por todos los continentes continúan agrandando el misterio sobre la vida extraterrestre. Es difícil no preguntarse si nuestra vida nos alcanzará para conocer la confirmación de un solo caso en el que se descubra no solo vida extraterrestre, sino vida inteligente en algún planeta lejano (o a lo mejor no tan lejano).

Leo Extraterrestrial de Avi Loeb. Loeb no es cualquier tipo: es el director del departamento de astronomía de Harvard. En el libro desmenuza su teoría sobre el Oumuamua, el primer cuerpo celeste interestelar del que se tuvo noticia. El fenómeno dejó perpleja a la comunidad de astrofísicos por las características del Oumuamua: no habían visto nada parecido. Ni por su forma, ni por su luminosidad, ni por la trayectoria que siguió una vez se acercó a nuestro sistema. Loeb sostiene, aunque su hipótesis aun no se ha confirmado, que el Oumuamua es un vestigio tecnológico de una civilización alienígena antigua. Loeb aporta su argumento a partir del análisis riguroso de los datos que los telescopios en todo el mundo pudieron captar sobre el ingreso del Oumuamua. Habla de desgasificación, de velas solares, del espacio de velocidad-posición.

El libro está lejos de ser memorable, pero me atrapa con la idea de la civilización alienígena antigua. Me seduce con la idea, por lo demás simple, de nuestra pequeñez frente a la inmensidad del universo y de la más que imaginable posibilidad de que, así como nosotros, otra civilización crease tecnología para explorar el cosmos. Esta civilización no tiene por qué ser contemporánea; podría ser antiquísima o incluso ya extinta, aniquilada por la explosión de una estrella, desarrollada millones de años antes que nosotros y, por lo tanto, muy aventajada respecto a su conocimiento sobre el universo. Tampoco esa posible civilización tiene que lucir como las películas de Hollywood nos quieren hacer ver, con cabezas romboidales y dispuestos a aniquilarnos.

La discusión científica seguirá: en 2021, dos científicos propusieron que el Oumuamua no era más que un fragmento de un planeta similar a Plutón —hecho con hielo de nitrógeno— que fue expulsado luego de una colisión hace millones de años y que deambuló por el espacio. Avi Loeb, junto con otros astrofísicos, no terminan de convencerse. Mientras tanto, el enigma del Oumuamua, como el de la vida extraterrestre, persistirá.

Después de que hablásemos de aquellos objetos ovalados vistos en una carretera de San Salvador, volteamos a ver al cielo y siguió diáfano y fascinante como siempre.

jueves, 16 de febrero de 2023

El arte y lo demás

El viejo se toca su mostacho cuando empieza a cavilar. Es un fumador empedernido. Habla de la escritura, de la importancia del níquel y del tungsteno en tiempos de guerra, del consumismo y del crédito, habla de Becket, de Thomas Pynchon, de James Joyce. No habla como un académico, sino como un roquero retirado en su biblioteca. Se llama Alberto Laiseca. Dice frases brillantes como sin querer. Cuando le preguntan para qué sirve el arte, vuelve a estirar su mostacho de estilo francés y dice: «el arte sirve para darle sentido a todo lo demás». No creo que se equivoque. En agosto del año pasado, un fanático islamista acuchilló a Salman Rushdie. Debemos ser muy miserables para querer asesinar a alguien solo por publicar un libro. A Rushdie lo apuñalaron en el rostro y en el cuerpo. Perdió un ojo. Perdió la movilidad de una mano. Sobrevivió. Ahora luce unas gafas que tienen solo un lente oscuro, como un parche. Y volvió a publicar. Por supuesto: volvió a publicar. Volvería a publicar Los versos satánicos que lo condenaron a muerte en 1989. No se arrepiente de nada, dice. Lo que le quedará siempre es seguir siendo un novelista, o sea, escribir. A María Elena Ríos, saxofonista mexicana, unos sicarios intentaron asesinarla lanzándole ácido sulfúrico. A los sicarios los contrató su expareja, un tipo que tenía tanto de machista como de demente. A María Elena el ácido le provocó graves quemaduras en su piel. La piel se le abrió en grietas atroces. La piel se le pudrió. Ella —cuenta en una entrevista— podía sentir el hedor. Los primeros injertos también se pudrieron. Pasó tres años en un infierno, pero sobrevivió. Venció al mal y al mandato de masculinidad y al fuego. Rushdie seguirá escribiendo. María Elena volverá a tocar el saxofón. El arte −cuando todo parece estar perdido—le da sentido a todo lo demás. Aunque lo demás, tantas veces, sea tan ruin.


jueves, 9 de febrero de 2023

No lo vi yo

 

Llegué a este párrafo inicial en una de las últimas noches frías de enero: «No lo vi yo, pero como si lo hubiera visto, porque lo tengo taladrándome la cabeza y no me deja dormir. Siempre la misma imagen: Diego cayendo y el ruido de su cuerpo al impactar contra el suelo». Así comienza Ceniza en la boca, la segunda novela de Brenda Navarro. Recordé, entonces, a mí tío que se lanzó a los rieles de un metro hace seis años. Fue en Berlín, en pleno invierno. «No lo vi yo, pero como si lo hubiera visto». Las cámaras de la estación capturaron sus últimos movimientos. Se sentó en una banca, le dio las últimas caladas a un cigarrillo y caminó decidido a sentir la espesura metálica de los andenes. Ahí culminó un viaje en el que se doctoró en biotecnología, en el que hizo sonar electrocumbias con una banda llamada La sonora milagrosa en los festivales europeos, en el que se casó y tuvo un hijo y bailó y se enamoró y sufrió y luego fue hundiéndose en un abismo que le devoró el alma y la sonrisa y la voluntad de vivir. «Lo tengo taladrándome la cabeza y no me deja dormir». Su cuerpo crujiendo debajo de los metales, resistiendo a los embates de los fierros impactándolo a toda velocidad. No murió al instante, no. Los paramédicos lograron rescatarlo. Murió en el hospital con su cuerpo lacerado y con quién sabe qué liberación espiritual. En la primera página, la narración continuaba: «No, no hay un sonido que describa el ruido que se escuchó. Un cuerpo estrellándose contra el suelo. Diego queriendo ser estruendo, queriendo interrumpir la música de su cuerpo. Diego dejándonos así, con él suspendido entre nosotros. Diego, una estrella». Pensé en otra estrella: un tío que se suicidó el día de mi cumpleaños número once. Vivía en una casa humilde en Apopa, un municipio en las afueras de la capital. Un municipio, en aquel entonces, más empobrecido, más violento. Arrastraba una depresión de años. Los vecinos lo vieron salir por la tarde. En la habitación encontraron una botella de whisky, casi vacía, al lado de la silla donde se alistó para ahorcarse. «Él suspendido entre nosotros». Heredé sus libros: una biblioteca modesta con novelas de espías y de terror. ¿Adónde se fueron esas estrellas? Me costó avanzar de la primera página, pero luego la lectura se fue desenvolviendo como un torbellino. Ceniza en la boca apenas habla sobre el suicidio. Habla, sobre todo, con una prosa hipnótica, de estas cosas: el destierro, la extranjería, el racismo, la explotación laboral, los resquicios oscuros de las grandes metrópolis, la desolación. Cada puntada de la novela se entremezcla con nuestros propios recuerdos. Los míos iniciaron con las estrellas que vi y que se fueron. Adonde estén, yo me encontraré con ellas.