Era una mañana con brisa en la playa Costa Azul,
Sonsonate. Desayunábamos. Estábamos por tomar el café. Ella contó que, hacía
unas semanas, se detuvo en medio de una carretera. Era de noche, la carretera no estaba muy
iluminada. Se percató, en lo alto, que unos extraños objetos volaban en el
cielo. Al principio no les dio mayor importancia. Podían ser cualquier cosa; la
noche, además, no le favorecía para discernir lo que flotaba en el firmamento.
Se restregó los ojos para ver mejor. Entonces vio dos objetos ovalados, algo
grisáceos, que estuvieron inmóviles unos segundos y luego desaparecieron. Enfatizó
la palabra «ovalado». No supo decir si solo se desvanecieron o si estos salieron expelidos a
toda velocidad. No lo sabe. Cuando no titubeó fue al decir que esos artefactos
eran ovnis. Eso sí lo supo. De eso sí estuvo convencida.
A mediados de 2023, la NASA divulgará los resultados de
una investigación sobre objetos no identificados o, mejor dicho, sobre
fenómenos anómalos no identificados. De esa investigación algo se sabe ya: el
Pentágono supo de 510 fenómenos anómalos no identificados, de los cuales en 177
de los casos, es decir, el 35%, no pudo determinar su origen ni su
comportamiento. Los avistamientos extraños que siguen encontrándose por todos
los continentes continúan agrandando el misterio sobre la vida extraterrestre. Es
difícil no preguntarse si nuestra vida nos alcanzará para conocer la
confirmación de un solo caso en el que se descubra no solo vida extraterrestre,
sino vida inteligente en algún planeta lejano (o a lo mejor no tan lejano).
Leo Extraterrestrial de Avi Loeb. Loeb no es
cualquier tipo: es el director del departamento de astronomía de Harvard. En el
libro desmenuza su teoría sobre el Oumuamua, el primer cuerpo celeste
interestelar del que se tuvo noticia. El fenómeno dejó perpleja a la comunidad
de astrofísicos por las características del Oumuamua: no habían visto
nada parecido. Ni por su forma, ni por su luminosidad, ni por la trayectoria
que siguió una vez se acercó a nuestro sistema. Loeb sostiene, aunque su
hipótesis aun no se ha confirmado, que el Oumuamua es un vestigio
tecnológico de una civilización alienígena antigua. Loeb aporta su argumento a
partir del análisis riguroso de los datos que los telescopios en todo el mundo
pudieron captar sobre el ingreso del Oumuamua. Habla de
desgasificación, de velas solares, del espacio de velocidad-posición.
El libro está lejos de ser memorable, pero me atrapa
con la idea de la civilización alienígena antigua. Me seduce con la idea, por
lo demás simple, de nuestra pequeñez frente a la inmensidad del universo y de
la más que imaginable posibilidad de que, así como nosotros, otra civilización
crease tecnología para explorar el cosmos. Esta civilización no tiene por qué
ser contemporánea; podría ser antiquísima —o incluso ya
extinta, aniquilada por la explosión de una estrella—, desarrollada
millones de años antes que nosotros y, por lo tanto, muy aventajada respecto a
su conocimiento sobre el universo. Tampoco esa posible civilización tiene que
lucir como las películas de Hollywood nos quieren
hacer ver, con cabezas romboidales y dispuestos a aniquilarnos.
La discusión científica seguirá: en 2021, dos científicos propusieron
que el Oumuamua no era más que un fragmento de un planeta similar a
Plutón —hecho con hielo de nitrógeno— que fue expulsado luego de una colisión
hace millones de años y que deambuló por el espacio. Avi Loeb, junto con otros
astrofísicos, no terminan de convencerse. Mientras tanto, el enigma del Oumuamua,
como el de la vida extraterrestre, persistirá.
Después de que hablásemos de aquellos objetos ovalados vistos en una carretera de San Salvador, volteamos a ver al cielo y siguió diáfano y fascinante como siempre.
No hay comentarios:
Publicar un comentario