jueves, 16 de febrero de 2023

El arte y lo demás

El viejo se toca su mostacho cuando empieza a cavilar. Es un fumador empedernido. Habla de la escritura, de la importancia del níquel y del tungsteno en tiempos de guerra, del consumismo y del crédito, habla de Becket, de Thomas Pynchon, de James Joyce. No habla como un académico, sino como un roquero retirado en su biblioteca. Se llama Alberto Laiseca. Dice frases brillantes como sin querer. Cuando le preguntan para qué sirve el arte, vuelve a estirar su mostacho de estilo francés y dice: «el arte sirve para darle sentido a todo lo demás». No creo que se equivoque. En agosto del año pasado, un fanático islamista acuchilló a Salman Rushdie. Debemos ser muy miserables para querer asesinar a alguien solo por publicar un libro. A Rushdie lo apuñalaron en el rostro y en el cuerpo. Perdió un ojo. Perdió la movilidad de una mano. Sobrevivió. Ahora luce unas gafas que tienen solo un lente oscuro, como un parche. Y volvió a publicar. Por supuesto: volvió a publicar. Volvería a publicar Los versos satánicos que lo condenaron a muerte en 1989. No se arrepiente de nada, dice. Lo que le quedará siempre es seguir siendo un novelista, o sea, escribir. A María Elena Ríos, saxofonista mexicana, unos sicarios intentaron asesinarla lanzándole ácido sulfúrico. A los sicarios los contrató su expareja, un tipo que tenía tanto de machista como de demente. A María Elena el ácido le provocó graves quemaduras en su piel. La piel se le abrió en grietas atroces. La piel se le pudrió. Ella —cuenta en una entrevista— podía sentir el hedor. Los primeros injertos también se pudrieron. Pasó tres años en un infierno, pero sobrevivió. Venció al mal y al mandato de masculinidad y al fuego. Rushdie seguirá escribiendo. María Elena volverá a tocar el saxofón. El arte −cuando todo parece estar perdido—le da sentido a todo lo demás. Aunque lo demás, tantas veces, sea tan ruin.


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