miércoles, 29 de marzo de 2023

Régimen de excepción: un año, siete apuntes

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Este 27 de marzo los salvadoreños cumplimos un año bajo el régimen de excepción. La fecha casi coincide con otro aniversario, un 11 de marzo, el primer año de la llegada de Gabriel Boric Font como presidente de Chile. Los dos sucesos están unidos desde las antípodas: en ese marzo, mientras en Chile ascendía una fuerza de izquierda democrática, en El Salvador se instauraba el retorno de las fuerzas derechistas fascistizantes. Entre Boric y Bukele—ambos jóvenes, ambos reacios a las corbatas—, se marcan los dos polos entre los que se mueve el péndulo político en América Latina hoy.

 

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El paisaje de nuestro país después de un año de régimen de excepción se describe, más o menos, así: 65,000 personas detenidas —posiblemente 1 de cada 3 de estas personas detenidas siendo inocente—, el país con la tasa de población carcelaria más alta de América Latina —si no es que del mundo—, cientos de personas torturadas y fallecidas en las cárceles, una masa aun imponderable de personas acosadas por las fuerzas de seguridad.

El régimen de excepción se convirtió, pues, en un sinónimo de fabricar presos. El Salvador pasó de ser reconocido por expulsar a su gente a ser reconocido por encerrarla.

Sin embargo, el paisaje que deja el régimen de excepción se completa con una pieza capital: la de cientos de comunidades liberadas del yugo violento de las pandillas. Y, por este motivo, el régimen cuenta con un amplio apoyo popular. Las razones son fáciles de comprender: la fuerza policial y militar degradó el control que las pandillas tenían en numerosos territorios del país. Comunidades otrora sujetas a la espada de estos grupos delictivos, ahora pueden disfrutar libremente en sus calles. Disfrutar libremente significa, en nuestro país, no recibir amenazas de muerte, no sentirse perseguido, no ver cadáveres por las aceras, no pagar renta. Testimonios dan cuenta de ello, como el de dos comunidades que jugaron un partido de fútbol en una cancha donde nadie podía poner un pie ni gritar un gol. O, por ejemplo, el que le escuché a  un señor cuyo hermano había muerto en una cárcel luego de una golpiza: mi hermano ya no está, pero mis hijos pueden salir a jugar en la esquina del pasaje.

El visto bueno que recibe el régimen de excepción se explica por una paradoja: la de haber negado derechos para propiciar, al menos momentáneamente, otros que estuvieron vedados por las pandillas.

 

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 Mientras el régimen de excepción encarcela a mansalva y viola derechos humanos, la maquinaria propagandística exhibe nuestras playas y la utopía cripto de convertir a El Salvador en un paraíso de la libertad.  Vuelve el país de las dos caras que describió Roberto Turcios en Autoritarismo y modernización. Frente a la represión y la tortura, el anhelo de progreso. Una le hace muecas a la otra.

 

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Con abundantes artimañas publicitarias, Bukele y sus asesores han hecho del régimen de excepción un relato convincente para quien el Estado de derecho significa algo parecido a la nada. La lógica parece inapelable: si con más Estado de derecho las pandillas proliferaron en nuestros territorios, entonces eliminemos el Estado de derecho para exterminarlas.

 

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 Como todo relato, el del régimen de excepción también tiene símbolos y monumentos. El llamado Centro de Confinamiento del Terrorismo (CECOT) funge el papel de ser la apoteosis de la venganza anhelada, el ojo por ojo que esta sociedad reclama. La brutal puesta en escena de los pandilleros acorralados dentro del CECOT le recordó a Juan José Millás la carne de pollo envasada de los supermercados. «Lo que nos impresiona de esta imagen de presos de El Salvador es que nos devuelve a la pura condición de carne, como si esas personas sólo estuvieran constituidas de tendones y músculos y ganglios, como si en su composición no hubiera un solo átomo de carácter anímico» escribió el autor de Vidas al límite.

Ver a los pandilleros despojados de su vestimenta, rapados y ubicados como objetos producidos en serie, eriza la piel no porque despierten conmiseración, sino porque evocan la degradación social que los produjo y la miseria del Estado que los exhibe como cosas. «Se lo merecen», suelen decir las personas en pláticas cotidianas. En esa frase hay una victoria de la demagogia que espanta.

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El régimen de excepción ha sabido socavar las pruebas que incriminan a Bukele y su círculo con negociaciones con las pandillas. El 26 de marzo de 2022, el día más violento del siglo, fue producto del rompimiento de estas negociaciones. El regreso de la bala y la bota a nuestras calles fue la respuesta a la disolución del pacto. El paradero de los líderes pandilleros es desconocido, aunque se supo que gozaron de privilegios auspiciados por el gobierno. A algunos los sacaron del país. La tranquilidad en las calles es la moneda de cambio de la mentira gubernamental. Mientras en la calle haya paz, las mentiras se disolverán.

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Volvamos a Chile. En un texto por su primer aniversario, Gabriel Boric escribe que «las personas vivan y se sientan seguras nos parece un derecho habilitante para el ejercicio de otras libertades». Sin embargo, también añade: «el límite de la acción política radica en el respeto a los derechos humanos». A un año del régimen de excepción, nuestro país se encuentra en una encrucijada. Mientras nuevos derechos parecen habilitarse para miles de personas, otros se cierran impunemente. La libertad les llega condicionada. Nuestro país ya superó con creces el límite del respeto a los derechos humanos. El autoritarismo roza la dictadura. La política de seguridad es la política del miedo y del sometimiento. Veremos qué sucederá cuando esta excepcionalidad termine, o, mejor dicho, cuando esta nueva normalidad mute. Cuando nos demos cuenta de que esta paz aparente se está forjando no con más, sino con menos democracia. Cuando de esta espiral de violencia, matonería y abusos empiecen a surgir sus propios monstruos.

martes, 21 de marzo de 2023

El Tembladero

 

A El Tembladero se llega por la carretera El Litoral, buscando el poblado La Cangrejera y cruzando a mano izquierda después de unos cien metros del puente El Amatal. El cruce se identifica por un rótulo negro con letras amarillas que anuncia a una funeraria. La calle asfaltada se corta a unos cuantos metros del desvío; luego el camino se vuelve sinuoso, con piedras y desniveles. Si se llegara de noche, estas serían señales inequívocas de un cruce riesgoso, un wrong turn.

En El Tembladero no vive más que una familia. Si uno pregunta por el apellido de los coterráneos, le darán las indicaciones exactas para llegar a la finca de la familia Pérez, una amplia extensión de tierra donde cultivan mangos, aguacates, sandías y otros árboles frutales, y también donde tienen mataderos de cerdos y vacas. Pero El Tembladero y sus moradores no se aprecian por lo que cultivan, sino por lo que encontraron bajo el suelo: un acuífero termal. Desde hace treinta años esta familia vive sobre un nacimiento de agua que abastece a los cantones a la redonda. Coloquialmente le llaman un “respiradero”, por el agua tibia que brota de la superficie. Como si la tierra sudara. El Tembladero se llama así porque cuando uno camina sobre la tierra, el suelo cruje, se estremece. Uno tiene la impresión de que está pisando un suelo de goma. Si uno salta, la tierra queda temblando por unos segundos. Si la capa de tierra que nos separa del agua fuera más delgada, caeríamos presas del lodo, como en un pantano.

Antes había zonas del lugar sobre las que no podía caminarse. Si uno fuera incauto, confundiría una poza circular que yace en medio del terreno con un jacuzzi natural. El agua emana caliente y uno puede ver el fondo sin dificultad. Dan ganas de meterse con una cerveza fría. Sin embargo, la poza succiona todo lo que cae adentro de ella. Asombrados por este misterio, uno de los cuidadores sumergió una vara de ocho metros para intentar alcanzar el fondo, pero fue succionada por el lodo. “No sabemos cuál es su profundidad”, dice. “Si uno se mete allí, ya no sale”. A diferencia de otras pozas donde crían tilapias, en esta poza las tilapias se mueren. “El vapor les saca los ojos”, nos cuentan.

Este recinto también recibe a hidrólogos que investigan el acuífero. “Aquí nos volvimos famosos porque salimos en la televisión”, nos dice Giovanni, el jefe de esta familia. “Vinieron unos españoles a estudiar el agua y después salimos en el canal 21”. Giovanni participa en el coro de la iglesia. Giovanni destaza a un cerdo en media hora con la misma pericia con la que toca la guitarra.

En El Tembladero los árboles atenúan el calor sofocante de la costa. Si el calor es insoportable, la familia de Giovanni ha construido una poza donde uno puede bañarse. La poza es de agua tibia, honda y está a la par de un árbol de donde uno puede tirarse desde unos cuatro metros de altura.

Antes de partir a la iglesia, Giovanni se refiere a su esposa como “la embarazada”. Esperan a su segundo hijo. Ella está preparando una sopa de gallina hecha en leña y tilapias fritas con cuajada. Un perro devora una tilapia cruda, alerta de que ninguno de los otros ochos perros se atreva a quitársela. Estos caninos son los guardianes del lugar: no hay forma de que un extraño acceda al terreno de los Pérez sin que salga la jauría a querer comérselo vivo. Solo se puede entrar en compañía de alguien de la casa.

Mientras disfrutamos de la sopa de gallina y de las tilapias, Vladimir —hermano de Giovanni— nos cuenta que el régimen de excepción arrasó con las pandillas en La Cangrejera. Vladimir cuenta el Relato, con mayúscula, de lo que acontece en los territorios otrora dominados por las pandillas: que las pandillas ya no están, que hoy se puede transitar libremente por las calles, que, aunque se han llevado a gente inocente, es por el bien de todos los demás.

En El Tembladero no hay refrigeradora, pero la información viralizada llega puntual. Dos niños juegan en la poza a los policías y ladrones en la versión oficial:

-        Ey, juguemos a que yo soy Nayib Bukele y vos sos un mañoso

-        Dale, pues, perseguime.

Luego uno tararea la canción de Shakira y Bizarrap y el otro exclama “Andá pa ashá, bobo”, con pasmosa naturalidad.

Salimos del lugar a las cuatro de la tarde. Giovanni regresaba de la iglesia. Nos despedimos de su esposa y sus hermanos. Les dimos las gracias. Volví a la poza circular que parece un jacuzzi, pero que es más bien un abismo mortal. Imaginé los objetos que pudo haberse tragado con el tiempo: un cúmulo de basura, huesos, tilapias con los ojos arrancados. No pude evitar pensar que incluso más de una persona fue tragada por esa tierra blanda. Reparé en lo difícil que resulta no pensar en la muerte, aunque se esté en un lugar que literalmente provee vida.

En el camino fuimos detrás de un adolescente que arreaba a cinco vacas. Nos escoltaron hasta la carretera. Luego llegamos al asfalto y retornamos a la ciudad: de vuelta adonde si la tierra tiembla, vaticina desgracias.

 

 

viernes, 3 de marzo de 2023

Missing, de Alberto Fuguet

 

El libro se me había atragantado desde hace años. Cuando me preguntaban por qué no lo leía, solía mentir. Decía que me espantaba, que yo también, como Alberto Fuguet, tuve un tío que se perdió, que si leía su libro iba a desistir de escribir la historia de mi propio tío perdido, que aún no estaba preparado para estrellarme contra un muro y sentir el fracaso sin haber intentado nada, sin si quiera haber escrito una primera palabra en la página en blanco. Estaba exagerando: estaba listo y me moría de ganas de leer Missing (una investigación).

La verdadera razón por la que no lo leía era, como las cosas verdaderas, más simple: quería leerlo en papel. Porque a los oscuros libros del deseo se les lee en papel.

Hace unos días lo conseguí y no lo solté. Missing no es un libro sobre un tío en particular, sino sobre una familia. Una familia no del todo feliz y por eso —como dijo Tolstói— con un motivo especial para sentirse desgraciada. Como cualquier familia. Esa familia, la de Fuguet, vio cómo Carlos Fuguet desapareció de sus vidas. Nadie supo de su paradero. Hasta que Alberto, su sobrino, siendo escritor pero emulando a un detective, empezó a buscarlo. Contrató a un detective real. Algo supo; luego, lo encontró.

Entonces inició una búsqueda de las razones internas que empujaron a su tío a querer desligarse de su familia y, a veces, a huir del mundo. El libro es una tentativa constante de comprender el desarraigo familiar y también el de su contracara: la dependencia filial. Para ello, Fuguet no solo encontró a su tío, sino que tuvo que inventarlo. Los intersticios del tío extraviado que Fuguet no fue capaz de dilucidar cuando por fin lo tuvo cara a cara, los tuvo que recrear. Alberto Fuguet tuvo que convertirse, en cierta forma, en Carlos Fuguet. Fuguet en un Fuguet. Ese desdoblamiento propicia el mejor capítulo del libro, Echoes of his mind, un viaje a las emociones secretas de su tío, a sus amores y a sus delitos, a sus fragilidades y a sus convicciones. Ese desdoblamiento es el corazón del libro, el tronco de lo que todo lo demás depende. La belleza de lo inescrutable está ahí: es meterse en la cabeza del otro.

A este punto yo solo podía pensar en la historia de mi propio tío perdido. Que se fue un día de 1979 y no se supo más de él. Que dejó a dos hijas y a su esposa. Él no lo supo, pero partió en dos el corazón de su madre. Cuando su madre —mi abuela— agonizaba, preguntó por su primogénito desaparecido. Sus hijas lo mataron el día en que cruzó la puerta y no regresó. Cuarenta años así, sin saber nada, ni un susurro.

Hasta que un día a mi madre le llegó una invitación por Facebook, el perfil de una adolescente que se llamaba como mi abuela: Isaura Renderos. Mi madre la aceptó. La niña vivía en Venezuela. Se puso en contacto con ella. Indagó, averiguó, encontró. Mi tío había estado en Venezuela durante veinte años. Lo vio en una videollamada, estaba más viejo, pero era él. Mi madre quiso preguntarle sobre su vida, pero sus respuestas fueron tajantes. No quería hablar de eso. A nadie, más que a él, le incumbía. En el fondo, mi tío sigue desaparecido. Aquel Osmín que se fue, quien sabe cómo ni adónde, en 1979, no lo recuperaremos jamás. ¿Qué queda de él? ¿Por qué se fue? ¿De qué vivió?

Contestar esas preguntas es abrir viejas heridas. Es meterse en un pantano. Es escarbar en las inmundicias que todos llevamos dentro. Es, como hizo Fuguet, escribir un libro. Un buen libro.