viernes, 3 de marzo de 2023

Missing, de Alberto Fuguet

 

El libro se me había atragantado desde hace años. Cuando me preguntaban por qué no lo leía, solía mentir. Decía que me espantaba, que yo también, como Alberto Fuguet, tuve un tío que se perdió, que si leía su libro iba a desistir de escribir la historia de mi propio tío perdido, que aún no estaba preparado para estrellarme contra un muro y sentir el fracaso sin haber intentado nada, sin si quiera haber escrito una primera palabra en la página en blanco. Estaba exagerando: estaba listo y me moría de ganas de leer Missing (una investigación).

La verdadera razón por la que no lo leía era, como las cosas verdaderas, más simple: quería leerlo en papel. Porque a los oscuros libros del deseo se les lee en papel.

Hace unos días lo conseguí y no lo solté. Missing no es un libro sobre un tío en particular, sino sobre una familia. Una familia no del todo feliz y por eso —como dijo Tolstói— con un motivo especial para sentirse desgraciada. Como cualquier familia. Esa familia, la de Fuguet, vio cómo Carlos Fuguet desapareció de sus vidas. Nadie supo de su paradero. Hasta que Alberto, su sobrino, siendo escritor pero emulando a un detective, empezó a buscarlo. Contrató a un detective real. Algo supo; luego, lo encontró.

Entonces inició una búsqueda de las razones internas que empujaron a su tío a querer desligarse de su familia y, a veces, a huir del mundo. El libro es una tentativa constante de comprender el desarraigo familiar y también el de su contracara: la dependencia filial. Para ello, Fuguet no solo encontró a su tío, sino que tuvo que inventarlo. Los intersticios del tío extraviado que Fuguet no fue capaz de dilucidar cuando por fin lo tuvo cara a cara, los tuvo que recrear. Alberto Fuguet tuvo que convertirse, en cierta forma, en Carlos Fuguet. Fuguet en un Fuguet. Ese desdoblamiento propicia el mejor capítulo del libro, Echoes of his mind, un viaje a las emociones secretas de su tío, a sus amores y a sus delitos, a sus fragilidades y a sus convicciones. Ese desdoblamiento es el corazón del libro, el tronco de lo que todo lo demás depende. La belleza de lo inescrutable está ahí: es meterse en la cabeza del otro.

A este punto yo solo podía pensar en la historia de mi propio tío perdido. Que se fue un día de 1979 y no se supo más de él. Que dejó a dos hijas y a su esposa. Él no lo supo, pero partió en dos el corazón de su madre. Cuando su madre —mi abuela— agonizaba, preguntó por su primogénito desaparecido. Sus hijas lo mataron el día en que cruzó la puerta y no regresó. Cuarenta años así, sin saber nada, ni un susurro.

Hasta que un día a mi madre le llegó una invitación por Facebook, el perfil de una adolescente que se llamaba como mi abuela: Isaura Renderos. Mi madre la aceptó. La niña vivía en Venezuela. Se puso en contacto con ella. Indagó, averiguó, encontró. Mi tío había estado en Venezuela durante veinte años. Lo vio en una videollamada, estaba más viejo, pero era él. Mi madre quiso preguntarle sobre su vida, pero sus respuestas fueron tajantes. No quería hablar de eso. A nadie, más que a él, le incumbía. En el fondo, mi tío sigue desaparecido. Aquel Osmín que se fue, quien sabe cómo ni adónde, en 1979, no lo recuperaremos jamás. ¿Qué queda de él? ¿Por qué se fue? ¿De qué vivió?

Contestar esas preguntas es abrir viejas heridas. Es meterse en un pantano. Es escarbar en las inmundicias que todos llevamos dentro. Es, como hizo Fuguet, escribir un libro. Un buen libro.

 

 

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