A El Tembladero se llega por la carretera El Litoral,
buscando el poblado La Cangrejera y cruzando a mano izquierda después de unos
cien metros del puente El Amatal. El cruce se identifica por un rótulo negro con
letras amarillas que anuncia a una funeraria. La calle asfaltada se corta a
unos cuantos metros del desvío; luego el camino se vuelve sinuoso, con piedras
y desniveles. Si se llegara de noche, estas serían señales inequívocas de un
cruce riesgoso, un wrong turn.
En El Tembladero no vive más que una familia. Si uno
pregunta por el apellido de los coterráneos, le darán las indicaciones exactas para
llegar a la finca de la familia Pérez, una amplia extensión de tierra donde
cultivan mangos, aguacates, sandías y otros árboles frutales, y también donde
tienen mataderos de cerdos y vacas. Pero El Tembladero y sus moradores no se aprecian
por lo que cultivan, sino por lo que encontraron bajo el suelo: un acuífero
termal. Desde hace treinta años esta familia vive sobre un nacimiento de agua que
abastece a los cantones a la redonda. Coloquialmente le llaman un
“respiradero”, por el agua tibia que brota de la superficie. Como si la tierra
sudara. El Tembladero se llama así porque cuando uno camina sobre la tierra, el
suelo cruje, se estremece. Uno tiene la impresión de que está pisando un suelo
de goma. Si uno salta, la tierra queda temblando por unos segundos. Si la capa
de tierra que nos separa del agua fuera más delgada, caeríamos presas del lodo,
como en un pantano.
Antes había zonas del lugar sobre las que no podía
caminarse. Si uno fuera incauto, confundiría una poza circular que yace en
medio del terreno con un jacuzzi natural. El agua emana caliente y uno puede
ver el fondo sin dificultad. Dan ganas de meterse con una cerveza fría. Sin
embargo, la poza succiona todo lo que cae adentro de ella. Asombrados por este
misterio, uno de los cuidadores sumergió una vara de ocho metros para intentar
alcanzar el fondo, pero fue succionada por el lodo. “No sabemos cuál es su
profundidad”, dice. “Si uno se mete allí, ya no sale”. A diferencia de otras
pozas donde crían tilapias, en esta poza las tilapias se mueren. “El vapor les
saca los ojos”, nos cuentan.
Este recinto también recibe a hidrólogos que
investigan el acuífero. “Aquí nos volvimos famosos porque salimos en la
televisión”, nos dice Giovanni, el jefe de esta familia. “Vinieron unos
españoles a estudiar el agua y después salimos en el canal 21”. Giovanni
participa en el coro de la iglesia. Giovanni destaza a un cerdo en media hora
con la misma pericia con la que toca la guitarra.
En El Tembladero los árboles atenúan el calor
sofocante de la costa. Si el calor es insoportable, la familia de Giovanni ha
construido una poza donde uno puede bañarse. La poza es de agua tibia, honda y
está a la par de un árbol de donde uno puede tirarse desde unos cuatro metros
de altura.
Antes de partir a la iglesia, Giovanni se refiere a su
esposa como “la embarazada”. Esperan a su segundo hijo. Ella está preparando
una sopa de gallina hecha en leña y tilapias fritas con cuajada. Un perro
devora una tilapia cruda, alerta de que ninguno de los otros ochos perros se
atreva a quitársela. Estos caninos son los guardianes del lugar: no hay forma de
que un extraño acceda al terreno de los Pérez sin que salga la jauría a querer
comérselo vivo. Solo se puede entrar en compañía de alguien de la casa.
Mientras disfrutamos de la sopa de gallina y de las
tilapias, Vladimir —hermano de Giovanni— nos cuenta que el régimen de excepción
arrasó con las pandillas en La Cangrejera. Vladimir cuenta el Relato, con
mayúscula, de lo que acontece en los territorios otrora dominados por las
pandillas: que las pandillas ya no están, que hoy se puede transitar libremente
por las calles, que, aunque se han llevado a gente inocente, es por el bien de
todos los demás.
En El Tembladero no hay refrigeradora, pero la
información viralizada llega puntual. Dos niños juegan en la poza a los
policías y ladrones en la versión oficial:
-
Ey,
juguemos a que yo soy Nayib Bukele y vos sos un mañoso
-
Dale,
pues, perseguime.
Luego uno tararea la canción de Shakira y Bizarrap y
el otro exclama “Andá pa ashá, bobo”, con pasmosa naturalidad.
Salimos del lugar a las cuatro de la tarde. Giovanni
regresaba de la iglesia. Nos despedimos de su esposa y sus hermanos. Les dimos
las gracias. Volví a la poza circular que parece un jacuzzi, pero que es más
bien un abismo mortal. Imaginé los objetos que pudo haberse tragado con el
tiempo: un cúmulo de basura, huesos, tilapias con los ojos arrancados. No pude
evitar pensar que incluso más de una persona fue tragada por esa tierra blanda.
Reparé en lo difícil que resulta no pensar en la muerte, aunque se esté en un
lugar que literalmente provee vida.
En el camino fuimos detrás de un adolescente que
arreaba a cinco vacas. Nos escoltaron hasta la carretera. Luego llegamos al asfalto
y retornamos a la ciudad: de vuelta adonde si la tierra tiembla, vaticina desgracias.
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