martes, 21 de marzo de 2023

El Tembladero

 

A El Tembladero se llega por la carretera El Litoral, buscando el poblado La Cangrejera y cruzando a mano izquierda después de unos cien metros del puente El Amatal. El cruce se identifica por un rótulo negro con letras amarillas que anuncia a una funeraria. La calle asfaltada se corta a unos cuantos metros del desvío; luego el camino se vuelve sinuoso, con piedras y desniveles. Si se llegara de noche, estas serían señales inequívocas de un cruce riesgoso, un wrong turn.

En El Tembladero no vive más que una familia. Si uno pregunta por el apellido de los coterráneos, le darán las indicaciones exactas para llegar a la finca de la familia Pérez, una amplia extensión de tierra donde cultivan mangos, aguacates, sandías y otros árboles frutales, y también donde tienen mataderos de cerdos y vacas. Pero El Tembladero y sus moradores no se aprecian por lo que cultivan, sino por lo que encontraron bajo el suelo: un acuífero termal. Desde hace treinta años esta familia vive sobre un nacimiento de agua que abastece a los cantones a la redonda. Coloquialmente le llaman un “respiradero”, por el agua tibia que brota de la superficie. Como si la tierra sudara. El Tembladero se llama así porque cuando uno camina sobre la tierra, el suelo cruje, se estremece. Uno tiene la impresión de que está pisando un suelo de goma. Si uno salta, la tierra queda temblando por unos segundos. Si la capa de tierra que nos separa del agua fuera más delgada, caeríamos presas del lodo, como en un pantano.

Antes había zonas del lugar sobre las que no podía caminarse. Si uno fuera incauto, confundiría una poza circular que yace en medio del terreno con un jacuzzi natural. El agua emana caliente y uno puede ver el fondo sin dificultad. Dan ganas de meterse con una cerveza fría. Sin embargo, la poza succiona todo lo que cae adentro de ella. Asombrados por este misterio, uno de los cuidadores sumergió una vara de ocho metros para intentar alcanzar el fondo, pero fue succionada por el lodo. “No sabemos cuál es su profundidad”, dice. “Si uno se mete allí, ya no sale”. A diferencia de otras pozas donde crían tilapias, en esta poza las tilapias se mueren. “El vapor les saca los ojos”, nos cuentan.

Este recinto también recibe a hidrólogos que investigan el acuífero. “Aquí nos volvimos famosos porque salimos en la televisión”, nos dice Giovanni, el jefe de esta familia. “Vinieron unos españoles a estudiar el agua y después salimos en el canal 21”. Giovanni participa en el coro de la iglesia. Giovanni destaza a un cerdo en media hora con la misma pericia con la que toca la guitarra.

En El Tembladero los árboles atenúan el calor sofocante de la costa. Si el calor es insoportable, la familia de Giovanni ha construido una poza donde uno puede bañarse. La poza es de agua tibia, honda y está a la par de un árbol de donde uno puede tirarse desde unos cuatro metros de altura.

Antes de partir a la iglesia, Giovanni se refiere a su esposa como “la embarazada”. Esperan a su segundo hijo. Ella está preparando una sopa de gallina hecha en leña y tilapias fritas con cuajada. Un perro devora una tilapia cruda, alerta de que ninguno de los otros ochos perros se atreva a quitársela. Estos caninos son los guardianes del lugar: no hay forma de que un extraño acceda al terreno de los Pérez sin que salga la jauría a querer comérselo vivo. Solo se puede entrar en compañía de alguien de la casa.

Mientras disfrutamos de la sopa de gallina y de las tilapias, Vladimir —hermano de Giovanni— nos cuenta que el régimen de excepción arrasó con las pandillas en La Cangrejera. Vladimir cuenta el Relato, con mayúscula, de lo que acontece en los territorios otrora dominados por las pandillas: que las pandillas ya no están, que hoy se puede transitar libremente por las calles, que, aunque se han llevado a gente inocente, es por el bien de todos los demás.

En El Tembladero no hay refrigeradora, pero la información viralizada llega puntual. Dos niños juegan en la poza a los policías y ladrones en la versión oficial:

-        Ey, juguemos a que yo soy Nayib Bukele y vos sos un mañoso

-        Dale, pues, perseguime.

Luego uno tararea la canción de Shakira y Bizarrap y el otro exclama “Andá pa ashá, bobo”, con pasmosa naturalidad.

Salimos del lugar a las cuatro de la tarde. Giovanni regresaba de la iglesia. Nos despedimos de su esposa y sus hermanos. Les dimos las gracias. Volví a la poza circular que parece un jacuzzi, pero que es más bien un abismo mortal. Imaginé los objetos que pudo haberse tragado con el tiempo: un cúmulo de basura, huesos, tilapias con los ojos arrancados. No pude evitar pensar que incluso más de una persona fue tragada por esa tierra blanda. Reparé en lo difícil que resulta no pensar en la muerte, aunque se esté en un lugar que literalmente provee vida.

En el camino fuimos detrás de un adolescente que arreaba a cinco vacas. Nos escoltaron hasta la carretera. Luego llegamos al asfalto y retornamos a la ciudad: de vuelta adonde si la tierra tiembla, vaticina desgracias.

 

 

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