“Cuando un escritor nace en una familia, esa familia
está acabada”, dice el escritor Czeslaw Milosz. La frase la escuché en un
conversatorio reciente sobre la autocensura, en el que participaron los
escritores Juan Gabriel Vásquez, Sergio Ramírez y Mircea Cărtărescu. El
escritor no escribe para la familia, dijo Ramírez, no tiene por qué pensar en
ella. Si la familia constituye parte del relato, hay que contarla, hay que exorcizarla.
Si el escritor suprime episodios porque pensó en las repercusiones que tendría
en su familia, está reprimiéndose a sí mismo. La literatura no puede surgir sin
la más absoluta libertad.
Aunque enemiste.
Aunque no se comprenda.
La escritora noruega Vigdis Hjorth escribió uno de
estos libros que despedazan familias. Basada en hechos biográficos, La
herencia cuenta el drama interno de una familia desde la perspectiva de Bergljot,
la narradora-protagonista del relato, la segunda de cuatro hermanos que
entrarán en disputa luego de que conozcan la decisión de sus padres de heredar
una vieja casa de playa a sus dos hijas menores, dejando sin su parte a
Bergljot y a su hermano Bard, el
primogénito, y los que, por motivos que se irán conociendo, decidieron
permanecer lejos de la familia («perdí a mi familia más cercana hace veintitrés
años», escribe Bergljot).
Más que una rencilla de intereses por la herencia, o
por caprichos individuales, lo que hiere y sacude a la familia de Bergljot son
los traumas que reviven tras conocer la decisión de sus padres: esas luchas no
dichas que cada quién libra para dejar atrás los fantasmas del pasado. Esos
traumas se potenciarán tras la muerte del padre, que sabemos que ha muerto
desde la primera línea de la novela, luego de que caiga por las escaleras de la
casa.
Todas las familias arrastran secretos y rencores, nos
dice La herencia, y, a veces, solo es cuestión de tiempo para que estos
se manifiesten e irrumpan en la cotidianidad de sus miembros.
Hjorth ha tenido que explicar, quizá en demasía, que La
herencia no es más que una novela, y que si bien puede tener tramas basadas
en su familia —la relación rota con su hermana, por ejemplo, que incluso
escribió una novela como respuesta a La herencia—, Bergljot no es
Hjorth, aunque se le parezca, y que la intensidad emocional que está contenida
en la novela no es más que el resultado del pulso narrativo mezclado con las
vivencias de la escritora.
La novela hace referencia en varias ocasiones a Festen,
la excelente película de Thomas Vinterberg, y no le falta razón, pues como
aquella también en La herencia se va revelando de a poco el secreto
familiar que atormenta a Bergljot, un oscuro pasado que la involucra a ella y a
su padre, y que, a su modo, es la espina que lastima de diferentes maneras a
sus hermanas y, sobre todo, a su madre. Como en Festen, uno de los
momentos más memorables de La herencia es cuando Bergljot lee una
confesión frente a su madre y sus hermanas, quitándose de encima una carga que llevaba
a cuestas desde hace años y que, a decir de ella misma, la seguirá por siempre,
así sea en sus sueños o en los artículos que escribe para una revista.
La herencia está escrita con saltos temporales, llevándonos a
episodios que vivió la protagonista y que determinan, a su modo, la forma en
cómo ella está afrontando el momento presente, con sus hermanos enfrentados por
la casa de Hvaler y llevando el luto por la muerte de su padre. Las heridas de la familia de Bergliot son
profundas, aunque se muestran en decisiones sutiles; por ejemplo, en el
continuo rechazo de los hermanos a reunirse en persona —abundan las
comunicaciones por emails o mensajes de texto—, pues mirar al otro resulta
repulsivo e incómodo.
Los sueños y el psicoanálisis recorren todo el relato,
lo cual también nos recuerda que estamos en un país de primer mundo. Bergliot
recurre a Freud y a Jung para comprenderse a sí misma. En un país en la que las
consultas psicológicas son gratuitas, la protagonista acude a un psicoanalista
cuatro veces por semana, a quien le irá relatando parte de sus pesadillas.
Termino de leer La herencia unos días después
del final de Succession, una serie que, partiendo de una premisa
diferente, nos mostró a una familia disfuncional luchando por un pedazo de
reconocimiento y poder, y la cual acabaría desmoronándose luego de la muerte
del patriarca. Como en La herencia, los hermanos Roy, antes que lidiar
con el legado de su padre, tienen que lidiar con ellos mismos. Y en esto último
se abren grietas insospechadas.
«No es fácil ser una persona», dice un personaje en La
herencia. Y no. Tampoco tener familia.
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