miércoles, 28 de junio de 2023

Un amor fallido

 

Desde mis primeras lecturas de J.M Coetzee, lo primero que le admiré fue la concisión de sus historias. No en el sentido de la longitud —hay unas que son extensas—, sino en el sentido de decir lo esencial.

Tenía la impresión de que su última novela, El polaco, podía romper esta apreciación. ¿Cómo iba a sostenerse hoy, en tiempos del fin del amor romántico y de las relaciones líquidas, una historia que evocaba al amor platónico, imposible, entre dos personas? ¿La enésima versión de Dante y Beatriz?

Sin embargo, El polaco es todo lo contrario. Se trata de una novela sobre un amor fallido. En una gira por Barcelona, Witold, un pianista polaco septuagenario, se enamora de Beatriz al primer día de conocerla, una mujer entrada en los cincuenta, culta, que está casada con un ejecutivo. Clavadísimo, Witold le hace propuestas delirantes a Beatriz, como irse de vacaciones juntos a Rio de Janeiro.

Beatriz, como es natural, no se lo explica. ¿Qué ve en ella este ilustre pianista especializado en Chopin? ¿Será que, como el autor polaco, quería a una mujer que cuidase de él en los últimos años de su vida? Entre los dos hay más diferencias que puntos en común. Ni siquiera comparten el idioma: deben comunicarse en un inglés desprolijo. Witold interpreta a Chopin con rigor, a ella le gusta un Chopin más suelto y lírico.

Hay mucho de deprimente en el enamoramiento de Witold. Podría entenderse como un impulso en las orillas de la muerte, como la tentación de un último fuego. Beatriz lo complace durante una estancia en Mallorca, en donde se acuesta desnuda con él, ayudándolo a revivir la experiencia sexual. Conmueve imaginarse a ese cuerpo viejo expectante de recibir y dar una fracción de sensualidad.

Sin duda esa estancia en Mallorca, en una casa veraniega que es propiedad de Beatriz, es uno de los momentos medulares de El polaco, porque en él se muestra la imposibilidad de ese amor, incluso cierta ridiculez, pero también la posibilidad de lo que pudo haber sido: una aventura palpitante o un encuentro despreciable.

A Witold y Beatriz les costaba entenderse desde el idioma. Esta dificultad vuelve en los últimos dos capítulos, en los que Beatriz intenta traducir ochenta páginas de poesía que le dejó Witold. Escritos en polaco, Beatriz irá descifrando el significado de estos poemas con ayuda de una traductora al tiempo en que irá descubriendo los sentimientos del viejo pianista y los de ella misma.

La novela se resuelve en ese juego que nos propone Coetzee: una elegante manera de mostrarnos que amar al otro es también ser capaz de traducirlo.

 

 

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