jueves, 19 de diciembre de 2024

Sarlo (1942-2024)

Beatriz Sarlo llegó a mí durante los años de licenciatura en economía, un encuentro que podría parecer improbable, pero que fue posible gracias a Walter Benjamin. Sarlo había publicado un libro que recogía diversos ensayos sobre el autor de El libro de los pasajes con el título «Siete ensayos sobre Walter Benjamin» y fue, como mucho de lo que le leí, iluminador. Ahí estaba Benjamin: crítico literario, historiador, teórico, esteta, revolucionario. Mi libreta de entonces apenas guardó una nota: «hacer jazz es presuponer la potencia estética de un recuerdo». También me abrió otra puerta: Borges. Sarlo lo llamó «el axioma de la literatura argentina». A partir de Borges, sostuvo, «se cruzan o se dispersan todas las líneas».  Sus clases debieron ser estupendas. En una de ellas, sobre Rayuela, le puso fecha de caducidad a la literatura reverencial de la Revista Sur: Cortázar había inaugurado una era más libre y juguetona. Tras su muerte, a los 82 años, leo que Sarlo era aguda para cualquier cosa que se propusiera. Le entusiasmó la militancia política, transitó de la izquierda marxista a una socialdemocracia al “estilo argentino”, y no tenía reparos en clavar su inteligencia donde creía que se necesitaba. Era una polemista impar.  En sus últimos días se acercó con mirada crítica a los abusos de la corrección política y al lenguaje inclusivo. En un artículo sarcástico y audaz, La princesa no está triste, remeda las intenciones de algunas editoriales de transgredir obras clásicas para que tomen en cuenta la perspectiva de género. Se imaginaba, así, que ella era dueña de una editorial y publicaba obras con los títulos Tomasita Sawyer, Huguita Finn o Doña Quijota. En sus novelas, el personaje principal de Crimen y castigo sería Radiona Raskolnikova, quien asesina a un usurero por no poder cumplir sus sueños. En el 2019, mantuvo un debate con Santiago Kalinowski que luego editaron con el título La lengua en disputa. Al ser interrogada sobre si el lenguaje inclusivo suponía un riesgo para la lengua, Sarlo respondió: «no me molesta el riesgo, sino la imposición». Hasta el final, sus artículos en El País y otras revistas nos invitaron a pensar. El año pasado la vi de lejos en la Feria del Libro de Buenos Aires, en un evento de la Biblioteca Nacional. No creo que Sarlo mirara hacia este rincón del mundo, pero nosotros deberíamos mirar hacia ella: aprender de su rigor, su audacia y su compromiso con descifrar la sociedad y sus monstruos.

miércoles, 18 de diciembre de 2024

Narrativas de la fe


Scott Beck y Bryan Woods llevan varios años haciendo películas juntos. Su estilo de trabajo les ha permitido, según cuentan en algunas entrevistas, adivinar el pensamiento del otro. La fórmula más exitosa, acaso, del trabajo en equipo: anticiparse a lo que hará tu compañero.

Han tenido éxito: crearon, junto con John Krasinski, la saga postapocalíptica A quiet place, donde el ruido mismo se convierte en sentencia de muerte. Exploradores del suspenso, Beck y Woods hicieron con Haunt (2019) su interpretación del slasher, y lograron adaptar con buenas críticas el resbaladizo cuento The boogeyman de Stephen King. Y ahora su última creación se llama Heretic (2024), una película que funciona como un caleidoscopio de emociones: inicia como un cuento de hadas, se transforma en un thriller psicológico y culmina con un baño de sangre.

La trama de Heretic sigue a las hermanas Barnes (interpretadas por Sophie Thatcher) y Paxton (Chloe East), misioneras de la Iglesia de los Santos de los Últimos Días, cuya fe se pondrá a prueba de formas escabrosas. En su peregrinaje evangelizador, llegan a la casa del señor Reed, interpretado por un magistral Hugh Grant. Reed es un personaje ambiguo y perturbador, un erudito obsesionado con la teología y los mitos antiguos. Bajo su hospitalidad aparente se oculta un juego macabro: encierra a las hermanas en su casa y comienza a manipular sus mentes, explotando sus creencias con una calculada perversidad. Reed intentará desmontar sus certezas y sembrar dudas. Les dirá, entre otras cosas, esto: que la religión no es más que un relato bien contado; que, si lo piensan bien, su religión no es más que un plagio de otras. Heretic se sintetiza en estas frases y en una falsa disyuntiva que les propone a las dos hermanas: al modo de las pastillitas de The Matrix, las invitará a elegir entre la puerta de la creencia o la de la descreencia. Es un juego: ambas conducen a un cuarto sin salida. Ahí, en ese cuarto oscuro, se develarán las razones del señor Reed.

Cuando terminó la película anoté estas palabritas: fe, ideología, creencia, dios. Y reflexioné sobre los relatos que nos construyen, las narrativas que abrazamos para darle sentido al caos. No hay fe sin buenos relatos.

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Se llama Parroquia San Cristóbal. Está en el centro de Palín, Guatemala. Para entrar a esta iglesia hay que pasar por puestos de ventas ambulantes. Venden zapatos —muchos zapatos—, reses, pollos, baratijas, comidas típicas. En las paredes hay rótulos que piden no usar el celular en la casa de dios. Cuando entro los feligreses están hincados, rezando. Repiten palabras que reconozco, pero que nunca he memorizado. Mi padre, que está sentado atrás mío, dice: «la religión somete a los pueblos». Río, porque no sé si lo dijo en broma o si era un comentario serio. Estamos aquí para presenciar un bautizo. El sacerdote, con voz firme y pausada, se dirige a los padrinos, recordándoles la carga simbólica que han aceptado. “De ustedes depende cultivar la fe de los bautizados”, les dice, subrayando la trascendencia de su rol.

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En Conclave (2024), de Edward Berger, el cardenal Thomas Lawrence (Ralph Finnes) está perdiendo la fe. El papa ha muerto. El cardenal tiene que convocar al cónclave que decidirá quién será el nuevo representante de dios en la tierra. No es fácil: los egos de los embajadores de cristo entran en disputa. También sus ideologías, por supuesto. Mientras los cardenales se reúnen, afuera el mundo también es testigo de su propia inquietud, una desesperación palpable que explota, literal y simbólicamente, con una bomba detonada a las afueras de la Capilla Sixtina. Dentro, los cardenales libran una guerra más sutil: salen a la discusión las muchas salpicaduras de la iglesia—las pedofilias, las complicidades, los abusos de poder. Aparecerá, en un discurso memorable del cardenal Lawrence, el monosílabo: fe. «Nuestra fe es algo vivo precisamente porque camina de la mano de la duda. Si sólo existiera la certeza y no la duda, no habría misterio. Y, por tanto, no habría necesidad de fe. Recemos para que Dios nos conceda un Papa que dude. Y que nos conceda un Papa que peque y pida perdón y que siga adelante», dice. Al final de la película habrá un nuevo papa: el ungido menos esperado.

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Perdí la fe a los doce años. He contado esta historia muchas veces, quizá demasiadas. Martín Caparrós escribe en Antes que nada, sus memorias, que todos llevamos mitos sobre nosotros mismos. El mío se remonta al año 2005, cuando regresábamos de un centro comercial en familia. En un instante, el impacto. Una conductora se cruzó un semáforo en rojo y chocó con nosotros. Recuerdo el sonido seco del metal, el humo que llenó el coche y el sorbete que iba comiendo convertirse en una plasta sobre la alfombra. Mi padre y yo salimos con raspones; yo con un chindondo en la cabeza y él con un codo magullado. Mi madre, en cambio, cargó con la peor parte: su rostro marcado por una quemadura y el embarazo de siete meses en peligro. La ambulancia llegó rápido. Recuerdo estas palabras: «puede perder el embarazo». Mis padres partieron al hospital, y yo regresé a casa. A la casa vacía, al silencio y a la penumbra de mi cuarto. Lloré. Tuve miedo, un miedo visceral: miedo de no volver a ver a mi madre, miedo de no conocer a mi hermano. En medio de esa soledad, busqué, pues, lo que no tenía: consuelo. Y recé. Recé con intensidad. Y ahí entendí, o creí entender, lo que significa la fe. Que no es más que una cuerda lanzada en medio de un naufragio, un relato que funciona cuando el mundo se desmorona. Nunca volví a rezar. No volví a creer. Pero esa cuerda, aunque rota, sigue siendo un eco de lo que somos: narradores perdidos en busca de sentido.


miércoles, 27 de noviembre de 2024

Drones, los nuevos héroes

El uso de drones alteró la cinematografía. Ahora es habitual que las películas tengan tomas desde el cielo. Si su uso no es comedido, puede ser interpretado como falta de pericia técnica. El abuso del ojo de dios. Pero hay otra alteración que trajo consigo el dron: el héroe de guerra. En Land of Bad (2024) de William Eubank, el héroe es un soldado que maneja un dron a miles de kilómetros de donde está sucediendo un operativo militar. Este soldado carece de la fuerza de Rambo, pues no la necesita. No es un personaje que requiera de Arnold Schwarzenegger para ser interpretado. Por supuesto, esta peculiar característica democratiza las opciones para aspirar a ser un protagonista de acción. El mencionado soldado en Land of Bad es nada menos que Russell Crowe, que salva una operación marcial mientras está sentado bebiendo una Coca-Cola. Sin necesitar el cuerpo de gladiador, Crowe fue mortal.

Volver

 Supongo que debo empezar diciendo que estoy de vuelta.

Hace unas semanas un amigo me recordó este sitio. Durante meses yo lo había olvidado.

Volver y leer estos textos es un extraño ejercicio de autoconocimiento. En varios de ellos aun me encuentro, puedo decir “este soy yo”, pero en otros me desconozco.

El año está terminando, pero aquí vamos otra vez.

Que se incorporen unos textos más a este modesto espacio que llamé “Nosotros los viles”.

El día que ya no esté, que al menos sepan que dejé algo aquí.

jueves, 8 de febrero de 2024

Maniac, de Benjamín Labatut

Por los días en que Benjamin Labatut presentaba su nuevo libro, Maniac (Anagrama, 2023), circuló un meme en redes sociales que mostraba a un matemático en condiciones de mendicidad: un hombre con saco desgastado, barba hasta el pecho y cabello despeinado. Probablemente, aunque nunca confirmé, se trataba de un matemático reconocido, uno de esos que emergen ocasionalmente en la historia de la humanidad, realizan un descubrimiento fundamental y luego, por razones extrañas de la mente (o del alma), caen en la locura, sumiéndose en delirios paranoicos y perdiéndose en el mundo.

Estaba, pues, ese hombre, y la imagen venía acompañada de unas palabras: «Labatut, haz lo tuyo».

Tras Un verdor terrible, Labatut forjó una marca reconocida por escribir sobre la razón y la locura. En aquel libro, trazó las vidas de matemáticos fascinantes que, aunque habían realizado contribuciones inmensas a la historia de la ciencia, también habían visto sus descubrimientos utilizados (o potencialmente utilizables) para construir armas de destrucción masiva.

Lo notable de Labatut es que, como él mismo admite, no posee conocimientos científicos ni matemáticos. Sin embargo, la manera en que narra la invención de una ecuación y la vida de quien la hizo posible, parece indicar que domina la física cuántica o la teoría de números con la misma habilidad con la que un ebanista barniza sus piezas.

En Maniac, Labatut regresa con los mismos temas y las mismas intrigas. «Tendrán que leer el mismo libro diez veces», mencionó en una entrevista.

El libro se compone de tres secciones. La primera nos sumerge en la vida de Paul Ehrenfest, un físico austriaco superdotado que, en los albores del nazismo, cae en una profunda depresión y decide acabar con la vida de su hijo, quien padecía síndrome de Down, para luego quitarse la vida de un disparo en la cabeza. La segunda sección es la más extensa del libro. Escrita como una novela coral,  Labatut nos relata la vida de John Von Neumann, ese matemático cuya inteligencia no podía ser clasificada sino como un acto de creación divina (o diabólica), el hombre detrás de los principios que gobiernan las computadoras y la inteligencia artificial de hoy en día, un matemático que fue crucial para el desarrollo de la bomba atómica y la bomba de hidrógeno y para el desarrollo de misiles de largo alcance, alguien cuya mente visualizó los avances tecnológicos más sofisticados que estamos presenciando actualmente a mediados del siglo XX, y alguien que, a pesar de ese colosal poder creativo, se va desgastando gradualmente debido a un cáncer, sumiéndose en delirios y procesos melancólicos como cualquier otro ser humano. Por último, Labatut nos lleva en un relato bellísimo al duelo entre AlphaGo y Lee Sedol, la confrontación entre la inteligencia artificial creada por DeepMind y uno de los considerados mejores jugadores de Go de todos los tiempos, un juego que no solo implica cálculo y estrategia, sino también estética y misticismo, un juego que se creía nunca podría ser dominado por una IA, pero que, sin embargo, vence al mejor de nosotros en cuatro de cinco partidas. La única partida que gana Sedol es "el momento Labatut", un momento asombroso en el que Sedol realiza un movimiento que desconcierta a la IA, en el que, a pesar de sus poderosos cálculos, comienza a fallar, como si ella misma entrara en un proceso de auténtica locura.

Por supuesto, Maniac, al explorar la génesis, los alcances y, de alguna manera, los peligros que la inteligencia artificial podría conllevar, se convierte en una lectura relevante y, además, imprescindible. Sin embargo, su verdadero valor radica en revelarnos que, una vez más, los avances impulsados por la inteligencia humana podrían estar sembrando las semillas de nuestra propia destrucción, o abriendo la puerta a nuevos horrores que aun no alcanzamos a sospechar.


jueves, 11 de enero de 2024

May December, de Todd Haynes

Si busco en mi bitácora de cine, no he visto más que dos películas del repertorio de Todd Haynes. Las dos películas son recientes.  Está, por supuesto, Dark Waters de 2019 porque si actúa Mark Ruffalo se ve obligada y Carol de 2015 porque si actúa Cate Blanchett también se ve obligada, ambas películas muy distintas entre sí, y ninguna señal de las otras anteriores, dentro de las que sobresalen algunas películas veneradas por la crítica, como la under y muy fetichizada Velvet Goldmine (1998), el clásico Far from heaven (2002) y una de las emblemáticas de corte rockero como I’m not there (2007). Títulos que, aunque no los haya reproducido jamás, sé que forman parte de las cintas importantes que “hay que ver una vez en la vida”. Hice ese recuento antes de sentarme a ver por Netflix May December (2023), la última película de Todd Haynes, porque me pasa que con esos directores que tienen tres o más películas de las que “hay que ver una vez en la vida” suelo tomarlos por su obra completa, es decir, intentar ver desde su primera hasta su última película, pero con Todd hice una excepción. Total, en May december actúan Natalie Portman y Julian Moore. ¿Alguien puede resistirse a ver a ese par de talentos compartiendo pantalla?

Y May December es una genialidad. Está inspirada libremente  la expresión en inglés me gusta más, es más concisa y más lírica: loosely inspireden un caso de abuso sexual. En 1996, Mary Kay Letourneau, una maestra de primaria, tuvo relaciones sexuales con uno de sus estudiantes de doce años. Ella quedó embarazada, fue a prisión, tuvo al hijo y años después se casaron. En la película de Todd Haynes, el drama se sitúa veinte años después de este suceso. Como en la historia real, Gracie (Julian Moore) tuvo relaciones sexuales con Joe Yoo (Charles Melton) cuando este tenía trece años. Gracie y Joe están casados, tienen tres hijos una hija de veinte y dos gemelos que están por ir a la universidad y viven alejados, aparentemente, del sensacionalismo que causó su historia veinte años atrás. Pasan los días con cierta paz entre quienes los rodean la película de hecho empieza con una barbacoa familiar hasta que aparece Elizabeth (Natalie Portman), una actriz famosa que interpretará a Gracie en una película, por lo que quiere convivir con ella para entenderla mejor y protagonizar su historia  sin las manchas del amarillismo de tabloide y de la prensa rosa.

Entonces May December empieza a funcionar en distintos registros. Propone, sí, una mirada hacia los traumas ocultos de una familia que se construyó a partir de un abuso sexual, con todas las heridas que eso supone y que, efectivamente, laceran no solo a Gracie y a Joe, sino a sus hijos y a la familia anterior de Gracie su esposo y sus hijos de ese matrimonio y a prácticamente cualquier persona que se involucró a nivel familiar y de amistad con los implicados. Pero también May December juega con los límites de la representación, porque la presencia de Elizabeth no es la de una espectadora neutral, no solo está para emular los gestos y el habla de Gracie, para emular incluso la manera de maquillarse de ella, sino que  durante su permanencia en casa de los Yoo toma partido y se inmiscuye de tal manera en sus vidas que llegamos a desconfiar de ella y de los motivos por los que está interpretando ese papel. Y está, claro, la interpretación del drama mismo, las miradas que juzgan a Gracie por haber cometido estupro, la sensación incómoda que propicia la película de hacernos imaginar lo que hubiera pasado en caso de que el abuso hubiese ocurrido al revés, que un hombre de treinta y pico abusara de una menor de doce, como en nuestras sociedades ocurre abominablemente todo el tiempo, y que, bajo la mirada patriarcal del mundo, es la víctima la que sufre  las miradas inquisitivas y no el victimario, porque seguramente ella “se lo buscó”.

Aparte de celebrar que May December pueda verse a través de distintas capas, también resalto el corrimiento del centro dramático que ocurre en la película,  que pasa de ese juego de espejos bergmaniano entre Gracie y Elizabeth una queriendo convertirse en la otra, a la presencia dominante de Joe, quien ahora es un hombre de 36 años, técnico de rayos X, que tiene que criar a dos gemelos que tienen poco más edad de la que él tenía cuando pasó “el suceso”. Ensimismado durante buena parte de la película, Joe se ve como atrapado en una grieta de la que no puede salir. Según contó Todd Haynes en una entrevista para Vulture, un amigo suyo vio un corto de la película y le dio una de las mejores definiciones para la interpretación que hizo Charles Melton como Joe: «se mueve como un niño y un anciano, una combinación de los dos». En efecto, Joe se infantiliza cuando fuma marihuana con su hijo adolescente porque él no vivió esa experienciay se avejenta cuando se le ve como un jubilado cuyo pasatiempo es criar mariposas monarcas para liberarlas a la naturaleza. Una de las grandes metáforas de la película sucede precisamente cuando nace la primera mariposa y Joe la deja libre, como una prefiguración de su propio futuro.

Sumamente compleja y ambigua, por momentos turbadora, May December también logra ser una gran película porque no tiene ninguna pretensión de dar lecciones moralizantes, sino al contrario: nos muestra los tonos grises de las emociones y las relaciones humanas. Cada quién será libre de decidir hasta dónde se puede condenar a Gracie por lo que hizo que por cierto es un personaje que tiene un complejo más de doncella que de monstruo, o, quizá peor aun, algo que los mezcla a ambos, hasta dónde puede llegar a compenetrarse Elizabeth con una vida ajena bajo la excusa de llevarla a la pantalla, hasta qué punto debe o podrá continuar Joe atrapado en sus trece años, cómo se puede comportar la familia, sobre todo los hijos, sabiendo que nacieron de una relación, cuando menos, rara.

Dejemos esas preguntas. Y, ahora sí, hagamos tiempo para ver las otras películas de Todd Haynes: sus melodramas y sus odas rockeras.