Arrancaremos este 2025 hablando de la primera
temporada de Severance, creada por Dan Erickson y dirigida por Ben
Stiller junto a Aoife McArdle, serie ya de culto que estrenará segunda
temporada a mediados de este mes y que no había visto por…no sé qué motivos. Severance
es una pieza magistral no solo por el tema que toca —nuestra obsesión por la
productividad— sino porque tiene, como en las buenas novelas, los ingredientes
adecuados para generar suspenso y adicción. Al verla, uno piensa en una clase
de filosofía sobre el trabajo alienado, la codicia empresarial (los dientes
vampíricos del capital, si se me permite la expresión derridiana) o incluso en
una conferencia motivacional disfrazada de advertencia contra el temido burnout.
O sea que permite varias lecturas simultáneas y esa es buena señal: nos invita
a tener más preguntas que respuestas. La
serie se plantea una realidad de espanto: ¿qué ocurriría si un dispositivo implantado
en nuestros cerebros pudiera separar por completo al “yo laboral” del “yo
personal”? Una división tan radical que no nos permitiría reconocernos ni a
nosotros mismos fuera del contexto de una oficina. Esta aterradora posibilidad
cobra vida en Lumon Industries, una extraña y vieja corporación que perfecciona
esta escisión como solución a los dilemas de la vida moderna. En uno de sus
departamentos, una cuadrilla empezará a indagar sobre sus yo escindidos e
iniciará el enigma. Entre tanto, nos sentimos como en un laberinto: desde los
pasillos blancos de Lumon, hasta la fragmentación de los personajes, atrapados
entre lo que son y lo que nunca podrán recordar haber sido.
(Maravillosas, dicho sea, todas las actuaciones. Sin
embargo, yo le pongo los reflectores a tres: Adam Scott, Patricia Arquette y
John Turturro).
La segunda temporada promete sacarnos un poco de esta
maraña ahondando en los misterios de Lumon y sus propósitos. No falta mucho. Que
se venga, pues, la segunda.
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