martes, 25 de febrero de 2025

Flow o el gen cooperativo

 

Vi Flow. La película del animador letón Gints Zilbalodis admite múltiples interpretaciones que nos interpelarán por años—o al menos deberían. Entre la fábula y el viaje onírico, nos recuerda que la cooperación es nuestra mejor defensa contra la catástrofe. Probablemente sea una de las mejores representaciones de lo que el neurobiólogo Joachim Bauer llamó el «gen cooperativo», la idea según la cual «todos los sistemas vivos se caracterizan por la cooperación permanente y la comunicación molecular, hacia adentro y hacia fuera».

Por eso, me resultó imposible desvincular la película de nuestra época, marcada por pandemias, guerras y fenómenos extremos derivados del cambio climático. Un tiempo en el que, si no aprendemos a escuchar nuestra naturaleza cooperativa—y a actuar en consecuencia—, deberíamos empezar a prepararnos para que los cataclismos venideros nos exterminen.

La cinta también me recordó uno de los mejores cuentos de Alejo Carpentier, Los advertidos, donde se imagina un diluvio planetario que reúne, en distintas embarcaciones, a seres humanos de diversos continentes. Pero lejos de ser un encuentro amistoso, la historia de Carpentier desemboca en un desenlace fatal. En Flow, donde también ocurre un diluvio, no sucede lo mismo. Tal vez porque sus protagonistas no son humanos, sino animales. Y sus diferencias se dirimen en términos de sobrevivir o perecer, más o menos como ocurre con nosotros hoy, sin importar si votamos a Trump o a Lula, si vamos a la iglesia o si creemos que la Tierra es plana.

Algo nos une: la necesidad de sobrevivir. Para ello, más nos vale cooperar y no sucumbir a las seducciones individualistas del tecnocapitalismo.

miércoles, 12 de febrero de 2025

Sobre "La mala costumbre", de Alana S. Portero

 

Lo más fácil es encasillar. Nos da una orientación, nos permite identificarnos con algo o alguien. Pero casi siempre aburre, nos hace menos creativos, clasificar —cada vez más— es pensar desde lugares comunes.

Le pasó a la escritora española Alana S. Portero con la publicación de su primera y elogiada novela, La mala costumbre (Seix Barral, 2023), leída casi en todos lados como un manifiesto trans, como un panfleto sobre el sufrimiento travesti, como una novela más de quienes escriben desde los márgenes y las disidencias. Aunque quien la lea no se sorprenderá con que la clasifiquen como tal, lo cierto es que La mala costumbre es eso, pero también mucho más.

Habla de lo que a cualquier adulto vivo le pasó: nacer, vivir la infancia, cruzar la adolescencia, llegar a ser “grande”, es decir, vivir hasta una edad en la que llevamos a cuestas un cúmulo de alegrías, sufrimientos e inseguridades. Eso que llaman «experiencia».

Me decía el otro día mientras la leía que esta es una novela, como muchas otras, que intenta responder a la repetida pregunta de quiénes somos. Y en esa búsqueda aparecen fantasmas que son únicos de cada persona, pero también otros compartidos que nos hermanan de formas extrañas.

En La mala costumbre, la narradora nos cuenta sobre sus presencias fantasmales: haber crecido en un barrio obrero de Madrid, no sentirse cómoda con su cuerpo y su sexualidad, ser súper fan de Morrissey y The Smiths, y rodearse de niños-ángeles, hombres-dragón y mujeres-nigrománticas. Esas cosas que a uno le pueden parecer ajenas, y que, no obstante, es imposible no conmoverse e inquietarse por la voz única que las cuenta. Esa voz que nos dice que en su barrio las madres «no abrazaban a sus hijos muertos como las vírgenes en las piedades renacentistas. Lo hacían volcadas sobre los cuerpos, a gritos, despeinadas, con los ojos hinchados y babeando». La voz que describe a uno de los personajes como el que «olía a flores muertas abandonadas en un cajón». La voz melancólica que no oculta una pena: «todas las niñas trans crecemos solas». También la voz que prefigura un destino: «la comunidad había tejido algo hermoso con las sombras a las que había sido condenada». Y la voz también que enuncia la rabia con esos hombres que salían de sus casas como poseídos por «demonios de la sevicia».

La mala costumbre no es, como he leído en algunas críticas, solo un libro sobre la identidad, sino también sobre la memoria, esa otra condena inevitable. La memoria que transforma las heridas en historias, las ausencias en espectros, los silencios en gritos. La que nos recuerda que, por más que nos empeñemos en clasificar, lo vivido siempre desborda los márgenes. Y en ese desborde, en ese caos íntimo, se encuentra lo verdaderamente humano.

Glosas VIII

 

Esta mañana tomé un Uber para ir al trabajo. Por lo general, intento platicar con el conductor durante el viaje. Me sirve: los Uber son, muy a menudo, como señales del clima emocional de la ciudad. Hoy, sin embargo, no lo hice. Iba leyendo y no me apetecía iniciar una conversación. Pero no pude: me distrajo el programa de radio que iba escuchando el conductor. El programa consistía en pasar una o dos canciones que pedía su público y en el intermedio hablaban de cualquier cosa. Supongo que estaba dirigido a millenials por los temas que sonaron: algo de Panda, algo de David Guetta. Pero quise entender qué hilo dirigía sus pláticas y no pude. Pasaron hablando, cerca de media hora, sobre novios y novias imaginarias. ¿Habrá sido la materia del día? Una locutora confesó que su novio imaginario es Jason Momoa. Supongo que a eso le llamarán entretenimiento. O humor. O ingenio. No lo tengo claro. A veces nos quejamos demasiado de YouTube y Tik Tok y los influencers y su contenido desechable. ¿Y la radio? Me alarmó. Digo, si pasamos —en promedio— dos horas en tráfico escuchando hablar a tres personas sobre sus novios y novias imaginarias, ¿no es también una continuación del brain rot, o podredumbre mental, eso que la Oxford University Press nombró palabra del año 2024?

 

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Pasarelas. De lunes a viernes, durante la hora del almuerzo, me cruzo una calle de dos carriles. La calle tiene varios pasos de cebra, lo cual debería ser suficiente para cruzar a la otra acera sin ningún problema. Pero no. Para solucionar esto, a alguien se le ocurrió hacer una pasarela. «Construye una», habrán dicho. «Esta calle es muy transitada». Entonces yo hago lo que supongo correcto: perder unos cuantos minutos para ir a la pasarela y cruzar. Pero tampoco. Las pasarelas son el símbolo de la irrelevancia del peatón. La lógica es irrefutable: si los autos no paran, que los transeúntes pasen por encima. Asunto arreglado: ni el señor que va a toda prisa en coche tiene que detenerse, ni el peatón corre el riesgo de morir atropellado. Después, claro, vienen otros asuntos. ¿Qué tiene que hacer la persona en silla de ruedas? ¿Y el no vidente? ¿Y los que también van apresurados y tienen que caminar dos o tres cuadras para buscar la susodicha pasarela? En eso, también, se condensa la victoria de lo que André Gorz llamó la ideología social del automóvil.

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Una de estas tardes estaba por finalizar un informe. La maña, pese al transcurso de los años, no se me quita: suelo dejar la redacción de esos informes hasta último momento. Termino enviándolo, vía correo, a los diez minutos antes de cumplir la fecha y hora acordada, o a veces incluso más, sobre la hora, o unos minutos después, con la manida disculpa: «lamento la demora, adjunto encontrará el informe solicitado». Postergué el informe porque no podía pensar sino en la novela que acababa de terminar la noche antes, La luz difícil, sexta novela del escritor Tomás González, y la que lo convirtió en un escritor reconocido. La novela es asombrosa; está escrita, como en las mejores, con una voz que nos suena al mismo tiempo familiar y única. El narrador es un septuagenario pintor que está perdiendo la vista. Y nos relata sus días de vejez mientras también escribe sus recuerdos de cuando su hijo Jacobo puso fin a su vida vía la eutanasia. González construye un notable artificio, pues la novela parece autobiográfica por la intimidad que genera. Tiene oraciones que no parecen inventadas, sino sentidas.

«El infortunio es siempre como el viento: natural, impredecible, fácil…».

«La verdad no existe, además, y el mundo es sólo música».

«Un mundo sin aflicción, pensé, estaría tan incompleto y sería tan poco armonioso, tan feo, como una escultura o un árbol que no tuviera sombra».

«En este momento, a pesar de los hechos que voy escribiendo, o tal vez por eso mismo, veo que tiendo a divertirme. La verdad es que ha pasado mucho tiempo desde aquello, diecinueve años, y la pena en mi corazón solo en ciertos instantes se hace tan punzante como fue entonces; las llamas y el agobio, sólo por momentos, tan asfixiantes como en esos días. Todavía me abruma lo ocurrido, por supuesto, y me hace fumar y acostarme a dormir un poco, pues fue duro, pero la alegría aflora siempre, o casi siempre, como trozo de madera en el agua, no importa lo profundo del horror de lo vivido».

Y entonces nos damos cuenta de que no: Tomás González escribió la novela de sesenta años, nunca tuvo un hijo al que se le practicara la eutanasia y el relato triste, conmovedor, por momentos gracioso, es nada más que ficción; es decir, lo más auténtico: literatura.

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Una de estas noches soñé con Bukele. No me había pasado, tampoco lo he querido. Contrario a lo que hubiera creído, en mi sueño no quería asesinarlo, ni torturarlo, ni desearle algún mal menor. En mi sueño, yo iba en mi auto camino a casa de mis padres. Entonces lo vi por una cuesta empinada, caminando como cualquier otro, usando gafas oscuras y una gorra para atrás.  Me paré a la par suya y le ofrecí aventón. No hablamos (vaya suerte, qué le hubiera dicho, qué me hubiera dicho a mí), solo subí esa cuesta y doblé para entrar a una colonia y dejarlo en su destino. De pronto, el lugar al que llegué con el señor presidente empezó a derruirse, las paredes de las casas se desvencijaban, los techos se desvanecían, las plantas y los árboles se marchitaban. El lugar se moría. Al despertar, entonces, entendí: ese lugar donde lo dejé era nuestro país.

 

 

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Leo, en un intercambio epistolar, que una reconocida escritora mexicana confiesa que no puede recordar más rostros. La otra escritora, argentina, le dice: «Me gusta eso que dijiste de que tu cerebro probablemente ya no registre más rostros, después de haber visto tantos. ¿No te parece curiosísimo que todos los días de nuestras vidas veamos caras distintas? ¿No te parece extraordinario que existan infinitas combinaciones de ojos narices bocas? Como alias bancarios o patentes vehiculares». Las escritoras son Jazmina Barrera y Camila Fabbri, pero eso no viene al caso para lo que voy a contar. El día de hoy vi un rostro de los cientos nuevos que vemos al día, pero este no lo voy a olvidar. Seguro que no. Almorzaba en un restaurante de comida mexicana. Fue un buen almuerzo: sopa de res, carne suave, bastante verdura, toque de limón. A un costado, dos hombres también almorzaban. Uno de ellos tenía la mitad de la cara cubierta por una gasa blanca. Disimuladamente, alcancé a verlo mejor. Parecía como si la mitad de la cara se le hubiera hundido, o como si no existiera más tejido en esa parte, algo así —pensé— como el rostro de Gus Fring luego de ser explotado por Héctor Salamanca. La mitad de su rostro era un hueco negro —o así parecía—, sin ojo, sin mejilla, sin boca, sin dientes. Justo a la mitad.

 

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No me extraña que, en su última columna, Federico Hernández Aguilar escriba un obituario destacando solo la faceta reprochable de Mauricio Funes. El autor de Síndrome de pulso mantuvo varios desacuerdos durante la gestión del expresidente, quien por cierto se refería a él despectivamente como «el poeta». Las antipatías vienen de tiempo atrás. Federico Hernández siempre ha estado en contra de que el Estado tenga un rol más activo en las esferas económicas. Ese fue su principal móvil de enfrentamientos con el primer gobierno del FMLN, el cual, aun sin ser progresista, no sucumbió a administrar la cosa pública para favorecer a los intereses empresariales. Eso, claro, FHA no lo dice, sino que solo sostiene que Funes «jamás entendió...cómo funcionaba la economía», sin mencionar una sola razón de por qué afirma tal cosa. Su apreciación crítica cae en el lugar común de la crítica sin crítica, esa posición oportunista que Caparrós llama «honestismo», y que consiste en la idea de que la corrupción y la desfachatez de los políticos es la causa de todos nuestros males. Es una posición cómoda porque permite calificar rápido. Nos ahorra el debate de si un programa o un proyecto fue bueno o no, es decir, nos evita pensar. Así cualquiera es malo.