Vi Flow. La película del animador letón Gints
Zilbalodis admite múltiples interpretaciones que nos interpelarán por años—o
al menos deberían. Entre la fábula y el viaje onírico, nos recuerda que la
cooperación es nuestra mejor defensa contra la catástrofe. Probablemente sea
una de las mejores representaciones de lo que el neurobiólogo Joachim Bauer
llamó el «gen cooperativo», la idea según la cual «todos los sistemas vivos
se caracterizan por la cooperación permanente y la comunicación molecular, hacia
adentro y hacia fuera».
Por eso, me resultó imposible desvincular la película de
nuestra época, marcada por pandemias, guerras y fenómenos extremos derivados
del cambio climático. Un tiempo en el que, si no aprendemos a escuchar nuestra
naturaleza cooperativa—y a actuar en consecuencia—, deberíamos empezar a
prepararnos para que los cataclismos venideros nos exterminen.
La cinta también me recordó uno de los mejores cuentos de
Alejo Carpentier, Los advertidos, donde se imagina un diluvio planetario
que reúne, en distintas embarcaciones, a seres humanos de diversos
continentes. Pero lejos de ser un encuentro amistoso, la historia de Carpentier
desemboca en un desenlace fatal. En Flow, donde también ocurre un
diluvio, no sucede lo mismo. Tal vez porque sus protagonistas no son humanos,
sino animales. Y sus diferencias se dirimen en términos de sobrevivir o
perecer, más o menos como ocurre con nosotros hoy, sin importar si votamos a
Trump o a Lula, si vamos a la iglesia o si creemos que la Tierra es plana.
Algo nos une: la necesidad de sobrevivir. Para ello, más nos
vale cooperar y no sucumbir a las seducciones individualistas del
tecnocapitalismo.
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