martes, 25 de febrero de 2025

Flow o el gen cooperativo

 

Vi Flow. La película del animador letón Gints Zilbalodis admite múltiples interpretaciones que nos interpelarán por años—o al menos deberían. Entre la fábula y el viaje onírico, nos recuerda que la cooperación es nuestra mejor defensa contra la catástrofe. Probablemente sea una de las mejores representaciones de lo que el neurobiólogo Joachim Bauer llamó el «gen cooperativo», la idea según la cual «todos los sistemas vivos se caracterizan por la cooperación permanente y la comunicación molecular, hacia adentro y hacia fuera».

Por eso, me resultó imposible desvincular la película de nuestra época, marcada por pandemias, guerras y fenómenos extremos derivados del cambio climático. Un tiempo en el que, si no aprendemos a escuchar nuestra naturaleza cooperativa—y a actuar en consecuencia—, deberíamos empezar a prepararnos para que los cataclismos venideros nos exterminen.

La cinta también me recordó uno de los mejores cuentos de Alejo Carpentier, Los advertidos, donde se imagina un diluvio planetario que reúne, en distintas embarcaciones, a seres humanos de diversos continentes. Pero lejos de ser un encuentro amistoso, la historia de Carpentier desemboca en un desenlace fatal. En Flow, donde también ocurre un diluvio, no sucede lo mismo. Tal vez porque sus protagonistas no son humanos, sino animales. Y sus diferencias se dirimen en términos de sobrevivir o perecer, más o menos como ocurre con nosotros hoy, sin importar si votamos a Trump o a Lula, si vamos a la iglesia o si creemos que la Tierra es plana.

Algo nos une: la necesidad de sobrevivir. Para ello, más nos vale cooperar y no sucumbir a las seducciones individualistas del tecnocapitalismo.

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