miércoles, 12 de febrero de 2025

Sobre "La mala costumbre", de Alana S. Portero

 

Lo más fácil es encasillar. Nos da una orientación, nos permite identificarnos con algo o alguien. Pero casi siempre aburre, nos hace menos creativos, clasificar —cada vez más— es pensar desde lugares comunes.

Le pasó a la escritora española Alana S. Portero con la publicación de su primera y elogiada novela, La mala costumbre (Seix Barral, 2023), leída casi en todos lados como un manifiesto trans, como un panfleto sobre el sufrimiento travesti, como una novela más de quienes escriben desde los márgenes y las disidencias. Aunque quien la lea no se sorprenderá con que la clasifiquen como tal, lo cierto es que La mala costumbre es eso, pero también mucho más.

Habla de lo que a cualquier adulto vivo le pasó: nacer, vivir la infancia, cruzar la adolescencia, llegar a ser “grande”, es decir, vivir hasta una edad en la que llevamos a cuestas un cúmulo de alegrías, sufrimientos e inseguridades. Eso que llaman «experiencia».

Me decía el otro día mientras la leía que esta es una novela, como muchas otras, que intenta responder a la repetida pregunta de quiénes somos. Y en esa búsqueda aparecen fantasmas que son únicos de cada persona, pero también otros compartidos que nos hermanan de formas extrañas.

En La mala costumbre, la narradora nos cuenta sobre sus presencias fantasmales: haber crecido en un barrio obrero de Madrid, no sentirse cómoda con su cuerpo y su sexualidad, ser súper fan de Morrissey y The Smiths, y rodearse de niños-ángeles, hombres-dragón y mujeres-nigrománticas. Esas cosas que a uno le pueden parecer ajenas, y que, no obstante, es imposible no conmoverse e inquietarse por la voz única que las cuenta. Esa voz que nos dice que en su barrio las madres «no abrazaban a sus hijos muertos como las vírgenes en las piedades renacentistas. Lo hacían volcadas sobre los cuerpos, a gritos, despeinadas, con los ojos hinchados y babeando». La voz que describe a uno de los personajes como el que «olía a flores muertas abandonadas en un cajón». La voz melancólica que no oculta una pena: «todas las niñas trans crecemos solas». También la voz que prefigura un destino: «la comunidad había tejido algo hermoso con las sombras a las que había sido condenada». Y la voz también que enuncia la rabia con esos hombres que salían de sus casas como poseídos por «demonios de la sevicia».

La mala costumbre no es, como he leído en algunas críticas, solo un libro sobre la identidad, sino también sobre la memoria, esa otra condena inevitable. La memoria que transforma las heridas en historias, las ausencias en espectros, los silencios en gritos. La que nos recuerda que, por más que nos empeñemos en clasificar, lo vivido siempre desborda los márgenes. Y en ese desborde, en ese caos íntimo, se encuentra lo verdaderamente humano.

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