Lo
más fácil es encasillar. Nos da una orientación, nos permite identificarnos con
algo o alguien. Pero casi siempre aburre, nos hace menos creativos, clasificar
—cada vez más— es pensar desde lugares comunes.
Le
pasó a la escritora española Alana S. Portero con la publicación de su primera y
elogiada novela, La mala costumbre (Seix Barral, 2023), leída casi en
todos lados como un manifiesto trans, como un panfleto sobre el sufrimiento
travesti, como una novela más de quienes escriben desde los márgenes y las
disidencias. Aunque quien la lea no se sorprenderá con que la clasifiquen como
tal, lo cierto es que La mala costumbre es eso, pero también mucho más.
Habla
de lo que a cualquier adulto vivo le pasó: nacer, vivir la infancia, cruzar la
adolescencia, llegar a ser “grande”, es decir, vivir hasta una edad en la que
llevamos a cuestas un cúmulo de alegrías, sufrimientos e inseguridades. Eso que
llaman «experiencia».
Me decía
el otro día mientras la leía que esta es una novela, como muchas otras, que
intenta responder a la repetida pregunta de quiénes somos. Y en esa búsqueda aparecen
fantasmas que son únicos de cada persona, pero también otros compartidos que
nos hermanan de formas extrañas.
En La
mala costumbre, la narradora nos cuenta sobre sus presencias fantasmales: haber
crecido en un barrio obrero de Madrid, no sentirse cómoda con su cuerpo y su
sexualidad, ser súper fan de Morrissey y The Smiths, y rodearse de
niños-ángeles, hombres-dragón y mujeres-nigrománticas. Esas cosas que a uno le
pueden parecer ajenas, y que, no obstante, es imposible no conmoverse e
inquietarse por la voz única que las cuenta. Esa voz que nos dice que en su
barrio las madres «no abrazaban a sus hijos muertos como las vírgenes en las
piedades renacentistas. Lo hacían volcadas sobre los cuerpos, a gritos, despeinadas,
con los ojos hinchados y babeando». La voz que describe a uno de los personajes
como el que «olía a flores muertas abandonadas en un cajón». La voz melancólica
que no oculta una pena: «todas las niñas trans crecemos solas». También la voz
que prefigura un destino: «la comunidad había tejido algo hermoso con las
sombras a las que había sido condenada». Y la voz también que enuncia la rabia
con esos hombres que salían de sus casas como poseídos por «demonios de la
sevicia».
La mala costumbre no es,
como he leído en algunas críticas, solo un libro sobre la identidad, sino
también sobre la memoria, esa otra condena inevitable. La memoria que
transforma las heridas en historias, las ausencias en espectros, los silencios
en gritos. La que nos recuerda que, por más que nos empeñemos en clasificar, lo
vivido siempre desborda los márgenes. Y en ese desborde, en ese caos íntimo, se
encuentra lo verdaderamente humano.
No hay comentarios:
Publicar un comentario